Hace unos días tuve que hablar sobre la gracia. Fue en el contexto de “Sin Filtro”, mi programa en streaming, por una pregunta sobre el “caer de la gracia”. Básicamente, alguien me dijo que había “caído de la gracia”, y eso dio pie a la charla sobre el tema.
¿Qué es la gracia? La definición tradicional es que es un “don no merecido”. Es un regalo que Dios te da, no por mérito propio, sino solo por su voluntad y soberanía. Es, de parte de Dios, entender que no hay manera de alcanzar una posición digna para presentarnos ante Él, y mucho menos de ser merecedores de recibir cualquier cosa de su parte.
El sistema de la ley del Antiguo Testamento vino a sentar las bases de esta idea. Todo el esquema de requisitos y sacrificios apuntaba a una cosa: no podés, por tus medios y tus méritos, presentarte delante de Dios; es necesario un intermediario, un intercesor, y “sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados” (Hebreos 9:22).
Noé “halló gracia” (Génesis 6:8), sin la cual no habría podido sobrevivir al diluvio.
María era “llena de gracia” (Lucas 1:28), y así pudo ser la madre humana que dio a luz al Hijo de Dios.
Y todo apuntaba a eso: al que iba a morir para dar vida. Una “redención a precio de sangre” (1 Pedro 1:18-19; Efesios 1:7) que recibimos sin merecerlo, solamente “por gracia” (Efesios 2:8).
Pablo tuvo que luchar con la cuestión de la gracia, porque los religiosos legalistas de la época no la aceptaban. No solo los judíos, sino también algunos de los que se convertían a Cristo. Algunos de ellos quisieron imponer normas y cumplimiento de requisitos de la ley para poder recibir de Dios. Era intolerable que lo que tanto les costaba… los “sucios gentiles” lo recibieran sin hacer nada. ¡Ni aun a Jesús aceptaban!
Pretendían que los cristianos se circuncidaran, que siguieran celebrando las fiestas judías, que hicieran abstenciones. Les prohibieron el contacto con la sangre y, todavía hoy, hay quienes se olvidan de que “por gracia fuimos salvados” (Efesios 2:8).
En lo natural funciona distinto. En la vida diaria, en lo cotidiano, en nuestro día a día, es necesario “hacer” para “recibir”. No podemos vivir del aire ni pretender que otro nos sustente. Entendemos que el esfuerzo, el trabajo y el mérito son necesarios para progresar y avanzar en la vida.
Por eso aceptamos el pensamiento religioso y legalista. No nos parece tan loco. Incluso el ocultismo pasa por este mismo camino. Quienes practican artes paganas y ocultistas saben que las cosas no son por gracia, sino por entrega y sacrificio. Volvemos al plano del Antiguo Pacto.
No, no me equivoqué. Ya sé que parece un tratado de teología de la gracia o una introducción al legalismo y al sistema levítico, pero no. Es solamente un marco contextual para que entiendas que… por mucho que te esfuerces, por mucho que hagas… nunca vas a ser digno de la salvación ni de la bendición.
Por eso necesitamos de la gracia.
David entendía la idea. Él, “el dulce cantor de Israel”, tenía una profunda intimidad con Dios que lo llevaba a comprender cosas que tal vez recién ahora son reveladas. Así, él le dice al Señor: “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?” (Salmos 116:12).
No. No se puede pagar. Y todo lo que ofrezcas no es nada comparado con la obra de Dios.
Viene a mi mente esa vieja canción de Juan Carlos Alvarado:
“Soy deudor a Ti, Señor,
soy deudor de tu gran amor,
y lo único que puedo hacer
es amarte y adorarte…
y lo único que quiero hacer
es amarte y bendecirte”.
Sí. Somos deudores. Pero es una deuda que no se puede pagar porque no tenés con qué, y que no podés pagar porque fue… por gracia.
¿Qué hacemos entonces?
Otra vez Alvarado: “amarte, bendecirte, adorarte”.
Creo que te lo dije hace un par de días…
¿Te sentís poca cosa? Hacés bien.
¿Te sentís indigno? Bien hacés.
¿Limita esto tu posición delante de Dios? Al contrario, la potencia.
¿Impide esto que puedas cumplir tu propósito en Dios? ¡Para nada! Es la mejor motivación.
Si empezamos a rascar, seguramente hay cientos o miles de razones por las cuales Dios te rechazaría.
Pero fue por gracia.
Si miramos con lupa, seguramente le fallaste, le fallás y le seguirás fallando.
(Porque es imposible no fallarle a Dios y es imposible fallarle a Dios -material para otra charla-).
Pero fue por gracia.
Si nos medimos cada uno con la “medida de la altura de la plenitud de Cristo”… ¡nos faltan kilómetros!
Pero fue por gracia…
Sos deudor.
Pagá con amor.
Pagá con servicio.
Pagá con adoración.
No mires tu vida con la lupa de tus fracasos y tus miserias.
Mirá tu vida con los lentes de la sangre de Cristo y el Espíritu que Él puso en vos.
