¿Qué es el nombre? De más está decir que todos tenemos un nombre. Incluso en aquellos casos donde una persona perdió su memoria y es tratada como un N.N., también tiene un nombre. O cuando se encuentra un cadáver sin saber su identidad, eso no cambia el hecho de que… tenía un nombre.
El nombre es lo que te identifica. Pero, en realidad, debería ser lo que te define. Cuando Adán les puso nombre a los animales, fue precisamente para definir qué serían o qué eran. Su mismo nombre, Adán, significa “tomado de la tierra”, lo que definía su esencia como humano y creado por la mano de Dios.
En la misma Biblia vamos viendo cómo, con el correr de las generaciones, los nombres se ponían en relación con algo del bebé recién nacido, con los acontecimientos alrededor de su nacimiento o gestación, o incluso dando una directiva profética de quién sería en su adultez, cumpliendo el propósito para el cual fue creado.
Sí, todos tenemos un propósito de nacimiento. Y si naciste (supongo que si estás leyendo es porque naciste), no fue por pura casualidad de la naturaleza ni un mero acto biológico. No sos algo tan básico como la unión de un espermatozoide con un óvulo, sino el resultado de una decisión gestada en el corazón de Dios.
Naciste por y con un propósito.
¿Jesús nació con un propósito? Obvio que sí, ¿no?
¿Cuál fue ese propósito? Salvarte. La salvación para todo aquel que crea en Él (Juan 3:16).
¿Qué significa “Jesús”? “El que salva”. Listo.
Tu nombre te define. Tu nombre te posiciona. Tu nombre te recuerda quién sos.
¿Conocés el origen de los apellidos? Es curioso, surgieron por la necesidad de diferenciar a las personas de un mismo nombre y, para eso, usaron características geográficas, físicas o familiares. Mientras había un solo Juan no pasaba nada, pero cuando empezaron a haber más “Juanes…” había que ponerles un sobrenombre, un apelativo, un apellido.
El hijo de Fernando pasó a ser Fernández.
El hijo de Gonzalo pasó a ser González.
El que vivía bajando el monte pasó a ser Del Valle.
El que nació en ese nuevo lugar, Villanueva.
El nombre te identifica, pero el nombre te define. Aunque hoy en día no le damos demasiada importancia y la tendencia natural es cambiarlos, disminuirlos o alterarlos, tu nombre es importante. (No me gusta llamar a la gente por apodos).
¡Por eso no debés permitir que se lo tomen “a la chacota” (querría decir otra cosa, pero no es apropiado)! Si tus padres te pusieron un nombre, no permitas que te llamen de otra manera. Si Dios dijo de vos que eras o serías determinada cosa, no dejes que te desvíen de ese propósito o que minimicen, o aun desprecien, tu llamado de vida.
Eliaquim, de Judá, fue un rey títere. Era del linaje real, era hijo de Josías. Pero no tenía carácter de rey. Tal vez porque no era el heredero natural. Su hermano Joacaz fue ungido rey a la muerte de su padre Josías. Pero Egipto ganó la guerra y conquistó a Judá. Entonces sacó del trono a Joacaz y puso en su lugar a Eliaquim. (2 Reyes 23:29-33)
Eliaquim significa (esto parece Conquistando la Promesa) “Dios levantará” o “Dios establecerá”. Y es una palabra profética para mantenerse en el “a pesar de…”. Reino caído, trono conquistado, familia presa… un llamado a permanecer.
Pero Eliaquim no quería problemas, sino que se convirtió en siervo de Necao (el rey egipcio), y este le cambió el nombre:
“Además, el faraón Necao puso como rey a Eliaquim, hijo de Josías, en lugar de su padre, y le cambió el nombre y le puso Joacim, y a Joacaz lo tomó y lo llevó a Egipto, donde murió.” (2 Reyes 23:34).
Poco tiempo después volvió a pasar lo mismo y Nabucodonosor le cambió el nombre a Matanías por Sedequías, intentando borrar la herencia espiritual del reino de Judá.
¡Ay, Roboam! ¡Si hubieras escuchado! Pero el pretérito imperfecto del subjuntivo no aplica para el plano espiritual ni para el cumplimiento del propósito de Dios. Los “hubiera” no sirven. Lo que pasó, pasó y no se puede cambiar. Pero se pueden corregir sus consecuencias y sanar lo que vendrá.
Correrte de tu llamado y de tu propósito anula tu identidad.
Correrte de tu llamado y propósito cambian tu nombre.
Salomón lo dijo con mucha sabiduría: “enfocate en lo que está delante de tus ojos” (Proverbios 4:25).
No saques la mirada de lo que Dios te dijo, de lo que te prometió o de la meta o destino para el que te llamó.
No escuches voces que te distraigan de tu propósito y llamado.
No hagas caso a ideas o pensamientos que anulen tu identidad. Después de todo… ¡cuidá tu mente y tus pensamientos más que cualquier otra cosa! (Proverbios 4:23).
¡Que nadie cambie tu nombre!
¿A los esclavos les cambiaban el nombre, no?
