Tiempos y Procesos

¿Qué pasaría si, por tu cuenta, sin preparación ni recursos, encarás un emprendimiento?
¿Qué pasaría si, sin entrenamiento, te anotás a correr una maratón?
¿Qué pasaría si salís a la ruta sin combustible?

Lo mismo hubiera pasado si Dios le daba a Abraham la tierra prometida apenas salió de Ur.

Las promesas de Dios tienen un tiempo de cumplimiento y un tiempo de activación. No podemos acelerar los tiempos y procesos de Dios, pero sí podemos retrasarlos.

Repito, por si no se entendió: no podemos acelerar los tiempos de Dios, pero sí podemos retrasarlos.

Jesús nació en el tiempo indicado.
Moisés fue enviado a Egipto en el momento apropiado.
Abraham salió de Caldea en el momento preciso.

Y todo eso fue activador de procesos que llevaban al cumplimiento.

El factor humano nunca debe menospreciarse. Así como en el deporte se debe tener en cuenta que “el otro equipo también juega”, del mismo modo Dios tiene en cuenta los procesos y el comportamiento humano.

No, no me agarres para cualquier lado. No estoy diciendo que Dios dependa de nuestras acciones. Pero nuestras acciones pueden retrasar o favorecer el cumplimiento del propósito de Dios. Y Dios, sabiendo esto, las incluye en su planificación.

¿Sabías que las grandes empresas incluyen en sus presupuestos porcentajes de pérdida de ganancias por factores humanos?
¿Sabías que entre esos factores de pérdida se contempla, por ejemplo, la corrupción, el robo hormiga y la coima?

Dios, conociendo el corazón humano, maneja el gran reloj de los acontecimientos divinos, incluyendo nuestra participación.

Algunos piensan, dice Pedro, que Dios “se retrasa”. Pero Dios no se retrasa, sino que espera el momento apropiado (2 Pedro 3:9).
Algunos creen, como Saúl, que si no meten mano Dios no actúa. Pero no, aunque nuestra intervención es parte del plan de Dios, aunque podemos activar, detener o retrasar lo que Dios quiere hacer, no reemplazamos la soberanía y voluntad de Dios (1 Samuel 13:8-14).

Dios tiene sus tiempos y él los maneja. Ya Salomón lo tenía bien en claro. Como todo aquel que lleva algunos años de vida, aprendió que “todo tiene su tiempo” (Eclesiastés 3) y que hay que esperar el kairos, el momento oportuno.

¡Si aun el juicio de Dios espera su momento! (Apocalipsis 9:15).

Cuando Josué entró a tomar posesión de la tierra de la promesa, tuvo que batallar y conquistar 31 ciudades con sus reyes. Josué no era militar ni Israel tenía un gran ejército, pero Números dice que los aptos para la guerra en ese momento eran más de 600.000 (Números 26:51).

¿Hubiera podido Abraham solo?

Bueno, Abraham no estaba solo. Cuando entró a rescatar a Lot eran 318 “soldados” (Génesis 14:14). Le sirvió para ese combate pero… ¿hubieran sido suficientes para conquistar Canaán?

Muy distinto fue cuando Israel ya había crecido en número y experiencia.

No todos los retrasos son retrasos.
No todas las trabas son obstáculos.
No todos los fracasos lo son.

Muchas veces, o a veces, son la preparación para la conquista; un entrenamiento para un resultado favorable; o un tiempo de maduración de la visión y el entendimiento.

“Cuando ya se acercaba el tiempo en que había de cumplirse la promesa hecha por Dios a Abraham, el pueblo de Israel había crecido en Egipto y se había hecho numeroso…” (Hechos 7:17).

¿Ves retrasada tu promesa?
¿No ves que se acerque su cumplimiento?
¿La creés lejana, muy lejana, o pensás que se perdió?

Asegurate de estar dando los pasos correctos.
Examiná tus caminos, a ver si te llevan en la dirección correcta.
Evaluá tu crecimiento, no reniegues de los procesos.
Medí tus reacciones e impulsos, si son de una persona madura… o infantil.

Si estás tomando decisiones equivocadas, volvé sobre tus pasos.
Si estás deteniendo los tiempos de Dios, buscá reconocerlo a él en tus caminos.
Si ves que la meta se aleja… sentate a replantear tu estrategia.

Pero si después de examinarte descubrís que estás caminando en obediencia, creciendo y aprendiendo…

No confundas demora con abandono.
No confundas proceso con castigo.
No confundas preparación con pérdida de tiempo.

El mismo Dios que dio la promesa es el que conoce el momento exacto de su cumplimiento.

Abraham tuvo que esperar.
José tuvo que esperar.
Moisés tuvo que esperar.
David tuvo que esperar.

Si Dios habló, seguí caminando.
Si Dios prometió, seguí creciendo.
Si Dios te mostró una dirección, seguí preparándote.

Porque “todo tiene su tiempo” y, al momento señalado, si los pasos son los correctos, la promesa se cumplirá.

“El que empezó en nosotros la buena obra, él mismo la perfeccionará” (Filipenses 1:6).

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