Procesos

¡Qué problema cuando nos detenemos en el árbol sin mirar el bosque!
O cuando juzgamos un libro por su portada o por un mal capítulo.
O una serie… que es más común que pase…

¡Qué problema cuando te quedás solo con una primera impresión! O cuando la ansiedad te impide entender los procesos.

La vida misma es una secuencia de procesos. Desde que nacemos y hasta morir, vamos atravesando distintas etapas; ninguna de ellas automática o instantánea, sino gradual y progresivamente.

La adolescencia es la cúspide de los procesos. No entendés lo que te pasa. No entendés por qué no te entienden.

Comenzás con la pubertad. Tu cuerpo se te pone en contra y empezás a andar torpe y deformado. En los varones, lo primero es la nariz… en las mujeres… ya sabés qué es primero.

Después vienen el acné, la voz y el desarrollo sexual, que es todo un campo minado en potencia.

Recuerdo un nene de mi barrio de soltero. Era de esos que catalogás como “muñequito”. Bonito, simpático, ojos claros y nariz respingada… hasta que desarrolló… ¿Viste “Tonto y Retonto”? Bueno, me quedo corto…

No te quedes con momentos fuera de contexto ni con una parte del proceso. Aprendamos a mirar la película completa y a esperar el avance de los tiempos.

A Jesús lo criticaron, calificaron y juzgaron cuando su amigo Lázaro murió. La mentalidad religiosa es muy parecida, en eso, a la de quien no cree en Dios: falta de entendimiento, falta de visión y miopía espiritual que no le permite entender los tiempos.

Las hermanas lloraban, el pueblo se conmovía, y “…algunos de ellos decían: —Este, que dio la vista al ciego, ¿no podría haber hecho algo para que Lázaro no muriera?” (Juan 11:37).

Cuando no entendés los procesos, te perdés la oportunidad de experimentar la manifestación de Dios.

Cuando no entienden tus procesos, terminás señalado, calificado, etiquetado y rechazado o exaltado… por solo un momento pasajero de tu vida.

Bien dicen los que saben que no tenés que verte fracasado por un fracaso ni triunfador por un triunfo. Todo consiste en procesos que nos llevan a la meta de crecimiento y plenitud; a procurar ser cada día un poco más parecidos a Jesús (necesitaríamos vivir quinientos años, por lo menos, para empezar a contar), pero sin olvidarnos de que:

“el que comenzó la buena obra en nosotros, él mismo la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).

Lo que, dicho en el lenguaje de las entrelíneas, significa: “mientras vivas, estarás en un proceso”.

Dice David, y termino… “en tus manos, Señor, están mis tiempos” (Salmo 31:15).

Dejar un comentario