¿Y ahora?
Siempre me imagino a Pedro haciéndose esa pregunta. Tres años siguió los pasos de Jesús recorriendo Israel y viviendo experiencias sobrenaturales. En más de una situación se vio confrontado. Consigo mismo y con la realidad que lo rodeaba.
Pedro no era un cualquiera; era un hombre, al menos, conocido. Era pescador. La Biblia nos muestra que, junto a su hermano, se dedicaba al comercio de la pesca. No eran los únicos, por supuesto; era lo habitual en esa zona del Mediterráneo. Pero, a diferencia de otros, Pedro, los suyos y algunos más habían dejado todo para seguir a un rabino de Nazaret.
No fue solo emoción ni una decisión impulsiva. Este hombre mostró con hechos que Dios estaba con él. Y, para quienes esperaban la manifestación del Mesías… ¡qué mejor que acompañar a un hombre al que Dios había elegido! La Torá, los Escritos y los Profetas les advertían y enseñaban que debían rodearse de gente sabia que los potenciara en esa dirección y evitar a quienes los hicieran andar por malos caminos.
Incluso este rabino les había dicho que quienes lo siguieran ¡ocuparían tronos! (Mateo 19:28), y que: “Cualquiera que, por causa de mi nombre, haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, mujer, hijos, o tierras, recibirá cien veces más, y también heredará la vida eterna.” (Mateo 19:29)
Pero un día Jesús murió. Y todo volvió a la rutina.
Roma seguía en el poder y Jerusalén seguía siendo una provincia rebelde del Imperio. Barrabás ahora estaba libre; así que, a seguir lidiando con revoluciones políticas mientras… volvían a esperar la venida del Mesías.
¿Y ahora?
Se preguntaría mientras andaba bajoneado por los rincones y lamentando haber abierto la boca de manera impulsiva. Un día le dijo a Jesús que ¡nunca lo iba a abandonar!, y a las pocas horas lo estaba negando delante de la gente…
¡Qué sabio fue Jesús al decir que por nuestras palabras seremos justificados y por nuestras palabras seremos condenados! (Mateo 12:37). Y qué sabio fue Salomón al advertir que “aun el necio, cuando calla, es contado por sabio” (Proverbios 17:28).
¿Y ahora qué? Se preguntaba Pedro mientras seguía juntándose con los demás, más por rutina que por convicción. Sin un verdadero propósito, más perdidos que enfocados, pero haciendo lo mismo hasta que algo pasara…
Y algo pasó. De repente tomó una decisión que cambió todo.
Pero eso es para otro mensaje…
Ayer a la tarde no solamente vos, sino casi cincuenta millones de personas vivieron en tensión y expectativa el desarrollo de dos horas de juego, esperando lo que ¡obviamente! tenía que pasar. Después de cuarenta días y siete encuentros superadrenalínicos, lo mínimo esperado era un triunfo total para salir a revolear banderas de norte a sur (igual sucedió, en los cuatro puntos cardinales del país).
Terminó el Mundial… y la cuarta no vino. ¡Se fue para Europa nomás!
Y, sin hacer análisis deportivo —para el que no estoy capacitado y tampoco es el momento ni el lugar—, ya no somos campeones. Ahora, es verdad, Francia quedó cuarta, pero segundo… Argentina.
¿Y ahora? ¿Cómo se sigue?
Y se sigue igual.
Se vuelve a la rutina, se continúan las tareas, se retoman los pendientes… ¡Iban a decretar feriado! Pero qué locura…
Los argentinos pasamos tantas crisis y decepciones que nos aferramos como garrapatas a lo único que, pensamos, puede darnos alegrías. ¡Qué triste que las banderas se desplieguen solamente cada cuatro años por un Mundial de fútbol y no por el Día de la Independencia!
Me voy a proponer revertir eso… Me quedaron unas cuantas banderas… Pero eso también es otro tema.
Es más que entendible. No tenemos muchos motivos reales para sentirnos orgullosos de nuestra argentinidad, más que el patriotismo deportivo y algún que otro mérito histórico: que la avenida más ancha, que la más larga, que el río más ancho, el monte más alto… que la birome, el colectivo, el subte… que cinco premios Nobel, etc.
Pero después… Somos el monumento al fracaso.
¡Y a la resiliencia!
¿Por qué juntamos agua en cisternas rotas? (Jeremías 2:13).
¿Por qué nos apoyamos en cañas quebradas? (Isaías 36:6; Ezequiel 29:6-7).
¿Por qué sembramos entre espinos? (Jeremías 4:3) ¿O cultivamos uvas agrias? (Isaías 5:1-7; Jeremías 2:21).
¿Por qué gastamos todo lo que tenemos buscando la solución a nuestra vida, cuando el Dador de la vida es el único que la puede dar? (Isaías 55:1-3; Juan 14:6).
Hace muchos años Dios me enseñó que la única fuente es Él.
David lo dice con estas palabras: “Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre.” (Salmos 16:11)
No quiero ponerme en maestro Ciruela ni dármela de hebraísta (que no lo soy), pero la construcción en hebreo de este versículo habla de gozos y delicias, y no en poca cantidad, sino en plenitud.
Es como cuando la Biblia habla de vida abundante (Juan 10:10), de sabiduría sin medida (Santiago 1:5) o de gracia sobreabundante (Romanos 5:20): lo que Dios te ofrece, lo que tiene para darte, lo que está al alcance de un “pedí y se te dará” (Mateo 7:7)… es en plenitud.
¿Qué significa “plenitud”? Sencillamente: llenura.
Algo que colma la capacidad.
Que ya no entra nada más.
El Roca… a las ocho de la mañana.
Voy a ser crudo y directo. Me habló primero a mí y después a vos:
Si necesitás algo más que Dios para sentirte realizado, si te hace falta algo más para vivir en plenitud… todavía no experimentaste al Cristo que cambia la vida.
No sigas buscando en opciones alternativas.
No busques soluciones mágicas.
No esperes de aquello que no te puede dar lo que solo Dios puede ofrecer.
En Cristo, y solo en Él, encontramos plenitud de gozo, vida abundante y todo lo que podamos necesitar… si es que pudiera existir algo más grande que la plenitud.
