Hace algunos años se hizo muy conocida una película bastante controversial que impulsó la popularidad de Timothée Chalamet (aunque acabo de verlo en una serie muy famosa de esa misma época). Esta película trascendió posteriormente, convirtiéndose en memes por alguna escena que pasó del romance a la burla. Se llama Llámame por tu nombre y profundiza en la relación, intimidad y conocimiento entre dos personas.
¡Qué importante es ser y sentirte conocido! ¡Qué importante es ser tenido en cuenta… de tal manera que te hagan sentir valioso e importante!
Muchas veces me hacen notar en la iglesia la importancia de saludar a una persona por su nombre. Tengo que reconocer que, a estas alturas, no es algo sencillo. El crecimiento de la iglesia trae aparejado el desconocimiento personal, y como una regla de tres inversa, a mayor número de asistentes, menor contacto directo con cada uno de ellos. Hablo de mí, no del liderazgo, que son quienes van supliendo este creciente distanciamiento.
Ya hace un par de años empecé a notar, e hice notar a los demás, que no podía retener ni saber el nombre de todos. Me molesta, me incomoda, me preocupa… pero entiendo que es real, estadística y humanamente imposible.
Pero para Dios no hay imposibles…
Me pasó hace poco: saludo a una mujer al terminar la reunión. Ella hace poco que asiste a la iglesia, y le digo: “Hola, fulana, ¿cómo estás?”. Se quedó pasmada y me dice: “¿Cómo sabe mi nombre?”. Y yo me pregunto: “¿Cómo sé su nombre?”.
Si me enfoco únicamente en lo ministerial, tengo que decirte que Proverbios 27 me obliga a eso:
“Quien cuida la higuera comerá su fruto, y el que mira por los intereses de su señor tendrá honra” (Proverbios 27:18).
Si lo miro desde lo espiritual, tengo que reconocer que es Dios el que hace que eso pase, porque es el más interesado en darte contención, restauración y cobertura paterna.
A Él, y solo a Él, sea toda la gloria.
Así fue como me hizo notar el pequeño detalle, aparentemente insignificante, en la conversación de Jesús con aquella mujer que padeció una hemorragia vaginal durante doce largos años.
Ella se acercó buscando sanidad y recibió, junto con ella, identidad.
Fue buscando recuperar su vida, y con ella recuperó su dignidad…
Jesús le dijo: “Hija”, y cambió su estatus y su condición (Marcos 5:34).
¡Qué habrá sentido entonces María! La señalada, la marginada, la rechazada, la insultada… cuando Jesús la llamó por su nombre…
“Jesús entonces le dijo: —¡María! Ella se volvió y le dijo en hebreo: —¡Rabuni! (que quiere decir: «Maestro»).” (Juan 20:16)
¡Qué importante es sentirte reconocido!
¡Qué importante es saber que sos tenido en cuenta!
¡Qué importante que, aunque a veces los hombres (y mujeres) fallamos y no cuidamos “los intereses del Señor”, este Dios no te olvida, no te ignora, y está atento a lo que pase con vos!
Dijo David:
“Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá” (Salmo 27:10).
O Isaías (¿se habrán puesto de acuerdo?):
“¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque ella se olvide, yo nunca me olvidaré de ti” (Isaías 49:15).
Termino y me despido con unos versos de Danny Berríos:
“Dios cuida de ti, bajo la sombra de sus alas…”
No estás solo. Dios te conoce y Dios te llama… por tu nombre.
