Superpoderes

¿Te imaginás lo que sería tener un superpoder? ¿Tuviste alguna vez ese sueño o fantaseaste con eso?

¡Daaale! Seguro que más de una vez hiciste fuerza con la mente para leer la de otro… o jugaste a escondidas lanzando rayos con las manos. ¡O mejor! Poder lanzar telarañas, al mejor estilo Peter Parker (Spider-Man).

¡Cómo me hubiera gustado! Debe ser por eso que me atrae la ciencia ficción, la informática y la Inteligencia Artificial. A veces pienso que nací en el siglo equivocado y lamento no poder ver cómo será el mundo del año 3000.

¿Habrá año 3000? Bueno… eso es para otra charla.

Pero después me doy cuenta de que, sin darme cuenta, lo sobrenatural me rodea y convivo con un gran superpoder .

Pablo menciona al “poder que actúa en nosotros” (Efesios 3:20). ¿Cuál es ese poder?

El viejo axioma evangélico declara: “Hay poder en la Palabra” o “Tu palabra tiene poder”, señalando el poder creador de la Palabra de Dios y el efecto restaurador que produce en la mente y el corazón.

Realmente, la Palabra de Dios no es simplemente un acumulado de anécdotas e historias bonitas con un tono semimetafórico, sino el verdadero poder de Dios puesto en acción. Digamos todo: la Palabra de Dios revela a Dios, expresa su voluntad y comunica su vida. La Palabra de Dios… “¡es Dios en palabras!”

Pero también Pablo habla acerca del “poder de su resurrección” (Filipenses 3:10 ¡cómo me cuesta decir esa frase!). Es el poder que levantó a Jesús de entre los muertos, pero que no queda ahí, sino que se extiende a la Iglesia y al creyente por medio del pacto de la cruz (esto ya es más un estudio bíblico que una reflexión).

Ese poder de la resurrección es el que hace “que las cosas pasen”; el que hace que, cuando llegamos al Señor, lo caído se levante, lo seco reverdezca y lo estéril dé fruto .

O como dice la lectura de hoy, 30 de junio de 2026: “Ahora los encomiendo a Dios y al mensaje de su amor, que tiene poder para hacerlos crecer espiritualmente y darles todo lo que ha prometido a su pueblo santo.” (Hechos 20:32, DHH).

Pero el Salmo 148 habla de otro tipo de poder. Obviamente, del poder de Dios. Pero no de un poder que Dios tiene, sino de un poder que Dios da.

Ya Moisés había dicho: “Acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas” (Deuteronomio 8:18).
Pero el autor del Salmo 148 va un poco más allá:

“¡Él ha dado poder a su pueblo! ¡Alabanza de todos sus fieles, de los israelitas, su pueblo cercano! ¡Aleluya!” (Salmos 148:14, DHH).

Dios da poder a su pueblo, y ese poder se manifiesta en una vida que lo alaba.

La alabanza dispone nuestro corazón para experimentar el poder transformador de Dios cuando lo ponemos en primer lugar.
La alabanza es una proclama pública de las cosas que Dios hizo, hace y puede hacer.
La alabanza… crea un escenario para que ese poder se manifieste…
(Sí… sigo en modo estudio bíblico).

En otras versiones, el Salmo termina invitando al pueblo a alabar a Dios por todo lo que Él hace.
En definitiva, tenés un superpoder. Y es mucho más fácil de activar de lo que imaginás.

No necesitás tomar una píldora ni que te pique una araña. Tampoco ponerte un supertraje. No necesitás recibir kryptonita, que te impacte una onda de rayos gamma, meterte en una máquina desmolecularizadora ni encontrar una varita mágica.

Tenés el poder de hacer que las cosas pasen por el simple hecho de poner a Dios en primer lugar, creerle a Él y publicar sus maravillas (Salmos 96:3).

Ya lo dice la canción que tanto cantamos en pandemia: “Hay poder en la alabanza”.

Alabá a Dios.
Enfocate en Él.
Hacé que tu vida lo alabe.
Sé un testimonio vivo de su poder transformador.

Hay poder, un gran poder… en la alabanza.

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