Definitivamente, Dios tiene la última palabra. Sí, sé que estoy diciendo una obviedad, pero… ¿nunca te pasó pensar que ya todo estaba dicho, hecho, cerrado y definido? ¿Nunca te pasó sentir que un camión de escombros se vació sobre tu cabeza y que ya no hay salida?
Aun en esas situaciones, en medio de esas circunstancias, aunque no lo sientas o no lo parezca… Dios tiene la última palabra.
Mientras escribo esto, vienen a mi mente dos experiencias recientes. Hoy temprano leí una frase que decía más o menos así: “Aunque las puertas se cierren sobre vos, mientras que no sea la del ataúd, todavía hay otra oportunidad”. ¡Qué gran verdad! Pero cuando los caminos se van cerrando y las puertas no se abren, llegamos a pensar que ya no hay otra oportunidad.
Esto me lleva a Jeremías: “Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad” (Lamentaciones 3:22-23). Lo que, a su vez, me lleva a Timoteo: “Si fuéremos infieles, él permanece fiel; él no puede negarse a sí mismo” (2 Timoteo 2:13).
El pacto de Dios, la elección de Dios, su gracia y misericordia están muy por encima de los acontecimientos o circunstancias que vivamos o atravesemos y, muchas veces (o algunas veces), ¡a pesar nuestro y de nuestros errores!, Dios tiene la última palabra.
A veces lo escuchamos con otras palabras: “La esperanza es lo último que se pierde”, o “Mientras hay vida hay esperanza”… que terminan siendo solamente expresiones de deseo o consuelos baratos de situaciones que, íntimamente, ya dimos por perdidas.
Pero Dios, que no miente ni actúa como los humanos (Números 23:19; 1 Samuel 15:29), siempre tiene “un as en la manga” (¿te imaginás a Dios jugando al póker?).
Lázaro había muerto. Ya llevaba cuatro días. Sus hermanas lloraban su muerte… pero volvió a la vida (Juan 11:1-44).
Bartimeo (que no se llamaba Bartimeo) era ciego. Sabía que no tenía más opciones que pedir limosna sentado en los caminos. Pero un día escuchó a Jesús, y su vida cambió (Marcos 10:46-52).
La mujer marginada, la del flujo de sangre, la señalada y desechada por el barrio… se atrevió a romper estructuras cuando se enteró de que Jesús andaba por ahí… y su dignidad volvió (Marcos 5:25-34).
Los otros ciegos, la hija de Jairo, el hijo de la viuda de Naín, el endemoniado de los sepulcros y el que se arrojaba al fuego; el paralítico del estanque y el que bajaron por el techo; el de la mano seca, el sordo, el mudo, la condenada a muerte y tantos otros más… ya no tenían oportunidades, pero el Dueño de las oportunidades cambió su destino (Mateo 9:27-31; Marcos 5:21-43; Lucas 7:11-17; Marcos 5:1-20; Marcos 9:17-29; Juan 5:1-15; Marcos 2:1-12; Marcos 3:1-6; Marcos 7:31-37; Mateo 9:32-33; Juan 8:1-11).
¿Querés del Antiguo…? Solo una te cuento, y es la que dio pie a esta reflexión:
“Aunque ellos habían rechazado a Moisés y le habían dicho: «¿Quién te nombró jefe y juez?», Dios lo envió como jefe y libertador, por medio del ángel que se le apareció en la zarza” (Hechos 7:35).
Ahora me doy cuenta: hace unos pocos días escribí sobre el mismo tema, pero hablando de Jesús: “Este Jesús es la piedra que ustedes, los edificadores, rechazaron, y que no obstante ha llegado a ser la piedra angular” (Hechos 4:11).
¿Será que Dios “funciona” en base a principios?
Sí. Dios es Dios, y este Dios que es Dios es un Dios de principios.
Sí, también es Dios de pactos, no hagamos quedar mal a Marcos Witt, pero es un Dios de principios.
Me arriesgo a decir que los pactos de Dios están sostenidos por sus principios. ¿Qué son los principios? Los lineamientos básicos de cómo hace las cosas. Los incisos de la regulación de la ley no escrita de Dios. Los que dicen, por ejemplo, que “nuestro Dios es fuego consumidor” (Hebreos 12:29) pero que “la misericordia triunfa sobre el juicio” (Santiago 2:13).
Ese es Dios. Ese es mi Dios. Un Dios de principios.
¿Qué puerta se cerró sobre tu cabeza?
¿Qué manto de dolor y oscuridad envuelve tus pensamientos?
¿Cuáles y cuántos dedos te señalan?
¿Cuántos inspectores de paja examinan tus ojos?
Dios tiene la última palabra. Popularmente se dice: “Todo tiene solución menos la muerte”, pero para Dios ¡aun la muerte tiene solución!
Dijo Almafuerte (Pedro Bonifacio Palacios):
“No te des por vencido, ni aun vencido,
no te sientas esclavo, ni aun esclavo;
trémulo de pavor, piénsate bravo,
y arremete feroz, ya mal herido.”
Me acabo de dar cuenta, haciendo la revisión. Te había dicho que esto me llevó a recordar dos experiencias. Te conté la primera, omití la segunda.
El último domingo la pastora dijo, predicando: “Dejaste que cabalgaran sobre nuestra cabeza; hemos pasado por el fuego y por el agua, pero al fin nos has llevado a un lugar de abundancia.” (Salmo 66:12)
Dios tiene… la última palabra.
