No puedo evitar (no sé si quiero evitarlo) que, cada vez que llego al último versículo de los Salmos, mi mente se pegue un viaje en el tiempo a los 90, a nuestros comienzos y primeros pasos en el Señor.
Tuve la suerte (la bendición en la providencia divina) de nacer al evangelio en una iglesia que estaba en pleno proceso de renovación. Mi pastor era de una extracción religiosa muy rígida, sumado a su origen eslavo, pero se daba cuenta de que el evangelio no es forma sino fondo, no es tradición sino transformación, y estaba encarando un cambio de visión ministerial.
Al mismo tiempo, era el mover del renuevo en la alabanza. Empezaba a sonar un Marcos Witt de amplia melena y bigotes setentosos que venía a sacudir a los ‘viejos dinosaurios’. Poco a poco se fueron dejando de lado los coritos de los himnarios y se le empezó a dar paso a estas “raras canciones nuevas” (parodiando a Charly García).
Con todo eso, se mantenía una línea tradicional, porque lo viejo no tiene que ser malo solo por ser viejo. Todavía hoy, en nuestra iglesia, tenemos esos momentos de popurrí pentecostal que sacuden a la congregación. Algunos se sorprenden con lo desconocido y otros sacudimos lágrimas de emoción por las viejas épocas vividas.
Así, en mi mente empieza a sonar:
“Todo lo que respira
Alabe a Jehová.
Todo lo que respira
Alabe a Jehová.”
“Alabadle, sol y luna,
y vosotros todos sus santos.
Alabad y bendecid
el nombre de Jehová…”
“¡Alabad y bendecid el nombre de Jehová!”
Así, con todo el castellano de la Reina Valera 1960 a full, recitando y cantando Salmos 150:6:
“¡Que todo lo que respira alabe al Señor! ¡Aleluya!”
¿Una invitación? ¿Una sugerencia? ¿Una orden? Bueno… un poquito de cada cosa.
No quiero aburrirte hoy con un estudio del salmo, ni meterme en cuestiones de hebreo e interpretación. Pero hay algo muy loco que este verso nos muestra… sintetiza la razón de ser y existir del ser humano.
El autor del salmo, sin ser un erudito o científico (por lo menos no hay indicios de eso), resuelve todo el conflicto de la filosofía grecorromana sobre la existencia.
Sócrates, Platón y Aristóteles, entre otros, pasaban horas meditando sobre “para qué estamos”, “qué es el hombre”, “de dónde venimos y adónde vamos”.
Es comprensible… ellos divagaban a partir de la falta de identidad y propósito. No conocían al Dios verdadero ni habían tenido una experiencia transformadora. Pedro lo dijo muy clarito: “Ustedes antes ni siquiera eran pueblo, pero ahora son pueblo de Dios” (1 Pedro 2:10).
Pero el Salmo lo simplifica: “el ser humano fue creado para alabar a Dios” (versión libre mía). Listo. Punto.
¿Respirás? ¿Recibiste el aliento que da vida? (A eso apunta el verbo en hebreo). ¿Sos un ser viviente? Vas a alabar a Dios.
Y el final del versículo, a la vez final del salmo y, a la vez, final del libro de los Salmos… ¡sí te da la orden!
“¡Aleluya!” (Salmos 150:6).
¿Me dejás hacerte una traducción desarrollada, un análisis expositivo de la expresión? ¡Daaaleee… porfa!
“Den gritos de alegría, hagan ruido y, en forma visible y notable, den a conocer la grandeza de Dios.”
¡Chan! Eso es “aleluya”.
En realidad, no es en tercera persona, sino en primera: el escritor se incluye diciendo: “¡Hagamos esto!”.
¡Uff! Me acabo de dar cuenta de que le estoy dando letra al ortodoxo de los avivamientos pentecostales.
No, no… no estoy alimentando que pongas el volumen al máximo para volver locos a los vecinos. No, tampoco que pienses que, si te denuncian, es porque “el diablo está nervioso”. No, no. Tampoco para que te conformes con decir: “Más vale pocos, pero buenos”.
Es para que adoptes una postura pública de alabanza. Para que des cumplimiento, en forma práctica, a Mateo 5:16: “Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben a su Padre que está en los cielos.”
Una influencia activa y positiva para que se vea a Cristo en vos y lo que hizo en tu vida.
Ya lo dijo Danny Berríos (hablando de canciones viejas): “¡Alaba a Dios!”.
Ya lo dijo Habacuc, aunque sin cantar (bah… no sé, parece una canción):
“Aunque la higuera no florezca
ni haya frutos en las vides;
aunque falle la cosecha del olivo
y los campos no produzcan alimentos;
aunque en el redil no haya ovejas
ni vaca alguna en los establos;
aun así, yo me regocijaré en el Señor.
¡Me alegraré en el Dios de mi salvación!
El Señor y Dios es mi fuerza;
da a mis pies la ligereza de una gacela
y me hace caminar por las alturas.”
(Habacuc 3:17-19)
Respondiendo a la pregunta anterior:
Es una invitación.
Es una sugerencia.
Es una orden.
¡Alabá a Dios!
Con tu vida… ¡Alabá a Dios!
Con tu comportamiento… ¡Alabá a Dios!
Con tu llamado… ¡Alabá a Dios!
En tu casa… ¡Alabá a Dios!
En tu trabajo… ¡Alabá a Dios!
En tu familia… ¡Alabá a Dios!
Que todo lo que respira también sepa que hay una alternativa distinta, que hay otra manera de vivir… y que se puede vivir de esa manera.
¡Alabá a Dios!
