Requisitos

Tres factores, solo tres cualidades, son las que se exigían a los primeros creyentes para ocupar puestos de servicio (no sacerdotales) en la primera iglesia, la famosa “Iglesia de Hechos”, la iglesia del primer siglo.

Hago la aclaración de “no sacerdotales” porque hoy necesitamos prestar atención a otros detalles. Hablamos en el Taller de Liderazgo de la importancia de la “disposición”, de la “fidelidad”, de la “obediencia” (aunque te sorprenderá que no es el primer punto en importancia) y de compartir una misma visión. No se puede delegar el trabajo de guía de una congregación y la formación de nuevos discípulos a quien no esté presente, no ponga al ministerio en primer lugar antes que sus ambiciones personales y tenga su propia manera de ver y hacer las cosas.

Pero en lo demás, que no es menos importante, nos apoyamos en la enseñanza de Hechos:

  • Personas de confianza.
  • Entendidos.
  • Llenos del Espíritu Santo.

Así dice Hechos 6:3: “…busquen entre ustedes siete hombres de confianza, entendidos y llenos del Espíritu Santo, para que les encarguemos estos trabajos”.

¿Cuáles eran “estos trabajos”?
Servir las mesas, asistir a la gente reunida, acomodarla, verificar que todos reciban su porción, ¿preparar la comida?… tal vez.

Un rol que algunos suelen considerar secundario o de poco peso, pero que, más en estos tiempos, es fundamental en el crecimiento y avance de la iglesia: a la gente no solo se le predica, también se la debe tratar bien, hacer sentir cómoda, que su experiencia sea agradable, que disfrute estar en la iglesia.

¡Pero no! ¡Deben cumplir un año en la iglesia, no contaminarse con el mundo, no escuchar música mundana ni ver películas de terror! Deben haber cambiado su manera de vestir y usar camisas sueltas, pantalones anchos y zapatos tipo escolar.

Nada de eso dice la Biblia…
Es más. Me sorprendí hoy con un texto de 1 Reyes que habla acerca de Salomón. ¿Sabés quién fue Salomón?

Sí, ese mismo. El famoso por su sabiduría. El que enamoró a la reina de Saba (dicen). El que fue el más rico de su época. El que envidiaban los reyes. Aquel al que Dios le concedió “sabiduría como nadie tuvo” (1 Reyes 3:12).

“Salomón amaba al Señor y cumplía las leyes establecidas por David, su padre, aun cuando él mismo ofrecía sacrificios e incienso en los lugares altos.” (1 Reyes 3:3).

Escucho, pero no juzgo. Leo y no cuestiono. No es una calificación; es una descripción: fue exaltado por Dios, reconocido ante las naciones, validado por su presencia… pero era humano.

Dios no oculta los errores de sus elegidos. Los elige junto con ellos.
Dios no te define por tu condición, sino por tu elección y por el propósito para el cual él te llamó.
Gedeón se veía y se sentía poca cosa, pero Dios lo llamó “esforzado y valiente” (Jueces 6:12).

No. La Biblia no pone exigencias “religiosas” para el llamado al servicio y el cumplimiento de ese llamado. Solo que seas confiable, que seas entendido de lo que estás haciendo y que tengas intimidad con Dios.

¿Te parece mucho?
¿Te parece poco?

Son los mismos “requisitos” que te definen como cristiano. Ni más ni menos que eso.

Decía el sábado que Dios hace en nosotros “algo nuevo”, y eso nuevo se está haciendo de forma progresiva e invisible.

No juzgues ni te juzgues por no ver resultados mientras estás en el proceso.
No te limites ni te detengas por tener cosas que aún no se despegaron de tu vida.
No te descalifiques ni lo hagas con otro solo por no ver lo que recién en el cielo se va a poder ver.

Estamos en proceso, estamos siendo “perfeccionados…” hasta el último segundo de nuestra vida sobre esta tierra (Filipenses 1:6).

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