Conmovidos…

Figurita repetida… o tema recurrente. Sea cual sea, nos metemos otra vez en uno de los temas, para mí, más importantes del evangelio y de nuestra relación con Dios: su Palabra.

La palabra de Dios, la Biblia, ha sido objeto de debates y conflictos. Hasta donde sé, nunca se desató una guerra por causa de la Biblia, pero sí fue el detonante de varias crisis humanitarias. Prohibida en Oriente y en países comunistas, escondida y traficada durante los últimos cien años, viene trastornando mentalidades y transformando vidas desde el día uno de su propagación.

Hay un dato histórico, político y espiritual muy interesante. Cuando en 1989 cayó el muro de Berlín y, casi al mismo tiempo, desaparecía la ex Unión Soviética, el foco de los movimientos y agencias misioneras cristianas del mundo entero estuvo puesto en ese territorio desolado. Durante más de setenta años la Biblia estuvo prohibida, así que una generación completa creció sin saber de su existencia, así como de la existencia del Dios verdadero.

Hay terribles historias de familias ejecutadas por el solo hecho de que les encontraran una Biblia o algún fragmento de la palabra de Dios. En las cárceles de China e Indonesia se contrabandeaban hojas de la Biblia; algunos las usaban para fumar opio, pero otros, con la excusa del opio, aprovechaban para leer un texto transformador y vivificante.

Por eso Europa y América pusieron la mira en evangelizar a esos pueblos, pero… ¡oh, sorpresa! Al ingresar a esos países se encontraron con que ya existía una iglesia en las sombras que permaneció firme a lo largo de la opresión y la persecución.

Sí, la palabra de Dios es un arma letal que causa terror a los dictadores y a las tiranías que buscan controlar la mente del hombre.
Sí, le tenían miedo, porque la palabra de Dios tiene el poder de transformar.

Pude ser testigo, en más de una ocasión, de cómo las vidas eran restauradas solo por leer el evangelio. Pude ver a una persona ser sanada de un dolor terminal solo por leer los Salmos. Pude ver a personas en depresión levantarse de su muerte en vida solo por recibir un “simple” texto de Isaías: “No tengas miedo, pues yo estoy contigo; no temas, pues yo soy tu Dios. Yo te doy fuerzas, yo te ayudo, yo te sostengo con mi mano victoriosa.” (Isaías 41:10, DHH).

Me va a caer toda la hermenéutica encima, pero… ¡hasta la Biblia habla de sí misma, de su poder transformador, y descubre su identidad oculta al quitarle la máscara al Verbo hecho carne! (¡Alerta, religiosos!).

Sí, no les gusta mucho, y no es del todo cierto, pero… la palabra de Dios, ya te dije, ¡es Dios en palabras!

¿No dice acaso que “penetra hasta lo más profundo” ? (Hebreos 4:12).
¿No dice también que Dios habló y todo fue creado? (Génesis 1; Salmo 33:6 y 9).
¿No dice, además, que “envió su palabra y los sanó” ? (Salmo 107:20).

¿No viste la película El libro de Elí? (Te la recomiendo). Un mundo posapocalíptico en el que el tesoro más preciado, el que le da poder a quien lo tenga, el que define quién será el gobernante del mundo… es la Biblia. Es la palabra de Dios.

Lo peor que podés hacer con la palabra de Dios es tratarla solamente como un tratado de teología, como un libro de historia o, peor aún, solo como un conjunto de historias épicas.
O pensarla como una fuente de conocimiento o como un desafío para “espadear” (el que lee, entienda… jajaja).

Ya lo dijo Santiago: “Pero sean hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándose a ustedes mismos.” (Santiago 1:22).

Porque, si no… estás haciendo una invitación al caos. Creeme, sé por qué te lo digo.

La palabra de Dios tiene que confrontarte, sacudirte, conmoverte. ¡Tiene que sopapearte, animarte, transformarte!

Eso le pasó al rey Josías. Sus antecesores se habían olvidado de Dios. Más que olvidarse, lo habían ignorado a Él y a su palabra.
Hasta que Josías encontró el libro de la Ley.
Y la palabra de Dios no pasó desapercibida:

“Cuando el rey oyó las palabras del libro de la ley, rasgó sus vestidos.” (2 Reyes 22:11).

Al margen… unos versículos más adelante Dios le habla y le dice que, gracias a que se conmovió ante la palabra, recibiría misericordia (2 Reyes 22:19).
Pero lo más importante fue que tuvo una reacción transformadora al ser confrontado por la palabra de Dios.

Josías se conmovió. Tembló. Se sacudió. Reconoció su error. Rasgó sus vestidos…

¿Y vos? ¿Cuál es tu reacción ante la palabra de Dios?
La palabra de Dios… es Dios en palabras.

No dejes de escuchar a Dios.
No dejes de prestar atención… a su palabra.

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