Jueces… sin juzgado

No. No. Te aseguro que no quería. En serio, realmente, no quería. Estuve buscando y dando vueltas (capaz por eso tardé), pero no quería. No quería hablar de este tema porque siempre trae cola y nunca falta el “bien pensado” que diga: “El pastor tiene cola de paja”.

Hoy lo conversaba con uno de nuestros líderes, con quien compartí charla y mates: me estoy dando cuenta, en este último tiempo, de que Dios no se ata a ninguna estructura, mucho menos a las que nosotros armamos para intentar entenderlo. Nos resulta muy habitual decir que “Dios está atado a sus principios y a su Palabra”, pero ni aun eso es tan simple.

Por ejemplo: la Biblia dice que no debemos mentir. ¿Estás de acuerdo? Estamos de acuerdo. En Hechos 5 vemos a Pedro confrontando a un matrimonio que “mintió al Espíritu Santo” (Hechos 5:1-11), y ambos cayeron muertos por el juicio de Dios. De más está decir que la mentira es condenada por Dios. Incluso forma parte del famoso Decálogo: “No darás falso testimonio contra tu prójimo” (Éxodo 20:16).

Pero la misma Biblia nos muestra, por ejemplo, a Rahab mintiendo para salvar la vida de los espías (Josué 2:1-7).

Ah, claro… Rahab era prostituta y no pertenecía al pueblo de Dios. Claro. Pero gracias a su mentira los espías evitaron ser apresados o asesinados.

¿Querés hilar fino?

Dios mismo mandó a Samuel a presentar un sacrificio como excusa para que nadie cuestionara el verdadero propósito de su viaje: ungir al nuevo rey de Israel (1 Samuel 16:1-5).

David se hizo pasar por loco para que no lo tomaran por espía (1 Samuel 21:10-15).

¿La Biblia se contradice?
¿La Biblia miente?
No. Dios es Dios.

Volviendo al punto principal, las cosas de Dios son a la manera de Dios, y no a tu manera (o a la mía), ni a la manera en que vos pensás, interpretás, creés o aceptarías que Dios debería actuar. ¿Te imaginás a Dios pidiendo tu opinión o tu consejo?

Ni lo sueñes. Eso no va a pasar nunca: “¿Quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero?” (Romanos 11:34).

Ni todo es tan lineal, ni todo es tan literal. Ya te lo dije hace algunos días: el mismo Dios que no hace acepción de personas es el mismo que no trata a todos exactamente igual. El mismo Dios que ama a todos, obra de maneras diferentes con algunos de nosotros. Todo en función de su propósito.

Por eso Pablo les moja la oreja a los romanos y se la deja picando…: “Señores de doble moral, las cosas de Dios no son como ustedes deciden; las cosas de Dios son a la manera de Dios”.

“Por eso no tienes disculpa, tú que juzgas a otros, no importa quién seas. Al juzgar a otros te condenas a ti mismo, pues haces precisamente lo mismo que hacen ellos.” (Romanos 2:1).

¿Viste cómo señalaste recién a Rahab? ¿Viste que pensaste que ella sí podía mentir porque no era del pueblo de Dios? ¡Bien que te beneficiaste de su pecado… mientras no sea el tuyo!

“Con la misma vara que medís, serás medido”, dijo Jesús (Mateo 7:2), y también: “¿Por qué mirás la paja que está en el ojo de tu hermano y no advertís la viga que está en el tuyo?” (Mateo 7:3-5).

“¡Ejecuten a la adúltera!”, les dijo a los que la arrojaron a sus pies después de haber sido encontrada en adulterio. (Dicho sea de paso… ¿y el hombre dónde estaba? ¿El adulterio se comete solo?). “¡Arrojen la piedra!”, les dijo Jesús. “Empiece el que no tiene pecado” (Juan 8:3-11).

La doble moral de la religiosidad nos dice que el pecado que se ve es más grave que el que no se ve. Que lo que no se ve no existe, como en ese juego con los bebés cuando uno se tapa los ojos y cree que desapareció. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, dice el viejo refrán.

Pero Dios, que sí juzga imparcialmente (Romanos 2:11), ve lo que no se ve, así como también ve lo que sí se ve. Y muchas veces le da más importancia a lo que no se ve que a lo que sí se ve: “El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero el Señor mira el corazón.” (1 Samuel 16:7).

Es más, si leés bien Romanos 2, Dios condena por juzgar, a aquel que juzga por actuar. Dice que el que juzga hace lo mismo que el que actúa. No señales solamente lo que ves; acordate de que también existe todo lo que no ves.

—¿¡Y cómo veo lo que no se ve!?—
Imposible… ¿no? Exactamente. No podés.

Por eso Dios nunca te dio ese trabajo.

Nunca te llamó a juzgar corazones, porque vos no podés verlos. Apenas ves conductas. Dios ve intenciones, heridas, motivos, procesos, luchas, arrepentimiento… y también la hipocresía escondida detrás de una apariencia impecable.

Por eso… No juzgues. “No importa quién seas.” (Romanos 2:1).

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