Cuando una estructura se convierte en más importante que lo que sostiene, esa estructura se convierte en cárcel.
Si armás una jaula para una planta de tomate o frutilla, para que pueda sostenerse y no se arrastre, para no ser atacada por animales silvestres; pero esa misma jaula impide el crecimiento de la planta, la jaula ya no protege, la jaula es cárcel.
No puedo evitar pensar en ideología política. El muro de Berlín se construyó con la excusa (la mentira) de proteger al pueblo de las mentiras y la opresión del capitalismo, pero en la práctica fue una cárcel para que ese pueblo no pudiera escapar de las mentiras “verdaderas”.
Pablo habla de la ley del AT (pensar que para ellos era lo vigente, no lo viejo), diciendo que era solo un “ayo”, un tutor, un asistente, un guía, un maestro… que condujo a Israel a Cristo por medio de normas religiosas que apuntaban a él. (Gálatas 3:24-25)
A ver… el cordero sin defecto que debía ser sacrificado cada tarde y especialmente el Día de la Expiación iba formando la idea de Cristo como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).
Así como la mayoría de las normas de higiene eran estrategias de prevención sanitaria para que no enfermaran en el desierto y, como lo anterior, dar una imagen de exclusividad y pertenencia.
Así podemos recorrer los seiscientos y pico preceptos rabínicos, fundamentados en la ley de Moisés, pero que no eran más importantes que la voluntad y la palabra de Dios, ni que su Mesías, su Cristo.
¿No dijo Jesús acaso que él era “Señor del día de reposo”? (Mateo 12:8; Marcos 2:28; Lucas 6:5).
Cuando los religiosos querían imponerle normas y reglamentar los milagros.
¿Acaso no dijo también él que esa generación desconocía el espíritu de Dios y de la ley, al rescatar animales de carga pero condenar personas? (Lucas 13:15-16; Mateo 12:11-12)
¿No fue Jesús quien se enojó cuando lo criticaron por sanar a un hombre con una mano con discapacidad? (Marcos 3:1-6)
La ley no es Cristo. La ley no es Dios. La ley no es la que salva, sino que el rompimiento de esa ley (por cumplimiento de esa ley) fue lo que trajo salvación.
“¡Consumado es…!” dijo Jesús, cerrando un ciclo y declarando que solo él fue lo suficientemente perfecto para servir de sacrificio a Dios. (Juan 19:30)
Así entendió el autor de Hebreos, explicándoles a los hebreos que la ley y los sacrificios llegaron a su fin, ya que ahora “tenemos un gran sumo sacerdote”. (Hebreos 4:14; 10:11-14)
¡Que ni siquiera pertenecía a la casta sacerdotal!, pero en quien tenemos redención y salvación.
Las normas regulan. Las leyes dan un marco de contención y acción. Las estructuras dan forma y protegen… pero todo tiene su momento de finalización.
¿Te atreverías a decirle a Dios que él está equivocado? ¿Te animarías a sugerir que sos más santo que él?
¡No seas más papista que el papa!, dice el viejo refrán a aquellos que quieren hacer de la norma, la estructura y la regulación un nuevo ídolo por encima de Dios.
Este Dios le habla a Pedro y lo invita a comer animales que la ley decía que eran impuros. Pedro se incomoda. Como cuando increpó a Jesús diciéndole: “¡Señor, ten compasión de ti! En ninguna manera esto te acontezca”. (Mateo 16:22)
Ahora le está diciendo a Dios: “¡No! Yo nunca comí nada impuro ni lo voy a hacer”. (Hechos 10:14)
¿Te acordás cuando Dios le cerró la boca a Job? Bueno, parecido a eso, Dios responde a Pedro: “Lo que Dios ha purificado, no lo llames tú común”. (Hechos 10:15)
¡Ay, ay, ay!
“No llames impuro a lo que Dios limpió”…
La ley no es Dios. Dios es Dios.
Dios se mueve en principios, no en estructuras.
Y las estructuras que sí deben permanecer no pueden ponerse por encima de Dios.
Si “los cielos y los cielos de los cielos no te pueden contener” (1 Reyes 8:27), ¿cómo vamos a encasillarlo en nuestro criterio y manera de pensar?
Una vez más resuenan las palabras de Isaías: “Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová”. (Isaías 55:8-9)
La ley, la norma, la religión… te llevan a Cristo.
Que no te alejen de él.
