Paz…

¿A cuánto está la paz? No, no me equivoqué. Te estoy preguntando por la cotización de esta divisa que… en tiempos que corren… resulta más valiosa que el dólar.

Es totalmente conocido, lo sabemos por experiencia, que en las economías débiles y de riesgo como la Argentina, el valor de la moneda estadounidense está constantemente en boca del ciudadano común. Me sorprendí al enterarme, hace no mucho tiempo atrás, que hay países donde a la gente no le interesa el movimiento del tipo de cambio, o si subió o bajó el dólar. Son los mismos países, me dicen, donde la gente tampoco conoce el nombre de los ministros porque lo importante pasa por otro lado.

¡Claro! Me resulta rarísimo y seguramente a vos también. Siempre, desde que tengo memoria, el tema dólar está a la orden del día.

A veces aparecen otras monedas e inversiones. Por momentos el Euro tuvo su momento de gloria, así como el oro que, cada tanto, aparece en primera plana. La cuestión de las guerras de Medio Oriente hace mover el petróleo, pero ni vos y yo andamos comprando barriles de crudo, aunque tal vez sí nos metamos en cripto.

¡Qué cosa extraña me sigue pareciendo! Si bien entiendo, y perfectamente bien, el concepto de la fe, me cuesta invertir en algo que no se ve, que no existe, que es solo una línea de código en una computadora y que, aun así, tiene tremendas oscilaciones de precio.

Llamame cobarde, pero no me animo a invertir en eso que no existe, aunque muchos de los que lo hicieron se convirtieron en millonarios de la noche a la mañana.

A mí… dejame con el dólar o, en esas extrañas etapas de estabilidad, el viejo y conocido plazo fijo que es mucho más real, medible y palpable.

Pero como verás hay una divisa que no se la tiene en cuenta, y sin embargo nuestra vida gira o depende de ella: la paz. ¡Cuántas cosas aparecen todos los días que nos quitan o nos pueden quitar la paz! La misma inestabilidad económica que nos rodea no nos permite estar tranquilos, sino siempre pendientes de qué va a pasar.

Te echaron del trabajo.
Te aumentaron el alquiler.
Una enfermedad imprevista.
Un accidente o un contratiempo.
Un “baldazo de agua fría” que te descoloca y… te quita la paz.

Problemas emocionales, crisis alérgicas, insomnio, depresión, angustia, pérdida de peso, caída del cabello, problemas dermatológicos o gástricos, se convierten en consecuencia y nueva causa de la falta de paz.

¡Cuántas veces “no pudiste dormir” por la incertidumbre!
¡Cuántas otras te despertaste sobresaltado por una pesadilla o aquel problema no resuelto!

La paz no es solamente un estado de calma ni el nombre de una ciudad: la paz es un tesoro y una herramienta; una perla y un refugio… que más se nota cuando no está.

Pablo habla de la paz. Dice que es algo sobrenatural. Dice que proviene de Dios y que no se la puede entender (Filipenses 4:7).

Y el salmista no la ignora, diciendo:

“Yo me acuesto tranquilo y me duermo en seguida, pues tú, Señor, me haces vivir confiado.” (Salmos 4:8)

¡Pero si es el famoso cantito de la escuela dominical!

“En paz me acostaré
y así mismo dormiré
porque solo tú, Señor,
me haces vivir confiado.”

¡Qué bueno es poder dormir tranquilo! ¡Qué bueno poder descansar en paz!

Hace unos días alguien me explicó la importancia que tiene el poder dormir bien. No solo dormir, sino “descansar”.
Me hablaba acerca de lo bueno de acostarse temprano y poder desconectar.

Pero qué feo es cuando no podés dormir… porque no tenés paz.

Buscás alternativas. Contás ovejitas. Empezás a contar desde 100 a 0. Te ponés a leer… para que te agarre sueño.

Descargás apps de relajación. Buscás en YouTube sonidos relajantes, como agua corriendo. Te levantás. Caminás. Te ponés a lavar, limpiar, mirar tele o reels en tu celular.

Pero el señor Sueño no aparece, porque no hay paz…

Jesús habla de la paz. Dice que él es el que la da. Y no cualquier tipo de paz, sino una de verdad (Juan 14:27).

No busques más. No gastes plata. Pedile a Jesús que te dé su paz… o hacé tuya la bendición sacerdotal con la que terminamos cada reunión:

“Que el Señor te bendiga y te guarde.
Que él haga resplandecer su rostro sobre vos.
Que el Señor tenga de vos misericordia…
¡y ponga en vos paz!” (Números 6:24-26)

Y podrás “acostarte en paz y dormirte enseguida, porque el Señor te hace vivir confiado” (Salmos 4:8).

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