El autor de Hebreos aprovechó la charla para hacer un poco de catarsis y hablar de su papá. Se ve que le daba un par de sopapos cada tanto, que no resultaron tan mal después de todo. Bien típico de las generaciones de antaño.
Él dice: «…tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos» (Hebreos 12:9). Para dar el golpe de gracia, agrega: «¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, (Dios) y viviremos?» (Hebreos 12:9).
Tal vez a muchos jóvenes les parezca raro este concepto. Vivimos en una época donde todo tipo de disciplina o castigo físico está mal visto, hasta el punto de ser considerado punible. Pero la disciplina, la corrección y hasta el castigo son mecanismos para el crecimiento. Es la «poda» que se les hace a los árboles frutales (y a todo tipo de planta que se cuida) para que crezcan sanos y den más fruto (Juan 15:2).
¿No dice acaso Salomón que «el siervo no aprende por palabras, porque entiende, pero no hace caso»? Sí, Proverbios 29:19 dice eso.
Hoy le preguntamos al nene qué quiere comer o qué quiere ponerse y, si lo que él quiere no hay, la ansiedad nos gana porque el pobrecito se va a frustrar… (Me parece que el que está haciendo catarsis es el autor de esta reflexión).
¡Qué falta nos haría la educación emocional! Una asignatura pendiente del sistema educativo, que no debemos dejar solo en manos de la familia, porque la familia ya está rota, pero que también la iglesia debe asumir.
Sí, ya sé que la iglesia está para predicar salvación y formar al cristiano de esta y de la siguiente generación, para impactar en esta y en la siguiente generación. ¡Pero justamente por eso…!, debemos hablar de estas cosas…
Como las que estamos conversando ahora.
¿Cuál es la consecuencia, si no? Sabés bien que en el Reino de los Cielos (y en la vida misma) todo gira alrededor de la siembra y la cosecha. Por lo tanto, toda acción u omisión va a tener un resultado. Si el fruto define al árbol, la cosecha define a la semilla y el resultado define a la acción.
A largo plazo, la falta de corrección y disciplina va a formar una generación sin respeto por los valores, los principios y la autoridad.
¡Ah, perdón! Eso ya está en vigencia.
Va a generar más individualismo y falta de empatía.
¡Cierto, también ya estamos por ahí!
Es que, casi sin darnos cuenta, estamos rozando la profecía de Timoteo. No, no. Timoteo no profetizó nada, pero Pablo le habla a Timoteo sobre los tiempos futuros, estos tiempos, nuestros tiempos:
«Los hombres serán egoístas, amantes del dinero, orgullosos y vanidosos. Hablarán en contra de Dios, desobedecerán a sus padres, serán ingratos y no respetarán la religión. No tendrán cariño ni compasión, serán chismosos, no podrán dominar sus pasiones, serán crueles y enemigos de todo lo bueno. Serán traidores y atrevidos, estarán llenos de vanidad y buscarán sus propios placeres en vez de buscar a Dios» (2 Timoteo 3:2-4).
Sí, estamos caminando en línea recta y en esa dirección. Y podrás decir: «¡Es bíblico!». Pero también es bíblico el asesinato de cristianos y no por eso te vas a poner solito en el paredón. La iglesia tiene que trabajar en este sentido.
Dijo también Salomón, y hablando en primera persona:
«Me negué a ser disciplinado, me negué a ser corregido. Ahora sufro casi la ruina total y soy juzgado ante toda la comunidad» (Proverbios 5:13-14, PDT).
Salomón fue un tipo muy sabio. Dios le concedió más sabiduría que al resto de los mortales, pero en algún momento fue el principito, el hijo del rey que no se dejaría corregir. Seguramente altanero y arrogante, que miraría a los demás con desprecio y soberbia.
Siembra y cosecha. Y algo más: «Todo tiene su tiempo» (Eclesiastés 3:1). A veces podemos pensar que las acciones no tienen consecuencias… pero creeme que todos nuestros actos tienen su devolución.
El mismo Salomón, años más tarde, escribe: «Teme a Dios y guarda sus mandamientos» (Eclesiastés 12:13). Se dio cuenta. Y así como en algún momento a su padre se le perdonó la vida al reconocer su error (2 Samuel 12:13), también él aprendió que hay que aceptar la corrección.
¿Y por casa? ¿Cómo andamos?
¿Cómo venimos con la disciplina, la corrección y la aceptación?
¿Sos de los que patalean y hacen berrinches?
¿O de los que se dejan moldear para alcanzar su mejor versión?
Vuelvo con el autor de Hebreos, el catártico. No sé si hizo terapia o sanidad interior, pero termina casi diciendo:
«Ciertamente, ninguna disciplina, en el momento de recibirla, parece agradable, sino más bien dolorosa; sin embargo, después produce una cosecha de justicia y paz para quienes han sido entrenados por ella» (Hebreos 12:11, NVI).
No resistas la corrección.
Aceptá ser corregido, permitite ser podado para dar mayor fruto y recibir mayor bendición.
