La Iglesia

¿Qué es la iglesia?

Hace unos días, uno de mis amados “haters” (odiadores) en redes sociales me señaló acusándome de predicar en contra de la iglesia. Todo vino a cuenta de que yo dije que la iglesia no es el edificio, sino la comunidad de creyentes que se unen con un fin y propósito.

Soy consciente de que ese es el argumento de quienes dicen que no hace falta congregar. Bueno, no. Justamente todo lo contrario. La iglesia no es el templo; templo somos cada uno de nosotros en forma individual (si el Espíritu de Dios vive en nosotros). La iglesia es la “ekklesia” (asamblea) de los notables, que se reúnen para recibir una dirección espiritual y salir a transformar el mundo donde habitan.

Así que sí, es necesario congregar, porque Dios habita en cada uno, pero “se manifiesta” donde más de dos se reúnen en su nombre (Mateo 18:20).

También la iglesia es la novia del Cordero. En los días finales, posterior al arrebatamiento y previo al fin de los tiempos, se celebrarán “las bodas del Cordero” (el Cordero es Jesús) con la iglesia. Sí. Esta “ekklesia” se va a casar e intimar con Jesús por la eternidad.

Pero también la iglesia es el cuerpo de Cristo. Es la imagen que da Pablo diciendo que “Cristo es la cabeza” (Efesios 5:23) y el cuerpo, que es funcional a la cabeza, que hace lo que la cabeza dice, es quien ejecuta la voluntad de la cabeza. La iglesia es la ejecutora de la voluntad de Dios en la tierra para que, cuando la iglesia clame “venga a nosotros tu reino” (Mateo 6:10), el reino de Dios se muestre sobre la tierra.

Sí, la tierra levanta el clamor para que el reino de Dios se manifieste sobre ella, y eso lo hace por medio y a través de… “la iglesia”.

Así que no soy anti iglesia, sino todo lo contrario. Casi que te diría que soy fanático de la iglesia, pero los fanatismos se mueven por pasión, no por razón; los fanatismos no entienden de razones sino de sentimientos, y entonces estaría bajando el peso espiritual de la iglesia. No. No soy fanático de la iglesia, pero soy totalmente pro iglesia.

La iglesia es el cuerpo de Cristo. Y cuando Pablo enseña acerca de los dones usa una imagen casi graciosa: el cuerpo tiene muchas partes, de las cuales algunas son honrosas y otras no tanto; algunas están a la vista y otras no; algunas son más ejecutivas que otras y otras no. (1 Corintios 12:22-24)

Notá que no digo “efectivas” sino “ejecutivas”. Creo, y justamente de eso se trata este pensamiento que te comparto hoy, que todas las partes son tan efectivas como las otras cuando cumplen sencillamente su rol.

Estoy operado de la vesícula. Hace menos de un año. Noté algunos cambios en mi cuerpo a partir de la cirugía. Claro, mi vesícula ya no era ni eficiente ni efectiva. No estaba funcionando bien y eso me traía varios problemas. Pero ahora que no la tengo… otros órganos de mi cuerpo se vieron en la obligación, no voluntaria, de reemplazar la función de la vesícula. Antes, la bilis se acumulaba en ella. Ahora, en los intestinos.

Todas las partes del cuerpo están puestas para cumplir una función. Y si cumplen esa función, su tarea es tan efectiva como otras y entre todas colaboran para una función global: la vida de este cuerpo.

“Ni el ojo puede decir a la mano: «No te necesito», ni tampoco puede la cabeza decir a los pies: «No los necesito».” (1 Corintios 12:21), dice Pablo mostrando esta verdad. Todos somos distintos, pero nos sumamos para ser una entidad, y siendo esa entidad, somos uno, trabajando en unidad.

Sí, digo somos, porque este es el paralelismo. Así como funciona el cuerpo humano, funciona el cuerpo de Cristo.

Somos todos distintos, pero somos todos iguales. Tenemos todos distinta función, pero todos apuntamos a una mayor: hacer funcionar la obra de Dios.

¿Por qué a veces queremos ser como el otro?
¿Por qué pretendemos, otras veces, que los demás sean como yo?
¿Por qué rechazo mi llamado, mi función o por qué me creo superior?

David había salido a la guerra. Una más de tantas. En este caso ya estaba edificando su propio reinado, aunque todavía Saúl estaba en el trono (aunque ya estaba a punto de morir).

Vuelven de la batalla habiendo obtenido una importante victoria y cargados de un importante botín. Y como era habitual, ese botín se repartía entre quienes habían peleado. ¿Viste “Vikingos”? Así, igual.

Pero unos doscientos hombres no fueron a pelear, sino que se quedaron cuidando las cosas del resto. Y los demás no quisieron compartir con ellos por no poner sus vidas en riesgo.

¿No era importante lo que hacían? Sí, era importante lo que hicieron. Entonces David les dice:

“…en el reparto lo mismo les toca a los que se quedan cuidando el equipo que a los que van a la batalla.” (1 Samuel 30:24)

Somos todos distintos, pero somos todos iguales. Tenemos todos distinta función, pero todos apuntamos a una mayor: cumplir el propósito de Dios.

No midas tu desempeño según la posición del otro.
No midas tus éxitos en base a los dones o llamado de los demás.
Evaluá tu eficiencia según lo que Dios te pide y lo que Dios te dio… porque una cosa es segura: no te va a pedir que hagas más de aquello para lo que te preparó… y si te pide algo, eso significa que tenés la capacidad para responder, con eficiencia y eficacia, a aquello que se te pidió.

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