El ministerio levítico tenía un rol muy importante dentro de la estructura del Israel del desierto. Eran el puente que los conectaba con Dios después de la muerte de Moisés, por medio del sacerdocio y el tabernáculo.
Este tabernáculo era el eje de la nación. Tanto era así que también se lo conoce como “la tienda de reunión”.
Todo giraba a su alrededor, y a su alrededor también se ubicaban las doce tribus. Bueno, no las doce, sino las diez más las dos mitades de José. A los levitas, por su parte, les tocaba en suerte el mismo tabernáculo.
Hablando de suertes, con ese sistema se repartieron las tierras. La futura nación de Israel, ya en la tierra prometida, estaba dividida en doce regiones (hoy las llamaríamos provincias o estados). Cada una de estas regiones estuvo ocupada por una tribu, la generación de cada uno de los patriarcas de Israel (los hijos de Jacob).
Pero a los levitas no les cabía la suerte. Ellos no entraban en el sorteo ni tenían posesión de tierras porque “su porción es el Señor” (Números 18:20).
Desde la óptica de hoy nos puede parecer injusto. Suena un poquito totalitario y dictatorial. Pero desde una visión “teocrática” (Dios como cabeza, juez, rey y centro) se entiende perfectamente: Esta limitación no los hacía menos, los hacía más. Ellos eran los privilegiados que vivían rodeados de Dios, servían a Dios y estaban en la casa de Dios. ¡No es poca cosa!
Los levitas no tenían posesiones, no tenían tierra, por lo tanto… no tenían herencia. Pero había una salvedad, un detalle no menor: no poseían, pero tenían tierra a disposición para habitar, cultivar y criar animales:
“…pero a los levitas no les tocó ninguna porción de tierra, sino solamente ciudades habitables, con campos para criar ganado y rebaños.” (Josué 14:4)
¡Cuántas veces nos enfocamos en lo que nos limita sin ver lo que disponemos!
¡Cuántas veces nos molestamos por lo que no alcanzamos, sin ver lo que ya logramos!
¡Cuántas veces nos ofendemos por un trato diferente… sin notar que recibimos un trato diferente!
Hoy los levitas son todos los que sirven a Dios. En cualquier área, en distintos ministerios. No. No. Sacate esa idea… no está limitado a la alabanza. Levitas somos todos los que servimos a Dios.
Tenemos responsabilidades. Tal vez muchas ocupaciones. Capaz no haya mucho descanso. Puede ser cierto que “los demás” disfruten de su tiempo libre y tengan más y “¿mejores?” actividades sociales. Pero servimos a Dios.
Estamos, como dice Proverbios, diariamente “delante de los reyes” (Proverbios 22:29). En realidad… delante de un Rey.
Comemos comida de Rey y habitamos en casas dignas de hijos de Dios. Y, como si esto fuera poco… su Espíritu, su esencia, su persona y personalidad se mueven dentro nuestro y sobre nosotros. ¡No es poca cosa! ¿No?
¿Por qué mirar lo que todavía falta?
¿Por qué anhelar lo que tiene el otro?
¿Por qué sentirte menos… siendo más?
Termino con esto. Es una declaración, un testimonio, pero es una promesa de Dios:
“…nunca he visto al justo en el abandono ni que sus hijos mendiguen pan.” (Salmos 37:25)
No sos menos. Sos más.
No tenés menos. Tenés más.
