Este es el tema con el que comienza mi último libro, “30 días con Proverbios”.
Bueno, es el tema con el que empieza el libro de Proverbios.
Hablar de sabiduría es mucho más fácil que experimentarla o recibirla, aunque recibirla no es tan difícil. Depende más de la fe que de la capacidad o la inteligencia.
En realidad, en el reino de Dios nada depende de la inteligencia o la capacidad, sino que todo gira alrededor de la fe.
—¡Pero, pastor! ¿No era que todo gira alrededor de la siembra y la cosecha?
¡Ah, sí! Por supuesto… Tal vez no te des cuenta, pero la fe también es una forma de sembrar.
Santiago dice que, si necesitás sabiduría, “se la pidas a Dios, que la da en abundancia y sin echarlo en cara” (versión libre de Santiago 1:5). Además, Jesús dijo: “Al que pide se le dará” (Mateo 7:8).
Así que tener sabiduría es mucho más accesible de lo que te imaginás.
A veces pienso en Salomón.
¡Qué genio el tipo! Sabio como pocos, aunque, si hilamos fino, la Biblia dice que no hubo otro sabio como él (1 Reyes 3:12; 1 Reyes 4:29-31). Dios le concedió esa gracia especial y sobrehumana como un don, o simplemente un regalo, para que gobernara a su pueblo, el pueblo de Dios (1 Reyes 3:5-12).
Pero, haciendo una retrospectiva, ¿fue tan sabio como la reina de Sabá creyó?
Me parece que, al contrario, se durmió sobre esa sabiduría y se olvidó de hacerse el chequeo anual.
No, no solamente el clínico. También es necesario el de Salmo 139:23-24. Buscalo, te lo dejo de tarea…
(Tampoco es cuestión de que tengas todo servido, ¡che!)
¿Será que se fue relajando y no prestó atención a las señales?
¿Será que, a propósito, las ignoró?
¿Será que, en un determinado momento, ya no supo cómo volver?
Si hacés un estudio de Eclesiastés, no teológico sino humano; no mirando al rey sabio ni al prolífico investigador y escritor, sino a un hombre luchando con su propia humanidad… te vas a encontrar con un corazón angustiado, que primero se esconde en el despecho, pasa por la depresión y termina rogando, casi solapadamente, el favor de Dios.
“Temé a Dios y guardá sus mandamientos” termina diciendo enEclesiastés 12:13, tal vez como un resabio de esa sabiduría malgastada.
En algún momento él mismo escribió:
“La sabiduría grita en las calles, levanta su voz en las plazas y clama en las esquinas llenas de gente…” (Proverbios 1:20-21, DHH).
Pero parece que no le prestó atención.
¿Puede ser que tus propias palabras te juzguen?
Sí, re de una. Tus propias palabras te juzgan.
Jesús así lo dijo y, si lo dijo Jesús, tema terminado:
“Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado” (Mateo 12:37).
La sabiduría no se limita a lo filosófico o científico; no tiene su aplicación tan solo en conocer los tiempos o las técnicas de siembra ni las de riego. Mucho menos para dar consejos.
La sabiduría, dijo Salomón, es para la vida misma; para servir a Dios y vivir una vida abundante.
Y esa sabiduría, la que le pedís a Dios, no aparece solo durante una oración:
- “Grita en las calles.”
- “Levanta su voz en las plazas.”
- “Clama en las esquinas llenas de gente.”
Así como “los cielos cuentan la gloria de Dios” (Salmo 19:1), todo a tu alrededor te da señales de sabiduría para tomar decisiones correctas que te lleven por el camino correcto y te hagan “reconocerlo a él en todos tus caminos” (Proverbios 3:6).
¿Cuántas veces escuchaste algo que te dejó una enseñanza o te animó a tomar una decisión correcta?
(¿Y cuántas veces ignoraste los consejos de tus maestros, mentores, padres, líderes o pastores?)
¿Cuántas veces esa enseñanza, ese comentario, ese consejo, esa “palabra sabia”, provino de quien menos esperabas o de quien menos calificado (según vos) estaba?
¿Cuántas veces fue una película, un capítulo de tu serie favorita, un reel “casual”, un comentario en un noticiero, en la radio o en una charla de amigos?
¡Cuántas veces conversando en la calle, haciendo la cola del mercado o esperando el colectivo!
O escuchando, en ese mismo colectivo, la conversación de otros… (¡Chusma!)
La sabiduría no se limita ni se encasilla en un libro añoso ni en una larga barba; tampoco en unos ojos cansados, las canas o las arrugas. La sabiduría “grita” a tu alrededor de mil formas distintas, para que la escuches, para que la recibas, para que la aceptes, para que la pongas en práctica.
Si la “multiforme gracia de Dios”, de la que habla 1 Pedro 4:10, muestra las distintas y diversas maneras en que Dios manifiesta su favor, ¿cómo no va a hacer lo mismo, por esa misma gracia, para que puedas ser sabio?
Termino con esto:
¿Quiere Dios que tengas sabiduría?
Sí, quiere.
No se va a poner a gritar solo por gritón.
No… termino con esto.
¿Hay un límite de veces o de “cantidad” de sabiduría para recibir?
No. Te repito: “abundantemente y sin reproche”.
No, no… ahora sí termino con esto.
¿Te cuesta encontrarla?
No. Pero no seas necio.
Mirá las señales.
No te distraigas.
Pedile a Dios.
Seguí su camino…
“…y él enderezará tus veredas” (Proverbios 3:6).
