“En boca cerrada…”

No va a ser la primera vez que hablemos acerca del poder de las palabras. Curiosamente, estoy bosquejando el mensaje de hoy, con el que arranca la Cruzada de Rompimiento de Cadenas, donde el impacto de las palabras ocupa un lugar bastante relevante.

La Biblia habla mucho de las palabras. Solemos recitar o escuchar Santiago 3 acerca del poder de la lengua, de la que dice que es capaz de incendiar un bosque, ya que “la lengua es un fuego, un mundo de maldad” (Santiago 3:5-6). ¡Wow!

Un poquito más adelante dice que, con ella, “bendecimos y maldecimos… y eso no está bien” (Santiago 3:9-12).

O David, diciendo que Dios “es quien sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila” (Salmos 103:5). ¡Pensar que alguno pretendió enseñar, con ese pasaje, que Dios nos revela en la Biblia qué comer y qué no! ¡Ay, Dios, por algunas revelaciones!

Salomón, en cambio, aprendió bien de su padre, ya que escribió: “En la lengua hay poder de vida y muerte; quienes la aman comerán de su fruto” (Proverbios 18:21).

Sí es cierto que la lengua y la boca ocupan un rol importante en la alimentación. Por la boca comemos y la lengua es un “detector” de alimentos con la capacidad de comenzar el proceso digestivo mediante sus papilas gustativas. Cuando algo te resulta agradable al sabor, se activa la salivación, que ayuda en el proceso. Cuando algo no te resulta sabroso, ocurre lo contrario.

Pero la lengua, la boca y las palabras que salen de ellas son vitales para la comunicación. Aun si estás impedido de hablar, las palabras escritas te ayudan a relacionarte. Cuando no les damos el lugar de importancia que tienen nuestra lengua y nuestras palabras, el resultado puede no ser el que buscamos.

Lo mismo sucede cuando nos apresuramos a hablar… o a tomar decisiones.

O cuando hablamos en estados de excitación emocional. Tanto una enorme alegría como una gran decepción o un fuerte enojo pueden hacernos decir cosas que nunca deberíamos haber dicho.

Y acá aparece otra vez lo del subjuntivo. Decir “si me hubiera callado”, “si no hubiera dicho” o “si eso no hubiera pasado” ya no sirve de nada. Mejor aprender —ni hubiera, ni habría sido— a cerrar el pico y no hablar de más.

¿Viste lo que le pasó a Herodes? Tuvo que mandar decapitar a Juan, a pesar de no querer hacerlo, todo porque la seducción le ganó la cabeza y tomó control de su boca: “Pedime lo que quieras, hasta la mitad de mi reino te daré” (Marcos 6:22-23). ¡Qué problema cuando ella pidió la cabeza de Juan en una bandeja! Dice la Biblia que, por causa del juramento y de los invitados, no quiso desairarla y accedió a su petición (Marcos 6:26-28).

A Ester le pasó algo parecido, aunque en ese caso jugó a favor suyo… y nuestro. Utilizó la sabiduría, el momento oportuno y un banquete para ganar el favor del rey Asuero (Ester 5:1-8). Y lo logró. “¿Cuál es tu petición…? Aunque sea la mitad del reino, te será concedida” (Ester 5:3; ver también Ester 7:2).
¡Me parece que acá hubo plagio!

Zacarías quedó mudo. Con sus palabras estaba poniendo en duda lo que Dios había dicho que iba a hacer, y el ángel le cerró la boca. A veces, el silencio es mucho más útil para el plan de Dios que nuestras opiniones. (Lucas 1:18-20)

Las palabras de Pedro lo metieron en problemas varias veces, por actuar sin pensar y simplemente dejarse llevar por el sentir. No te olvides: “Engañoso es el corazón…” (Jeremías 17:9).

¡Qué caradura para decirle a Jesús: “Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré” (Mateo 26:33)! Y recibió la respuesta más dura: “Esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces” (Mateo 26:34).

¿Cuántas veces hacemos “pactos de altar” que no son más que una catarsis emocional? Le ofrecés todo a Dios, renunciás a todo… hasta que se te pasa la emoción y te olvidás de todo.

Bueno… algunos se benefician con eso. ¡Qué habilidad que tienen para sacar plata en esos momentos!
Dejá… esa fue mi catarsis

También dice la Biblia, y otra vez es Santiago quien lo hace: “…todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse” (Santiago 1:19).
¿Será porque Santiago alguna vez habló de más?

¿Te acordás que los hermanos de Jesús lo criticaban?
¡Je…! No te apures para hablar…

Pablo estaba preso. Pasó varios años bajo distintas formas de custodia. Nadie quería hacerse responsable de condenarlo porque, en realidad, no había motivos suficientes. El gobernador Félix incluso esperaba que Pablo le ofreciera dinero para dejarlo libre (Hechos 24:26). Después compareció ante el rey Agripa, un rey solo en apariencia, bajo la autoridad de Roma.

¡Agripa quería dejarlo en libertad! Realmente no encontraba ninguna causa para condenarlo, pero…

“Agripa dijo a Festo: ‘Podría ser puesto en libertad este hombre, si no hubiera apelado a César'” (Hechos 26:32).

¡Ay, Pablo! ¡Para qué hablaste! Pudiendo haber salido en libertad, terminó viajando preso a Roma… todo por abrir la boca.

Me quedo con Santiago: hay que hablar menos y escuchar más. Hay que hablar menos y analizar lo que se escucha. Hay que hablar menos… y saber cuándo hablar.

Un comentario por acá… un secreto compartido por allá… una confidencia del otro lado… un “te cuento para que ores”… pueden convertirse en el camino hacia las cadenas. Tal vez no cadenas de hierro, pero sí cadenas espirituales que te atan a la condenación…

O al pasado…
O a la culpa…
O al fracaso…
O a la maldición…
O al pecado…

Termino, ahora sí, con las palabras de Jesús: “…todos tendrán que dar cuenta de cualquier palabra inútil que hayan pronunciado” (Mateo 12:36, DHH).

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