“Unos nacen con estrella y otros nacen estrellados”. ¿Lo conocés? ¿Lo escuchaste? Siempre estuve enfrentado con ese pensamiento, no lo acepté ni lo acepto; pero al mismo tiempo muchas veces me sentí así.
En mis pocos 60 años sobre esta tierra conocí cantidad de gente. Desde la escuela y hasta el día de hoy siempre me gustó observar, analizar y aprender a comprender las actitudes de las personas. Hace algunos años me di cuenta de que me hubiera gustado estudiar psicología social, pero en mi juventud no era algo conocido y, es más, creo que ni existía como carrera.
Como observador, pude aprender que la gente se divide en grupos sociales según su personalidad o sus intereses, sus gustos o sus metas. También pude ver ¡qué distintas son las personas! Las narices son muy distintivas, las orejas también. Pero se suma el color de pelo, el tipo de cabello, el tono de piel, la forma de la boca, de los ojos… no solo el color de ojos, también su forma, su separación, su inclinación, su tamaño.
Podría seguir con los tipos de cuerpo, que en los últimos años se ha puesto bastante de moda. Que los ectomorfos, mesomorfos y endomorfos (no logro retener las características de cada uno). O la vieja clasificación de: cuerpos en pera, en óvalo, en lamparita, en reloj de arena o rectangular.
No, no estoy haciendo una apología de los cuerpos ni tampoco me quiero meter en ninguna ideología progresista. Solo mostrar lo distintos que somos. Distinto físico. Distinta personalidad. Distinto temperamento. Distintas maneras de actuar y reaccionar y distintas maneras de experimentar la vida.
No es verdad que “unos nacen con estrella y otros estrellados”, pero sí es verdad que todos tenemos distintas experiencias. A algunos les resulta “aparentemente” más sencillo. A otros, un poco más difícil. Algunos alcanzan sus metas sin demasiado esfuerzo. Otros tienen que batallar. Algunos son carismáticos… otros tenemos que trabajar para llegar.
Pero a unos y otros Dios los prepara según su llamado y según su propósito. Cuando Pablo habla de las aflicciones vividas cuenta algo un poco amargo: dice que tuvo que soportar algunas cosas solo para poder enseñar a quienes no podrían soportarlas, cómo soportarlas (2 Corintios 1:4-6).
También otros son procesados para estar a tono con su llamado y propósito. Como José, que fue tratado en áreas de su carácter para poder convertirse en primer ministro de Egipto. ¿Hubiera recibido a sus hermanos y hubiera administrado con sabiduría si no hubiese sido procesado por Dios? No lo sabemos. Pero tampoco podemos asegurar que sí.
¡O como Jesús! Que dice el autor de Hebreos que “por lo que padeció, aprendió obediencia” (Hebreos 5:8). ¿No podría haber aprendido en un curso online? ¿No podía aprender de mano de los escribas? ¿No podía aprender del ejemplo de su madre? No. Era necesario que fuera procesado para estar preparado para la tarea que tenía que encarar.
Bien lo dijo Salomón, el master de la sabiduría: “Al que trabaja, el hambre lo obliga a trabajar, pues su propio apetito lo estimula” (Proverbios 16:26). Somos hijos de una cuota de rigor y nuestra tendencia natural es buscar la línea de nivelación y acomodo. Dios nos mueve a la fuerza para provocarnos y promovernos a más.
¿Sabías que los primeros creyentes evangelizaron toda el Asia Menor gracias a que fueron expulsados? Si no hubiera habido persecución, el evangelio no hubiera traspasado el Mediterráneo ni el río Jordán.
No pretendo con esto consolarte en tus luchas y aflicciones. Tenés todo el derecho de preguntar: ¿y por qué yo? Y la respuesta vuelve a ser la de Pablo y José: porque lo podías soportar… y porque Dios no te deja solo.
Jesús dijo: “En el mundo tendrán aflicción”, una afirmación, no una opción. Pero agrega: “pero confíen, yo vencí al mundo” (Juan 16:33).
Pablo lo dice con otras palabras: “Dios no te dio una prueba que no puedas soportar y juntamente con la prueba te da la salida” (1 Corintios 10:13). ¡Wow! “Juntamente con la prueba, la salida”. O sea: en medio de tu problema y tu aflicción, dentro de esa misma situación, está la forma de salir de ella y darle fin.
David también incursiona en este tema. Él tenía experiencia en soportar pruebas y aflicciones. En más de una ocasión se vio acosado y acusado. A veces fue con motivo, otras veces no tuvo nada que ver. Tuvo que huir, exiliarse; tuvo que esconderse y aislarse; tuvo que esperar tiempos y procesos… pero vio el resultado y la mano de Dios. En algún momento escribió: “Una cosa sé, Dios está por mí” (Salmo 56:9).
Y también dijo: “…por muchas angustias he pasado desde mi juventud, pero no han podido conmigo” (Salmos 129:2). Y me quedo con eso: “…pero no han podido conmigo”.
Me gusta mucho Isaías 54:17: “Ningún arma forjada contra mí prosperará”.
Me gusta mucho Isaías 14:24 y 27: “Lo que Dios pensó, decidió, determinó… no hay quien pueda impedirlo”.
Me gusta mucho entender, darme cuenta, poder ver… que Dios nunca te abandona a tu suerte y que, pase lo que pase, “no podrán conmigo”.
¡Amén!
¿Estás siendo procesado? Dios te está preparando para algo bueno.
¿Estás siendo probado? Dios está sacando lo que no sirve en vos.
¿Estás bajo presión? Aunque no parezca, lo podés soportar.
No. Dios no hace diferencias. No naciste estrellado. Si en tu prueba no ves a Dios, es solo porque “sus caminos son más altos que los tuyos” (Isaías 55:8-9). Pero de noche tampoco ves el sol y no dudás de que ahí esté y al día siguiente va a aparecer.
Termino recitando al amigo Santiago:
“Hermanos míos, considérense muy dichosos cuando tengan que enfrentarse con diversas pruebas, pues ya saben que la prueba de su fe produce perseverancia. Y la perseverancia debe llevar a feliz término la obra, para que sean perfectos e íntegros sin que les falte nada.” (Santiago 1:2-4).
Como te dije ayer, Dios tiene la última palabra…
