Muchas veces charlamos sobre la autopercepción.
No… por supuesto que no me refiero a la “identidad de género”, que últimamente se amplió a creerte árbol o perro, sino a la manera en que te ves, la imagen que tenés de vos mismo.
Tal vez tenga que ver conmigo mismo. Mi vida ha sido un proceso de luchar contra mis inseguridades, las cuales aprendí a silenciar o ignorar… aunque sigan estando, lo que me parece bueno y conveniente.
Hace unos días hablamos de eso, de lo bueno que es tener algún pendiente. Según tu personalidad o tu historia, te ayuda a mantenerte enfocado… o te entrena.
De eso hablamos días pasados, de cómo Dios te entrena dejando circunstancias a tu alrededor que te mantengan atento. Literalmente dice Dios que “dejó oposición para que aprendan a pelear, los que todavía no habían salido a la batalla” (Jueces 3:1–2).
Hoy sigo escuchando las palabras de fracaso y derrota, pero ¡me encanta hacerme el tonto con ellas!
En cierta manera me siento identificado con Gedeón. Entiendo sus cuestionamientos, sus dudas y su temor. Ni lo justifico ni lo avalo. Es más… hay un punto en el que me separo de él. Gedeón se dejó dominar por su inseguridad hasta el fin de sus días. ¡Gracias… “varón esforzado y valiente”! Pero en esa no entro.
Fue elegido y llamado para liberar a su pueblo. Pero él no creía en sí mismo ni en el Dios de sus padres y ancestros. Puso a Dios a prueba… y Dios salió aprobado, pero aun así… le seguía creyendo más a su mente y su temor que a lo que Dios decía de él y tenía para él.
¿Cómo puede ser que creas más una palabra negativa o de menosprecio que a la palabra de Dios o su revelación?
Porque, aunque nos creamos superados y de avanzada… la tendencia humana es hacia abajo: nos inclinamos muy fácil a lo malo y tenemos que esforzarnos para apuntar a lo bueno.
Por eso es más fácil creer que vas a fracasar que creer que vas a triunfar.
Dios tuvo que llevarlo a escuchar lo que se decía de él, y recién ahí le creyó a Dios. ¡Qué locura! No le creyó a Dios, pero le creyó cuando fue otro el que habló y no Dios.
¡Ay, raza humana y mente con raciocinio! ¿Por qué serás tan retorcida?
Esto me lleva a Pablo: “¡Miserable de mí… lo que quiero no lo hago, lo que no quiero… eso hago!” (Romanos 7:24, 19).
Vuelvo a Gedeón: cuando escuchó lo que un desconocido decía, creyó que Dios tenía un propósito con su vida. ¡Menos mal que Dios no se iba a sentir menos por eso!
Más o menos aprendió, porque más adelante se encontró con gente que actuaba y pensaba como él lo hacía. Un grupo que no se daba cuenta del valor que tenía ni de la importancia de sus actos. Que se medía según lo que veía de los demás y le resultaba poca cosa todo lo que podía hacer o dar…
Que creía que no daba la medida delante de Dios…
¡Hola! ¿Estás ahí? Teléfono para más de uno de los presentes…
Pero a estos, Gedeón les dijo: “¿No se dan cuenta de que ustedes hicieron más aún de lo que yo hice? Lo poco que ustedes hicieron vale más que lo mucho que hicimos nosotros” (Jueces 8:2).
No, no se daban cuenta. Hasta que alguien se los hizo ver.
Como Gedeón, no se daba cuenta, hasta que Dios se lo hizo ver.
Como Giezi, no se daba cuenta, hasta que Eliseo oró y Dios le hizo ver.
Como la viuda del profeta, no se dio cuenta, hasta que el mismo Eliseo le hizo ver lo que tenía…
Como vos… que hay que hacerte ver el tremendo potencial que Dios te dio y que tenés miedo de poner a trabajar.
Ya no mires lo que te falta, mirá lo que tenés.
Ya no quieras lo de otro, mirá lo que tenés.
Ya no te compares con el que más tiene, mirá lo que tenés.
Ya no te veas insuficiente: lo sos… pero Cristo está en vos y, al que cree… todo le es posible.
