Mediocres

No da igual hacer las cosas bien que hacerlas mal. No es lo mismo hacer las cosas a conciencia que con indiferencia. Y tampoco es suficiente… con hacer solo lo necesario.

A algunos les han enseñado a cumplir los reglamentos. Una de las críticas que suele hacerse al sistema educativo argentino, estancado en el siglo XIX, es que solo forma empleados o dependientes, cuando esta época debería formar emprendedores o, en el mejor de los casos, empleados tecnológicos o informáticos.

El concepto de “trabajo a reglamento” dejó de ser el cumplimiento de normas mínimas para convertirse en “hacer solo lo mínimo” para mantenerse dentro de la legalidad, pero sin ningún tipo de esfuerzo, iniciativa o intento de mejora y productividad. ¿Mediocridad? ¡Mediocridad!

Alguna vez te conté lo que me pasó con la idea de “mediocridad”. Hace muchos años tenía un concepto equivocado sobre su significado. No sé por qué, pero estaba convencido de que “mediocre” significaba “apenas suficiente”, “un poco de todo”, “no menos de lo esperado” o algo relacionado con la “cultura general”.

Donde primero empecé a notar ese error fue justamente ahí, en el concepto de cultura general. ¿Es lo mismo saber un poco de todo que saber mucho de algo?

Según el enfoque, para algunos sí. Pero yo creo que no. Es preferible ignorar muchas cosas antes que saber mucho de aquello que no produce ni edifica, y ser experto o profesional en algo, aunque sea en una sola cosa.

Hace unos cuantos años escuché una conferencia de Hombría al Máximo en la que el disertante dijo una frase que nunca olvidé: “La mediocridad es lo peor de lo bueno y lo mejor de lo malo.” ¡Me mató!

No es lo mismo hacer las cosas a medias que hacerlas bien. Entiendo que depende mucho de la personalidad y de la visión que cada uno tenga de la vida. También influye la motivación. Tal vez por eso sea bueno recordar las palabras de Pablo: “Trabajen de buena gana en todo lo que hagan, como si fuera para el Señor y no para la gente. Recuerden que el Señor los recompensará con una herencia y que el Amo a quien sirven es Cristo…” (Colosenses 3:23-24, NTV).

Supongo que eso debería cambiar la forma en que hacemos las cosas. O, por lo menos, la actitud con la que las hacemos.

No trabajamos para un “patrón opresor”, ni para un “grupo hegemónico concentrado explotador”; tampoco para los “capitales extranjeros de la derecha internacional” (todos conceptos que no comparto, pero que resumen el criterio de una ideología mediocre y empobrecedora). Trabajamos para Dios, el que está por encima de todo; el que promete darnos “vida en abundancia” (Juan 10:10); el que tiene “planes de bienestar y no de calamidad” para nosotros (Jeremías 29:11); y, como si fuera poco, nuestro Dueño, Redentor y Señor.

David entendía este principio. Cuando Saúl mandó buscar un músico para que tocara delante de él, le trajeron el currículum de David que comenzaba diciendo: “…sé de un hijo de Isaí de Belén, que sabe tocar…” (1 Samuel 16:18). En otras palabras: tocaba bien. Un buen dato para tener en cuenta cuando uno quiere entrar en la corte.

¿Lo habrían convocado si hubiera sido mediocre?

Supongo que ese mismo principio inspiró la exhortación de Josafat al reorganizar el sistema judicial de Judá:

“El sumo sacerdote Amarías será su superior en todas las cuestiones religiosas, y Zebadías hijo de Ismael, jefe de la tribu de Judá, lo será en todas las cuestiones civiles; y los levitas serán ayudantes de ustedes. ¡Ánimo, pues, y a trabajar! ¡Que el Señor esté con el que haga lo bueno!” (2 Crónicas 19:11, DHH).

¿Tanto cuesta hacer las cosas bien?

Obviamente, hacerlo bien trae recompensa y beneficios. Hasta el libro de Proverbios destaca las ventajas de trabajar con diligencia:

“La mano negligente empobrece; mas la mano de los diligentes enriquece.” (Proverbios 10:4)
“¿Has visto hombre solícito en su trabajo? Delante de los reyes estará; no estará delante de los de baja condición.” (Proverbios 22:29)

Claro… requiere esfuerzo, dedicación y, muchas veces, un poco más de trabajo. Pero desde el principio de los tiempos Dios llamó al hombre a trabajar (Génesis 2:15) y, después de la caída, le recordó que ese trabajo demandaría esfuerzo (Génesis 3:17-19).

No hagas las cosas para salir del paso. Hacelas bien.

Cuando el trabajo se hace para Dios, la excelencia deja de ser una opción… y se convierte en una forma de adoración.

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