¿Viste esas viejas novelas de medio pelo en las que siempre aparecía un hijo no reconocido, un hijo robado, perdido o alguna identidad oculta? Podría nombrarte varias de ellas. La primera que me viene a la memoria es aquel éxito de los 90, “La Extraña Dama”, protagonizada por los jovencísimos Jorge Martínez y Luisa Kuliok, con un embarazo oculto y una vida de desencuentros entre la madre y su hija.
Una constante en esos argumentos (y seguramente en la vida real) es la extraña relación entre esos padres y sus hijos, cuando uno de ellos no sabía de su identidad. Favoritismos, cercanías, diferencias, tratos especiales. Una pelea de amores desencontrados: un padre o una madre que da todo a un hijo o hija que lo desprecia o rechaza; o viceversa: un hijo o una hija desesperados por recibir afecto y aceptación de un padre o una madre que lo desconocen.
Volviendo al siglo XXI (o al siglo X a. C.), a veces hay cosas con Dios que no se entienden. Sí, ya sé, no te enojes… ¿quién soy yo para entender a Dios? Y no lo digo solo yo; el gran Pablo ya lo declaraba: “¿Quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero?” (Romanos 11:34). A veces algunos nos arrogamos ciertas virtudes que solamente existen en mentes fuera de orden y lugar.
No. No pretendamos conocer a Dios. Y aunque quisiéramos… este Dios se encarga de moverse de maneras tan sinuosas dentro de su propia recta que lo hacen cada vez más misterioso.
¡Cómo me gusta el concepto del Dios cuántico! Pero ya te dije, no me voy a meter en lo que no entiendo. ¡Uh! ¿Y cómo hablo de Dios entonces? Estamos en problemas. Ya lo dijo Job: “Hablaba lo que no entendía” (Job 42:3).
Pero el mismo Job, inmediatamente, dijo: “… mas ahora mis ojos te ven” (Job 42:5). ¡Cómo cambia la historia con un poco de revelación del cielo!
Volvamos a lo que estábamos. Aunque pretendamos hacerlo, no podemos entender a un Dios que “hace su extraña obra” (Isaías 28:21), que no cambia (Malaquías 3:6) pero es siempre nuevo (Isaías 43:19), que “hace la llaga y la cura” (Job 5:18).
¿Dios es bipolar? No. Es Dios.
A veces Dios actúa como esas novelas. Tiene comportamientos con nosotros, con vos y conmigo, que se salen de la lógica, aun desde la lógica de la fe, la gracia y la misericordia.
Hoy, justamente, le decía ¡cómo me vuelve a mostrar y enseñar esa misericordia! Tanto que cuando uno creía tener en claro un concepto o una manera… rompe tu esquema y se aparece con algo nuevo.
En cierta manera entiendo a los fariseos de la época de Jesús. Él rompió con todo lo establecido y actuaba fuera del orden de la ley de Dios. Aplicaba los mitzvot (estatutos y preceptos del judaísmo) en distinta forma que ellos (o de lo que ellos creían que se debía hacer) y los descolocaba.
Los entiendo, pero no los defiendo ni justifico. Un poquito de corazón abierto a Dios hubiera sido suficiente para ver a Dios actuar. Como Nicodemo, o José de Arimatea, o tantos otros… como “…muchos de los sacerdotes que obedecieron a la fe” y lo siguieron (Hechos 6:7).
En su época David fue uno de estos. Un corazón especial. Un adorador. Un joven que prefería andar por el campo cantándole a Dios antes que jugar a la pelota con los muchachos del barrio. Un joven levemente marginado que aprovechó el bullying familiar para conocer al Dios que cambia la historia.
Él dijo. En realidad, le preguntó a Dios:
“¿Qué es el hombre para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre para que lo visites?” (Salmos 8:4).
¿Por qué Dios actúa tan raro con “el hombre” (genérico, varón y mujer)?
¿Por qué “muestra su favor” (Salmos 5:12)?
¿Por qué “se inclina” a él (Salmos 113:5-6)?
¿Por qué “lo mira desde el cielo” (Salmos 33:13-15), “escucha su clamor” (Salmos 34:17) y “atiende sus súplicas” (Salmos 116:1-2)?
¿Acaso no es tan solo “polvo” (Salmos 103:14; Génesis 2:7)?
Y acá viene lo bueno. Sí, el hombre es tan solo polvo.
Somos la nada misma. Somos un ente biológico de corta duración. Somos “un soplo” en la eternidad. Apenas “un suspiro” en la trascendencia de los cielos.
¡Uff!… se puso filósofo el pastor…
No, no es filosofía; es sorpresa y admiración de la obra, la gracia y la misericordia de Dios. ¡Justamente en este momento, mientras escribo esto, Marco Barrientos está diciendo en una canción: “¿Cómo podemos pelear ante tal amor y tanta gracia?”!
Sí. Somos polvo. Un polvo que Dios juntó, le dio forma, sopló sobre él y puso en él (en vos y en mí) el “aliento de vida” (Génesis 2:7), el mismo aliento que hace que podamos llamarlo “Padre” (Romanos 8:15).
Ayer en la Cruzada hablamos de la culpa. De la cadena que nos ata a nuestros errores y nos lleva a la condenación. De la mirada desviada que nos aleja de Dios y nos acerca más al pasado, porque creemos entender a Dios a nuestra manera. Pero, como tantas veces te digo, Dios no actúa como nosotros queremos, ni siguiendo nuestra razón o principios, sino solamente a su manera, según su lógica, siguiendo, por sobre todo, su voluntad.
¿Por qué actúa Dios distinto?
Porque te creó.
Porque te dio vida.
Porque te ama.
Porque te rescató.
Porque te compró.
Porque te perdonó.
Porque te restauró.
Porque te salvó.
Porque es tu Padre…
Porque sos su hijo…
Y un padre ama a su hijo, no porque sea bueno…
sino porque él es padre…
y vos sos su hijo.
