Terafines

Dios es un Dios personal… pero no se puede tener un dios personal.
En las civilizaciones mesopotámicas antiguas se acostumbraba tener dioses personales. Se los llamaba “terafines” y eran unos amuletos, ídolos, estatuillas que se convertían en el guardián de la casa y la familia.

No es algo tan extraño; en la mitología europea estaban los duendes y gnomos, que venían a ocupar más o menos el mismo rol.

Pero no hace falta irnos tan lejos. En nuestra propia cultura y tradición tenemos “los santos”, que se dedican a funciones específicas. Es cierto que no son personales; para eso dejemos a la “umbanda”, que te asigna “un guía espiritual” (un demonio) para que te acompañe de por vida cuando te involucrás en la religión.

Dios es un Dios personal… pero no es un dios personal.
Dios “se adapta” a nuestro entendimiento… pero no podemos encerrarlo en nuestras limitaciones.
Dios suple nuestras necesidades… pero no es un Dios “on demand”.

Cuando leemos acerca de los nombres de Dios, aprendemos que Dios se muestra en diferentes aspectos, en diferentes ocasiones, a veces respondiendo a situaciones específicas. Los nombres de Dios nos hablan de sus cualidades y atributos; nos muestran que Dios hizo algo en el tema que yo le estoy pidiendo y, por lo tanto, puedo “invocar” ese nombre en particular porque tengo jurisprudencia sentada de que Dios va a responder.

Así, Jehová Rafa sana, Jehová Jiréh provee, Jehová Sama es el Dios presente, y cierro (para no mencionar todos sus nombres conocidos) con El Shaddai, el Dios más que suficiente.

¿No corremos el riesgo de estar orando a un San Antonio, San Cayetano o San Expedito? Sí. Por eso no debemos olvidar las palabras de Deuteronomio: “Dios es Dios” (Deuteronomio 7:9), y lo que charlamos ayer: “¡Date cuenta!” quién es Él (Lucas 17:20).

Cuando el ángel anunció a los pastores el nacimiento del Mesías, dijo: “un salvador, que es Cristo, el Señor” (Lucas 2:11).

Si solo lo recibimos como Salvador, nos perdemos su unción y soberanía.
Si solo lo recibimos como Cristo, el ungido y capacitado por Dios, nos perdemos su soberanía y su salvación.
Si solo lo recibimos como Señor, nos topamos con el Dios de los religiosos, donde todo es pecado y rigidez, y nos perdemos su salvación y su poder.

Dios es uno. Y es un Dios personal. Pero no puedo hacerlo a mi medida. Fuimos creados a su imagen, no Él a la nuestra; por lo tanto, debemos aceptar sus requerimientos, su escala de valores y principios, y determinarnos a vivir a su manera.

Sí, no es a tu manera, es a la manera de Dios.

Josué le dijo al pueblo: “Lo único que les pido es que cumplan fielmente el mandamiento y la ley que les dio Moisés, el siervo del Señor, es decir, que amen al Señor, Dios de ustedes, que anden siempre en sus caminos y obedezcan sus mandatos, y que le sigan y le sirvan con todo el corazón y con toda el alma.” (Josué 22:5).

Debemos aceptar sus principios y formas.
No puedo armar a Dios a mi manera.
Hay una forma de acercarme a Él… a la manera de Él.

El mismo Josué también dijo: “… no se rebelen contra el Señor ni contra nosotros construyendo otro altar además del altar del Señor nuestro Dios.” (Josué 22:19). Era un malentendido. Ellos no estaban buscando diferenciarse ni hacer un altar distinto. En realidad, querían dar una señal de unidad y de adoración al mismo Dios. Pero lo estaban haciendo a su manera… no a la manera de Dios.

¡Cuántas veces nos hacemos un Dios a medida!
Cuántas veces buscamos acomodarlo a nuestros tiempos, ocupaciones, incluso maneras de pensar.
Cuántas veces, tal vez, nos agarramos de algún texto para afirmar un pensamiento propio, sin entender que nuestro pensamiento se debe alinear a la palabra de Dios.

Cada vez que decimos: “Dios sabe”, “Dios me entiende”… nos estamos haciendo un dios personal.
Sí, Dios es personal… pero no es un dios personal.

¿Quién define tus principios y valores?
¿Quién regula tu comportamiento?
¿Quién forma tu pensamiento?

Dios es un Dios personal… pero no busques armarte un dios personal

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