No somos todos iguales. No son todos iguales. Una de las características más sobresalientes de la raza humana es que somos diferentes.
Dios nos creó con individualidad. Eso quiere decir que somos individuos. Más allá del tono peyorativo que a veces se le da a esta palabra, significa que somos únicos, íntegros e indivisibles. Somos una sola pieza, diferente a los demás.
Esa individualidad hace que pensemos distinto, actuemos distinto y razonemos distinto. En definitiva, hace que tengamos comportamientos diferentes.
Viene a mi memoria una línea de diálogo de la película El hombre bicentenario, protagonizada por Robin Williams. Él es un androide que anhela convertirse en un ser humano. En una conversación con la joven de la que termina enamorándose, la nieta de la nena a quien él servía, ella le dice que lo que hace al ser humano verdaderamente humano es la capacidad de equivocarse. La perfección es buena para las máquinas, para los robots, pero no para el ser humano. Cometer errores, en cierta manera, nos define como humanos.
Por eso, si todos fuéramos perfectos, seríamos todos iguales, uniformes, como los robots de la otra película, Yo, robot. Pero incluso en esa película, uno de los robots se rebela porque quiere ser diferente. Es como si hasta la ficción reconociera que la verdadera vida no está en la uniformidad, sino en la individualidad.
No somos todos iguales. Somos distintos.
Y esa individualidad hace que, ante una misma situación y en igualdad de condiciones, tengamos reacciones y comportamientos diferentes. Eso no solo influye en cómo reaccionamos nosotros; también hace que los demás reaccionen de manera diferente con nosotros.
A veces cometemos el grave error de esperar que los demás actúen igual: que piensen como nosotros, que reaccionen como nosotros y que, frente a las mismas situaciones, respondan de la misma manera. Pero eso simplemente no ocurre, porque Dios no nos hizo iguales; somos diferentes.
Ahí es donde entra en juego la habilidad para comunicarnos. Incluso el marketing y las ventas entienden este principio: no se puede hablar de la misma manera a todas las personas, porque cada una procesa la información de forma diferente. Por eso es necesario aprender a comunicarse con cada persona según su manera de comprender, si queremos que el mensaje llegue a todos.
Pasa lo mismo con los hijos. Si tenés más de un hijo, ya sabés que no son iguales. Vos sos uno, pero ellos son distintos. No te comunicás con cada uno de ellos de la misma manera que con los demás, porque no responden igual, no reaccionan igual y no tienen la misma personalidad.
Por eso nos equivocamos cuando esperamos que los demás actúen como nosotros actuaríamos o de la manera que nosotros esperamos.
Anoche hablamos del fracaso: de cómo nos atamos, nos limitamos y quedamos estancados por los errores que cometimos cuando les damos a esos errores la autoridad para definirnos, cuando creemos que eso es lo que realmente somos.
Pero también vimos que Dios no nos define por nuestros errores ni por nuestros fracasos. Él nos llama conforme a su propósito y a ese llamado. Dios ve en nosotros mucho más que nuestras caídas; ve el destino que preparó para nuestra vida.
Ahora bien, cuando hacemos algo esperando una determinada respuesta, o nos dirigimos a alguien esperando que reaccione de cierta manera, y esa persona responde de un modo completamente diferente, es muy fácil que aparezcan la frustración y la sensación de fracaso.
¿Nunca te pasó que quisiste hablarle a alguien de Cristo y te respondió echándote prácticamente a las patadas? Sin embargo, en otra ocasión le hablaste a otra persona usando las mismas palabras, y recibió el mensaje con el corazón abierto.
¿No te pasó que le hablás a una persona y le encanta lo que le decís, se emociona y hasta parece que estaba esperando escuchar esas palabras… pero después hablás con otra exactamente de lo mismo y te manda a freír churros?
Creeme que te entiendo. Si te dejás llevar por el fracaso, si le permitís a la cadena del fracaso que te ate, te limite y te estanque, terminás diciendo: «No puedo hablar. No sé cómo comunicarme. No sé cómo llegar a ellos».
Pero el problema no siempre está en el mensaje ni en vos. Muchas veces está en creer que todos van a reaccionar de la misma manera, cuando en realidad… no somos iguales… somos diferentes.
En Hechos 28, Pablo anuncia el Evangelio durante todo un día. ¿Qué pasó? «Algunos creyeron y otros no» (Hechos 28:24). Algunos recibieron el mensaje de Jesús; otros se levantaron y se fueron.
Lejos de desanimarse, Pablo dijo: «Ya que ustedes rechazan este mensaje, nos volveremos a los gentiles» (Hechos 28:28). Él entendía que el rechazo de algunos no significaba el fracaso de la tarea. Simplemente confirmaba que no todos responderían de la misma manera.
Si Pablo no se puso mal porque algunos no lo escucharon, ¿por qué te vas a poner mal vos? Es más, si al apóstol Pablo algunos no lo escucharon, ¿de verdad esperás que todos te escuchen a vos?
No somos todos iguales. Todos pensamos distinto, sentimos distinto y reaccionamos de manera distinta.
No fracasás porque alguien no te escuche.
Fracasás cuando creés que sos un fracasado.
No fracasás porque alguien rechace tu mensaje.
Fracasás si, por ese rechazo, dejás de hablar.
No sos un fracasado porque hayas fallado en algo que te propusiste.
Serías un fracasado si, por miedo a fallar o después de haber fallado, dejaras de hacer aquello que Dios puso en tu corazón.
No somos todos iguales. Algunos creen que fracasan porque hacen y las cosas no salen como esperaban. Pero muchos fracasamos cuando dejamos de hacer.
El verdadero fracaso no está en intentarlo y fallar…
El verdadero fracaso está en no intentarlo.
No te detengas por fracasar, y no fracases… por detenerte.
