Profetas

Entre los dones del Espíritu, esas herramientas especiales que Dios dio a la Iglesia para la edificación de la misma y de los creyentes, hay algunos que suelen ser más “atractivos” que otros. Ser cristianos no nos hace menos humanos y, aunque vamos “muriendo a la carne”, algunas características de nuestra naturaleza humana se siguen haciendo notar.

Hay cosas que te atraen y cosas que no. Hay cosas que te gustan y cosas que no. Hay cosas que te interesan… y cosas que no.

Hay cosas que captan tu atención y generan curiosidad, como todo lo que tenga un tono “sobrenatural”, mucho más si, como en mi caso, siempre me atrajo todo lo “paranormal” y la ciencia ficción.

Entonces… habiendo un “don de servicio” y un “don de profecía”, ¿cuál creés que genera más interés, curiosidad o atracción?

Dicho de otra manera: si tuvieras la posibilidad de elegir, ¿cuál te gustaría tener?
La corrección política y la humildad que nos deberían caracterizar como hijos de Dios van a hacer que respondas: “servir”. Después de todo, “Jesús no vino para ser servido, sino para servir”. Pero, humanamente…

¿A quién no le gusta escuchar una palabra profética?
¿A quién no le gusta recibir una palabra profética?

Y, subiendo la apuesta… ¿acaso no te gustaría moverte en lo profético? Eso ya roza el morbo, lo sé, pero también es una característica humana.

El abanico de dones proféticos abarca desde el discernimiento hasta anunciar lo porvenir. Hilando fino, aun “predicar” es profetizar, porque estamos compartiendo una palabra que Dios envía para su pueblo.

No solo eso: bendecir es parte de la actividad profética, porque es una manera de “hacer que las cosas pasen” y provocar que sucedan de una u otra manera.

No quiero aburrirte con teología ni mucho menos dar una clase sobre dones o “pneumatología” (creeme que así se llama la materia teológica que estudia al Espíritu Santo), sino llevarte a un terreno mucho más cotidiano.

Algunos piensan que la profecía debe empezar siempre con un “Así dice el Señor…” y entonces, con voz impostada, precedida de lenguas angelicales o acompañada de ellas, empezar a decir cosas tales como: “tal y tal va a pasar”, “arrepiéntete o morirás” (sí, porque, para que sea más espiritual, tiene que ser en neutro y no en argentino).

Algunos creen que la profecía solo apunta a la segunda venida de Cristo o a señalar el pecado; otros creen que únicamente sirve para tratar eventos futuros. Esos mismos son los que exageran y piensan que, si hubo una palabra profética, entonces no importa lo que yo haga o lo que pase: esa palabra se cumplirá.

Pero lo cierto es que las cosas de Dios no son tan lineales, sino que están sujetas a la “extraña obra de Dios” y a su “multiforme gracia”, las cuales, juntas, hacen que Dios no esté sujeto a tu teología o a tu criterio, sino solo y únicamente a su voluntad.

¿Por qué insistimos en atar a Dios a nuestra forma de razonar y ver las cosas?
¿Por qué creemos que Dios tiene una sola forma de actuar?
¿Por qué Jesús sanó a un ciego con una palabra (Marcos 10:46-52), a otro con barro (Juan 9:1-7) y a otro escupiéndole en los ojos (Marcos 8:22-26)?

Te lo voy a decir una y mil veces: Dios no hace las cosas a tu manera, sino a la suya; no se mueve según tu criterio, sino según el suyo; no hace lo que vos quieras, sino lo que Él quiere.

¡Pero cómo! ¿No dice la Biblia, por ejemplo, que la fe mueve la mano de Dios? ¿No está Dios entonces obligado a responder las oraciones hechas con “su Palabra”?

Te respondo de la manera más clara y sencilla: ¡No! La Biblia no dice eso.

Me explayo un poquito más: Eso es el resultado de ideologías humanistas ochento-noventosas inyectadas en la Iglesia, empoderando al hombre por encima de la soberanía divina.

Pero lo que sí dice la Biblia es que la profecía puede ser dirigida en forma voluntaria. Que puede darse una palabra, apoyada en la Palabra de Dios, para que tenga un cumplimiento efectivo.

Es lo que se llama bendecir. Palabra en español que se explica como “desear (decir) un bien” y que, en hebreo (el código fuente de Dios), nace de otra palabra que significa “crear”.

Bendecir es crear.

Como decirte: “te va a ir bien” (Isaías 3:10).
O haber dicho ese sábado, en un entorno de presencia de Dios: “Esta noche ganamos 3 a 1”.

O decirte que “mañana…” Eso.
Bendecir es crear.

Te lo voy a fundamentar con un pasaje fuera de contexto. Hay muchos otros que podría usar, pero con este Dios me habló hoy:

“De los hijos de Asaf: Zacur, José, Netanías y Asarela. El que los dirigía era Asaf, su padre, quien comunicaba mensajes proféticos bajo las órdenes del rey. (1 Crónicas 25:2, DHH)

Asaf… “comunicaba mensajes proféticos”… “bajo las órdenes del rey”.

¿Pero la profecía no tiene que ser espontánea, en un “éxtasis” y sin intervención de la conciencia?

Je… no.

La profecía puede ser dirigida de forma consciente, apoyada en la Palabra y buscando generar un efecto o un resultado en la persona o cosa que la recibe.

¡Chan!

Si David mandó a Asaf que profetizara, vos podés empezar a profetizar.

Si David dirigía a Asaf para que bendijera al pueblo, vos podés empezar a bendecir.

Declará Palabra de Dios sobre tu vida.

Hablá bien de vos y de los tuyos.

Direccioná tu forma de hablar para decir cosas positivas sobre todo lo que hagas.

Si Isaías dijo: “Díganle al justo que le irá bien”, vos decile al justo —a vos mismo— lo que querés que pase con vos.

Y mañana… mañana hay partido.
Veremos qué se trae Dios…

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