Encerrados en el Pasado.

Ayer arrancamos la Cruzada de Rompimiento de Cadenas. En esta primera reunión hablamos de la Cadena del Pasado, de la forma en que permanecemos atados a nuestro origen, al entorno, a las palabras que dijimos o que nos dijeron; a todo aquello a lo que le permitimos ejercer autoridad sobre nuestra vida, creyendo que tiene poder para determinar nuestro presente y nuestro futuro.

Creemos que esas cosas nos limitan. Creemos que nos condicionan. El problema es que, muchas veces, lo que creemos termina convirtiéndose en nuestra realidad. Sin embargo, aunque todas esas cosas sí pueden condicionar y limitar al ser humano natural… ¡nosotros estamos sujetos a un poder y a una autoridad muy superiores!

Ayer decía que nuestro origen y nuestro entorno pueden influir sobre nosotros, pero no determinan nuestro destino. Lo único que verdaderamente define nuestra vida es el propósito de Dios. Su propósito, unido a su voluntad y a su llamado, es la fuerza más poderosa que actúa sobre nosotros. Dios es capaz de romper toda lógica humana con tal de cumplir el propósito que trazó para nuestra vida.

Es ese propósito el que, como dice Pablo, hace que aun las cosas malas terminen obrando para bien… “a los que conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8:28).

Nuestro pasado tiene la autoridad que le queramos dar. En realidad, todo lo que nos rodea o pretenda ejercer dominio sobre nosotros solo tendrá la autoridad que nosotros le concedamos. Es como ocurre con el liderazgo. La autoridad de un líder no la define un cargo, sino quienes deciden seguirlo. Podés tener mucho título, mucho rol y mucha “chapa”, pero si la gente no te reconoce como líder… ¡chau liderazgo!

El pasado nos lleva a vivir en el ostracismo (bueno… algo de la cadena de hoy también pasa por ahí… ¡alerta spoiler!). Desde el encierro que nosotros mismos nos provocamos dejamos de ver la luz y la salida. Solo percibimos el aire enrarecido, el olor a humedad y las “alimañas” que nos rodean. ¡Me imagino a David refugiado en la cueva de Adulam! (1 Samuel 22:1).

Cuando vivís encerrado… hasta cambia tu manera de ver las cosas. Aprendés a moverte en la oscuridad, pero cuando aparece la luz te molesta y hasta te cuesta distinguir lo que sucede afuera. Lo mismo ocurre cuando vivimos encerrados en el pasado: la esperanza se agota, el futuro desaparece y solo somos capaces de mirar hacia atrás.

Algo parecido ocurrió en el viaje de Pablo hacia Roma. En realidad, él no tenía la culpa. Había advertido que continuar navegando era peligroso, pero ni el capitán del barco ni el centurión que lo custodiaba le hicieron caso. Ignoraron el consejo del hombre de Dios y terminaron en medio de una tormenta que sacudía la embarcación sin descanso.

Lucas lo describe de una manera impactante:

“Por muchos días no se dejaron ver ni el sol ni las estrellas; y acosados por una tempestad no pequeña, ya habíamos perdido toda esperanza de salvarnos.” (Hechos 27:20).

Cuando dejás de ver el sol y las estrellas perdés toda referencia. Ya no sabés hacia dónde vas. Y cuando se pierde la esperanza, el pasado empieza a parecer más grande que el propósito de Dios.

Sí. El pasado nos condiciona. Si lo dejamos.
El entorno nos limita. Si se lo permitimos.
Mi origen me marca. Si lo acepto y le doy lugar.

La cadena del pasado se rompe:

  1. Identificando aquello que todavía gobierna tu vida.
  2. Perdonando a quienes te lastimaron y también a vos mismo.
  3. Soltando lo que ya no podés cambiar.
  4. Renunciando a la autoridad que el pasado ha ejercido sobre tu vida.
  5. Aceptando la identidad que Dios te dio en Cristo.

El pasado no tiene más autoridad… que la que vos le quieras dar.

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