Es por Gracia…

Entender la fe y la gracia sigue siendo algo muy complejo para la mente humana. Es como comprender la eternidad o la Trinidad. Son conceptos teológicos que aceptamos, precisamente por fe, pero que racionalmente nos cuesta comprender.

Yo, por mi parte, le doy gracias a Dios porque me hizo entender la fe por medio de la razón. Sí, no te asustes. Es parte de esa cualidad especial de Dios que puede hablar en todos los lenguajes existentes y hacerse entender según nuestro propio perfil de pensamiento.

¡Qué tremendo! Recién caigo… Dios no tiene un traductor universal como usaban en Star Trek o como los actuales recursos de la IA, sino que Él habla… ¡y vos lo entendés! Dando vuelta la historia, ¿te diste cuenta de que recibe oraciones en todos los idiomas y dialectos del mundo, incluidas las diferentes lenguas de señas? Mmm… me parece que Dios no entiende idiomas, sino intenciones del corazón. No me hagas caso… eso da para otra reflexión.

Gracias a Hebreos 11:1 podemos definir la fe: “la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve”.
Me gusta el texto de la King James en inglés que dice que la fe es “la sustancia de nuestra esperanza y la evidencia de una realidad espiritual que no podemos ver”. ¡Impresionante!

Pero… ¿cómo se define la gracia? ¡Ouch! No hay un versículo que la defina de esa manera, pero todo el evangelio gira alrededor de ella.

Pablo dice que “por gracia somos salvos” (Efesios 2:8). La idea es que no merecemos la salvación, pero Dios la pone a nuestra disposición.

El ángel Gabriel se refiere a María como “muy favorecida” o “llena de gracia” (Lucas 1:28), apuntando a más o menos lo mismo: no se convirtió en la madre de Jesús por mérito propio, sino únicamente por el favor de Dios.

También dice Moisés que “Noé halló gracia ante los ojos del Señor” (Génesis 6:8). Noé era un hombre justo, como vos y yo después de haber conocido a Jesús. Pero los demás eran peores que él. Algo parecido a lo que Dios dice acerca de Israel: “No pienses que expulso a los demás porque seas tan ‘santito’… sino que la maldad de los otros pueblos hizo que los elimine de la tierra” (versión libre, mía, de Deuteronomio 9:4-6).

Y la gracia choca con nuestra razón, más todavía que la fe. Nos hacemos un Dios a nuestra medida, que debería actuar según nuestro criterio de justicia y según nuestra interpretación de la ley. ¿Ley? Bueno… de sus requisitos, mandamientos, estatutos, etc.

Después de todo, Pablo dice que “la voluntad de Dios es vuestra santificación” (1 Tesalonicenses 4:3). Así que… ¡ojito! con desviarte de sus caminos.
Pero… ¿quién lo dice? ¿Quién juzga? ¿Con qué parámetros?

Lamento decirte por centésima vez: Dios no se mueve a tu manera, sino única y exclusivamente a la manera de Dios.

¿Te acordás de lo del ojo y la paja? (Mateo 7:3-5).
¿Y de “con la medida con que medís, se te volverá a medir”? (Mateo 7:2).
¿Y de que “cuando juzgás a otro, te condenás a vos mismo”? (Romanos 2:1).

¡Ay, ay, ay! Ayer hablaba con mi esposa recordando Romanos 11:33: “¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!” Y termina diciendo en el versículo 34: “¿Quién conoció la mente del Señor?”

Sí, vuelvo a la vieja declaración: ¡El evangelio es una confrontación constante!

Hace unos días hablamos acerca de los “requisitos” para presentarte delante de Dios. Ya los sabés. Ya somos viejos en esto y estamos bastante curtidos:

“Sin santidad nadie verá al Señor.” (Hebreos 12:14).
“Sin fe es imposible agradar a Dios.” (Hebreos 11:6).
“Pecadores, limpien sus manos… purifiquen sus corazones.” (Santiago 4:8).
“Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.” (Salmo 51:17).
“…al quebrantado y humilde de espíritu…” (Isaías 57:15).
“…los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad.” (Juan 4:23-24).

Pero… guardando por un momento el manual de teología y el libro del evangélico (parodiando al “Libro de Mormón”), por encima de todo esto está la voluntad de Dios y su gracia.

“Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia…” (Hebreos 4:16).
Si tenés que acercarte al trono de la gracia es porque necesitás gracia. Y si necesitás gracia es porque no tenés méritos suficientes para acercarte por tus propios medios.

Y esta otra:
“En cambio yo, por tu gran amor, puedo entrar en tu templo; ¡puedo adorarte con toda reverencia mirando hacia tu santo templo!” (Salmo 5:7).

Listo… ¡cerrame la ocho! Si podés acercarte a Dios, no es por mérito ni por sumar puntos en tu tarjeta de evangélico fiel.
Es por su gran amor.

¿Qué más puedo decirte?
A la religión le fascina poner normas y requisitos.
A los religiosos les encanta mirarte desde arriba.
El fariseísmo del siglo XXI disfruta condenando al que no se ajusta a su forma y a su criterio.

¡Si me habré sorprendido por las manifestaciones de “amor” (¡pura ironía, eh!) que me han hecho en las redes sociales! ¿Sabías que hay cristianos que disfrutan mandando a otros al infierno?
Sí. Los que encerraron a Pablo y condenaron a Jesús dejaron buenos discípulos por estas tierras…

Bajá un cambio.
Relajá.
Hacé la plancha en Cristo…

“…por gracia son salvos por medio de la fe;…” (Efesios 2:8).

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