¡Ay, Señor! ¡Qué claro es y qué duros para entenderlo somos! No alcanza solamente con tener conocimiento; es necesario, es fundamental, tener una relación.
En la vida diaria es así. ¿Por qué sería distinto en la vida espiritual? Porque a veces “espiritualizamos” tanto la cosa que pensamos que son dos planos paralelos, cuando en realidad son dos planos fusionados entre sí.
A ver, te explico: en la iglesia nos acostumbramos, a fuerza de tiempo, concentración y esfuerzo, a eliminar el “neutro” en nuestras prédicas y charlas por una sencillísima razón: los argentinos no hablamos en neutro. De hacerlo así, sería ejercer un rol cuando estamos en la iglesia y otro distinto cuando estamos en casa.
¿Son lugares distintos? Sí, son lugares distintos. Pero somos la misma persona, por lo tanto, quien soy en casa es quien soy en la iglesia… y viceversa.
¿Te acordás que “el evangelio es una confrontación constante”, no? ¡Gracias, Señor, por tu misericordia!
Así, del mismo modo que el lenguaje, funciona la vida cristiana. Por lo tanto, la relación con Dios tiene un paralelismo con las relaciones personales, las relaciones afectivas y las relaciones íntimas. Para un cambio de tu forma de vida no alcanza con conocer a alguien; para tener fruto no es suficiente solo con saber quién es o cómo es la otra persona.
Así, repito, no alcanza solamente con tener conocimiento de Dios; es necesario, es fundamental, tener una relación con él.
Abraham entendió el punto. Otros no tanto. Dios “reposó” sobre él de tal manera que fue engendrado de una nación y una visión (Génesis 17:22).
Jacob tuvo que ser quebrantado para que su encuentro con el Creador no fuera solo una transacción, sino que se convirtiera en un “Peniel”, un lugar de encuentro cara a cara (Génesis 32:24-30).
Oseas sí que la tuvo clara. Escuchamos y repetimos el versículo popular: “Mi pueblo perece por falta de conocimiento” (Oseas 4:6), y hacemos grandes prédicas y exégesis sobre él, pero se refería a un “conocimiento experimental”, una relación que te lleve a la intimidad; una intimidad que resulte en mucho más que saber su nombre y origen, como Adán, que “conoció a su mujer” y nació Abel (Génesis 4:1).
Muchas veces hablé de conocer a Dios y de la transformación. Pero me parece que, como Job, “hablaba lo que no entendía” (Job 42:3); pero quiero decir, como él: “De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven” (Job 42:5).
Cuando Deuteronomio dice: “Conoce, pues, que Jehová es Dios” (Deuteronomio 4:39), ¿a qué se refería Moisés? Bueno, él conoció, en un determinado momento, que el Dios verdadero se llamaba “Yo Soy” (Éxodo 3:14) —Jehová o Yahvé, como más te guste—, pero no hablaba de eso, sino de darte cuenta, darnos cuenta, de que “ese Dios”… ¡es Dios!
¿Mucha obviedad? A veces lo simple se hace profundo…
No. No alcanza con conocer los nombres de Dios.
Ni sus atributos.
Ni toda la Teología Bíblica y Sistemática de Pearlman.
No es suficiente con desglosar hebreo, arameo y griego.
Ni empaparte de la cultura para comprender contextos.
Ni navegar entre versiones para profundizar cada palabra…
Es necesario tener una relación con él.
Y las relaciones se construyen. Se desarrollan. Crecen. Maduran.
Las relaciones traen transformación, cambios de vida y de visión. Cambios de enfoque.
Las relaciones abren caminos y planifican metas… para alcanzar un objetivo común. Para el cumplimiento de un propósito.
Pablo estaba haciendo “estragos”. Su popularidad crecía, así como la animosidad contra él. Había tenido un profundo encuentro con Dios que cambió su vida. El perseguidor de la iglesia se convirtió en un anunciador de la misma; el crítico, en propagador.
No solo había conocido a Jesús; había tenido una experiencia con él que marcó su vida.
Algunos que lo veían moverse querían imitarlo. Típico de los movimientos sociales. Sin proponérselo, Pablo era un influencer de la vida espiritual en el Asia Menor del siglo I (básicamente Turquía y Grecia). Y muchos empezaron a imitar sus formas.
Hubo unos muchachos que se movían en el rubro espiritual o religioso. Conocían la interna y la cocina de lo espiritual. Pero me parece que nunca la habían degustado.
Empezaron a copiar las “fórmulas mágicas” de Pablo buscando los mismos resultados, pero ni el “abracadabra” ni el “ábrete Sésamo” les funcionó. Parece que hacía falta algo más…
Pretendieron hacer una liberación y enfrentar a un demonio… “Pero en cierta ocasión el espíritu maligno les contestó: «Conozco a Jesús, y sé quién es Pablo; pero ustedes, ¿quiénes son?»” (Hechos 19:15).
No alcanza con saber las formas. No alcanza con la experiencia. No es suficiente ni sirve aprenderse las estrategias. Es necesario tener una relación.
Incluso cuando oramos o hablamos “en el nombre de Jesús”, ¿de verdad estás haciendo algo que Jesús te mandó hacer o decir? ¿Podrías decir con certeza que Jesús te dijo: “Decí que vas de parte mía”? ¿O solo escuchaste que se debía decir así?
Jesús mismo dijo: “Y orando, no usen vanas repeticiones...” y luego enseñó: “Ustedes, pues, orarán así: Padre nuestro…” (Mateo 6:7-13).
No alcanza con saber el cómo; hay que tener una relación, una relación íntima, una relación sanguínea, una relación que te dé identidad.
Sí, otra vez, el evangelio es una confrontación constante y, si estás siendo confrontado:
1. ¡Bienvenido al club!
2. ¡Bien por eso!
Sin confrontación no hay transformación; sin transformación no hay bendición ni plenitud.
Termino con esto: tenemos que cambiar la manera de pensar… ¡y de actuar!
Respecto de Dios.
Respecto del Evangelio.
Respecto de la iglesia.
Respecto de mi relación con Dios.
Respecto de lo que espero de Dios.
Y de lo que Dios espera de mí.
Tenemos que tener… una relación.
