Aprietes

“Dios aprieta, pero no ahorca”, dice el viejo y conocido refrán que, a pesar de ser apenas un dicho popular, tiene mucho de verdad.

Tendríamos que entrar en un debate (que no tengo muchas ganas) acerca de la voluntad efectiva o permisiva de Dios; y acerca de si Dios nos mete o no en algunas situaciones complejas o problemáticas.

Pero Jesús lo dejó bien claro: “No nos metas en tentación…” (Mateo 6:13), enseñando a sus discípulos cómo orar a Dios y dejando caer la idea, obviamente real, de que Dios “te mete…” en el lío. Claro, después aparece Santiago diciendo que “Dios no tienta a nadie” (Santiago 1:13) y se arma el gran conflicto.

Pero ahí estamos hablando de dos clases distintas de “tentación” (y eso que no iba a entrar en debate).

La cosa es que Dios no tienta, pero sí te pone a prueba y bajo presión. Pedro dice que nuestra fe debe ser puesta a prueba (1 Pedro 1:6-7), y no hay otra manera de poner a prueba la fe que haciéndola trabajar. ¿Y cómo se la hace trabajar? Cuando te encontrás en una situación de la que solo la fe te puede sacar.

¡Ay!

Sí, ¡ay! Dios no tienta, pero sí te lleva al punto de tu máximo rendimiento. ¿Hay algo que hayas pasado o estés pasando que no tenga manera natural o visible de ser solucionado? Ahí entra la fe. Saber que Dios va a hacer lo que Él dijo que iba a hacer, aunque todo lo que veas, lo que sientas, lo que te digan o pienses te muestre lo contrario.

Dios le dio a Elías una instrucción clara: “andá al arroyo de Querit y quedate ahí” (1 Reyes 17:3-4). Había sequía, no había agua, había escasez. El país estaba en problemas y Dios cuidaba de su siervo…

“Pero al cabo de unos días el arroyo se secó, porque no llovía en el país” (1 Reyes 17:7).

El domingo la pastora predicó acerca de esto: esas situaciones en las que estás obedeciendo y, aun así, todo se da vuelta y te ves metido en un problema. Sin tener nada que ver, sin haber hecho nada incorrecto, sin haber desobedecido; o, repito, obedeciendo, las circunstancias cambian y te ves metido en un problema… en el lugar al que Dios te mandó.

¿Castigo? ¿Juego? ¿Prueba? Tal vez procesos… que debemos pasar para salir en una mejor condición.

El asunto es que el reino de los cielos es proactivo y se mueve alrededor del principio de siembra y cosecha. A veces uno pretende que las cosas pasen solo por esperar… y, salvo cosas tan puntuales como un nacimiento ¡o una cosecha!, en lo demás hay que hacer algo para que las cosas pasen.

Bueno, en esto también. Solo Jesús fue engendrado por el Espíritu Santo; el resto de la humanidad debe hacer algo previo: utilizar el método de fecundación natural. Y en cuanto a la siembra, ¡lo mismo! Jesús dijo que el agricultor se va a dormir esperando que crezca la planta sin saber cómo, que “de suyo da fruto la tierra” (Marcos 4:26-29) y no se requiere de su intervención. ¡Pero tuvo que sembrar la semilla previamente!

Así que sí, se requiere hacer algo y no alcanza con sentarse a esperar.

Me encuentro ahora con otro problema. Elías tenía que hacer algo, pero… la lluvia no la iba a provocar él (¿o sí?). La lluvia viene del cielo; el que tenía que sembrar era solo Dios (¿o no?). ¿Qué podía hacer Elías para cambiar la situación?

No estoy muy seguro de qué tenía que hacer, pero sí estoy seguro de lo que no tenía que hacer: no debía desesperarse, no debía enojarse, no tenía que bajar los brazos, no tenía que huir de la situación. Tenía que, como Jonás, en el momento de la desesperación, “invocar el nombre del Señor” (Jonás 2:1-2).

¡¿Viste, Job?! “Aunque él me mate, en él esperaré” (Job 13:15).

¡Eso es fe! Pero también es acción. También es perseverancia y confianza ciega en Dios.

En el caso de Elías, el asunto tomó un giro más sorprendente: la sequía sirvió para que una mujer fuera sanada, restaurada y viera la mano de Dios en su necesidad. Si no hubiera habido sequía, ¿habría recibido un milagro?

Dios aprieta, pero no ahorca.

A ella le dio una garantía: que durante todo el tiempo de sequía no le iba a faltar alimento, si hacía lo que Dios le mandaba hacer, si confiaba en lo que le estaba pidiendo, aunque pareciera una locura (1 Reyes 17:14: darle al profeta primero, antes que a su hijo).

Pero es un principio de la manifestación de Dios. Cuando Pedro relata los acontecimientos alrededor de la vida y muerte de Jesús, presentando el evangelio a Cornelio, declara: “…Pero Dios lo resucitó al tercer día…” (Hechos 10:40).

¿Por qué no lo hizo el primer día?
¿Por qué no el segundo?

Porque Dios te lleva al límite de la fe, y cuando llegás al final de tus recursos, te enseña a depender más de Él.

Pablo dijo que Dios “juntamente con la prueba dará también la salida” (1 Corintios 10:13), lo que confirma este principio espiritual: “Dios aprieta, pero no ahorca”.

Tal vez te sentís con la soga al cuello.
Capaz ya te está dejando marcas de irritación.
Te está faltando el aire, sentís el ahogo…
“Dios aprieta, pero no ahorca”.

¡Seguí creyendo! No dejes de creer… no dejes que tus emociones, tus sentimientos, tu mente o tus pensamientos te saquen del foco de reconocerlo a Él en todos tus caminos.

¡Iglesia! “…esperá en el Señor, ahora y siempre” (Salmos 131:3), porque “los que esperan en el Señor… no serán avergonzados” (Salmos 25:3).

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