Estamos ya cerca de terminar con la serie Conquistando la Promesa. Vamos por la segunda temporada y realmente ha sido y está siendo de bendición y edificación.
No puedo ahondar en el tema; imaginate, venimos hace un año con esto y sería imposible resumirlo en algunos renglones. Pero, básicamente, se trata de aquellas cosas que tenemos que derrotar, conquistar y derribar para poder avanzar al siguiente nivel y, como reza el título, alcanzar la promesa esperada.
Siempre hay cosas en nuestro corazón y mente que se levantan como muros de división que impiden el crecimiento espiritual. Cuando llegamos a Cristo somos “nueva creación”, pero el alma, la mente (y el cuerpo…) son los mismos de antes y tienen que ser transformados.
Una transformación siempre incluye un proceso de confrontación y lucha y, como más o menos vamos a ver en la fortaleza de hoy, cuesta cambiar lo aprendido, lo establecido, aquello con lo que nos formamos o criamos.
¿Nunca te dijeron o nunca dijiste: “yo soy así”? Esas son las estructuras mentales que necesitamos cambiar para poder avanzar y conquistar no solo una promesa, sino también una nueva posición, tanto espiritual como natural.
Ser cristiano te abre una ventana a un nuevo paradigma mental. Es una confrontación constante: modificar hábitos e ideas para adoptar lo nuevo de Dios.
Ya dijo Jesús que “vino nuevo en envase viejo rompe el envase y se desperdicia el vino” (Mateo 9:17).
El vino nuevo ¡imprescindiblemente! necesita un envase nuevo…
La revelación de Cristo y el evangelio… ¡imperiosamente! necesitan una mente transformada.
Por eso Pablo insiste y anima: “sean transformados por medio de la renovación de su entendimiento” (Romanos 12:2) y “renuévense en el espíritu de su mente” (Efesios 4:23).
Juan no se queda atrás al insinuar que la prosperidad está sujeta “a la prosperidad de la mente” (3 Juan 1:2).
Cuando hablamos o escuchamos hablar de guerra espiritual, deberíamos entender que, en realidad, no se trata de guerra contra los demonios, sino contra nuestras propias fortalezas mentales (te invito a ver la serie “Armas para la Guerra Espiritual”).
Siempre tenemos algo que reconocer, enfrentar y conquistar.
¿Será el ser quejoso? ¿El conflicto? ¿El control?
¿Será el ser improductivo? ¿La religiosidad?
¿Será “Jazor”, el que veremos hoy, la fortaleza del corazón amurallado?
Sea cual sea, sin importar cuál sea, hay que “derribar todo argumento y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios” (2 Corintios 10:4).
Dijo Lucas, hablando de esa ocasión en que los discípulos de Jesús no lo reconocieron ya resucitado:
“Pero aunque lo veían, algo les impedía darse cuenta de quién era.” (Lucas 24:16)
¡Y ellos lo estaban viendo!
¿Qué te impide reconocerlo?
¿Qué bloquea tu visión o entendimiento?
¿Qué se interpone entre tu presente y lo que Dios quiere hacer con vos?
El evangelio es una confrontación constante.
No te quedes en el tira y afloje…
Reconocé, enfrentá, derribá y conquistá todo lo que impide que alcances tu nueva posición espiritual.
