¿Quién no necesitó alguna vez de alguien que lo apoye?
¿Quién no necesitó alguna vez una palabra de aliento?
¿A quién no le hizo bien, más de una vez, un hombro, un oído o una palmada?
Tengo tres opciones:
O sos un mentiroso…
O sos un soberbio…
O no viviste todavía lo suficiente.
A medida que sumamos vida y años, vamos entendiendo que, como diría El Eternauta, nadie se salva solo.
Existe esa idea un poco totalitaria y antisocial de que “el capitalismo” es la madre del “individualismo” y que la jungla en la que vivimos nos mete en una espiral de destrucción mutua, buscando el beneficio personal.
Pero cuando pasa algo… te encontrás con que detrás de eso hay un pueblo solidario, hay corazones empáticos, y ahí nos damos cuenta de que realmente necesitamos del otro.
Es más que conocida la imagen del corredor agotado que no puede llegar a la meta y los gritos de aliento de la tribuna —principalmente amigos y familia— le dan la fuerza que necesita para continuar. No. No es de débiles necesitar ayuda y, muy por el contrario, es de valientes aceptarla.
Está esa otra idea tan rara que dice que “los hombres no lloran” (re llorón puedo ser yo); o que es de débiles bajar los brazos o pedir ayuda. Creo que de ahí nace la costumbre que tenemos de no preguntar aunque estemos perdidos. Tu cabeza te dice que se van a burlar de vos, que deberías arreglártelas solo y que tenés que tener la capacidad para salir adelante.
Sí. Bueno. Ok. Pero también está el dicho que dice que “nadie nació sabiendo”. ¿Vos sí?
Todos necesitamos de alguien, ninguno se salva solo y aun los más grandes en algún momento vieron flaquear sus fuerzas o su fe.
¿No leíste acaso que Abraham renovaba su fe en “esperanza contra esperanza” cada vez que empezaba a aflojar, dudar y bajar los brazos? ¡Y estamos hablando del “padre de la fe”! (Romanos 4:18)
¿Creés acaso que nunca me pasó el “no tener ganas”?
Así nos relata Samuel acerca de David en su escapatoria de Saúl. Pasaron de ser cercanos y familia a enemigos a muerte. Bueno, al menos Saúl con David. Los celos le consumieron de tal modo la cabeza que solo pensaba en asesinarlo. Veía lo que no pasaba. Imaginaba conspiraciones que no existían. Síntomas de una mente sin rumbo y un corazón alejado de Dios.
Y David un poco se asustó. Se desanimó. Años más tarde le pasaría algo parecido a causa de Absalón, su hijo. En esa ocasión, la misma adrenalina de la huida lo mantuvo firme, pero esta vez… ¡Qué bien le vino tener a Jonatán de amigo!
“Jonatán fue a buscar a David y lo animó a que permaneciera firme en su fe en Dios.” (1 Samuel 23:16)
Sí. El que enfrentó y derribó al gigante se desanimó.
Sí. El que veía a su Dios más grande que el enemigo… se desanimó.
Sí. El que le entregó los doscientos prepucios filisteos a Saúl (1 Samuel 18:27) y de quien las mujeres cantaban que “…mató a sus diez miles” (1 Samuel 18:7)… se desanimó.
¡Si hasta Jesús quiso renunciar! (Mateo 26:39)
¡Qué bueno es tener quien te dé una palabra de ánimo!
¡Qué bueno es ser quien pueda reanimar a otro!
Ya lo dijo Salomón: “si uno cae, el otro lo levanta” (Eclesiastés 4:10).
No te dejes llenar la cabeza con tus propias limitaciones.
No te acuses vos mismo por tu debilidad.
No te creas menos a causa de tu humanidad.
Sino que… “el poder de Dios se perfecciona en la debilidad”, porque “cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Corintios 12:9-10).
Dios no necesita más que lo que ya te dio…
para que hagas lo que Él mismo te mandó hacer.
Le dijo Dios a Gedeón:
“Ve con esta tu fuerza…” (Jueces 6:14)
