El 25 de mayo de 1810 fue un escalón, tal vez el primer paso definido, hacia alcanzar la independencia de España.
El Virreinato del Río de la Plata, que ya tenía unos trescientos años de administración colonial, estaba queriendo ponerse los pantalones largos y empezar a decidir por sí mismo.
Hay algo muy cierto. Ya que estamos hablando tanto este año acerca de madurez y de “dejar las cosas de niño” (1 Corintios 13:11), llega un momento en que “la libre determinación de los pueblos” —más conocida como “derecho de autodeterminación” en el derecho internacional— tiene que ocupar su lugar.
Digamos todo. No fue tanto el sentir patriótico el motor de la Revolución sino, como suele suceder en distintos entornos, culturas y épocas, la economía.
España estaba en guerra. Napoleón avanzaba con furia y ya controlaba gran parte de España.
Las guerras, los gastos bélicos y los bloqueos marítimos provocados por el conflicto (como pasa hoy con Irán) limitaban el comercio con “la colonia”… y empezaba a haber escasez de recursos fundamentales: armas, telas, perfumes y especias.
Ser colonia impedía comerciar con otros pueblos. Los criollos —y las criollas— ¡se morían! por comprar platería inglesa y vestidos franceses. Pero el monopolio español no lo permitía.
¿Consecuencia? Por un lado, se activan los canales del contrabando comercial. Por otro lado… los ánimos empiezan a calentarse.
Es más… ¿querés un dato poco conocido?
Las primeras negociaciones diplomáticas para avanzar hacia la independencia incluso contemplaban quedar bajo la corona inglesa.
Sí. Algunos de nuestros próceres querían pertenecer al Reino Unido.
El punto era cambiar de estatus. Dejar de ser “ciudadanos de segunda” y poder ejercer el libre comercio y un gobierno independiente.
No es lo mismo ser súbditos que ser autónomos. No es lo mismo estar bajo dominación que tener libertad. No es lo mismo usar una bandera ajena… que tener una insignia propia.
No es lo mismo ser pueblo… que no serlo.
Eso dice Pedro: “Ustedes antes ni siquiera eran pueblo, pero ahora son pueblo de Dios” (1 Pedro 2:10).
El evangelio es un cambio de posición, de estatus y de identidad que te coloca en un nuevo nivel de relevancia espiritual.
Fijate esto: Jesús está preparando a sus discípulos para su partida. Les da instrucciones y los capacita para que sean quienes establezcan la iglesia, la reunión de los creyentes y la edificación de la obra de restauración.
Y esa capacitación venía por medio del Espíritu Santo:
“…yo le pediré al Padre que les mande otro Defensor, el Espíritu de la verdad, para que esté siempre con ustedes. Los que son del mundo no lo pueden recibir, porque no lo ven ni lo conocen; pero ustedes lo conocen…” (Juan 14:16-17)
Vale la pena cambiar de posición. No es lo mismo ser que no ser. Y antes de que pienses que hablo de Hamlet, te hablo del ¡tremendo! beneficio espiritual que te da el ser cristiano.
El ser te da derechos: recibir lo que Dios tiene para vos. El ser te da privilegios: ser llamado hijo de Dios. El ser te pone en una nueva posición: la de ser una voz profética para que otros también puedan gritar:
“¡Libertad, libertad, libertad!”
