Romanos 11:29
Una y otra y otra vez te dije que no me gusta caer en los “lugares comunes”. Sé que es un tema estrictamente personal, pero trato de evitar esos pasajes “populares” o habituales. Tampoco es por nada especial, sino que considero que, ya que escribo, tengo que buscar algo nuevo y no siempre lo mismo.
Pero me doy cuenta también de que no es siempre lo mismo! Una de las cosas que me maravillan de Dios es cómo puede ser siempre igual y siempre nuevo al mismo tiempo.
Y por cuidar tanto eso caigo en otro error: menospreciar conceptos que, en definitiva, son también Palabra de Dios y por algo se han hecho “populares”. Como este texto que quiero evitar, pero no puedo correr de mi vista:
“…lo que Dios da, no lo quita, ni retira tampoco su llamamiento.” (Romanos 11:29, DHH)
Me gusta mucho esta vieja versión, porque refleja mejor la intención del autor (de ambos, el Espíritu de Dios y San Pablo). “Irrevocables son los dones…” dice aquella versión tradicional tan culta y amada por muchos. Y eso significa, ni más ni menos, que lo que Dios te da, no te lo quita.
¡Qué difícil es entender la gracia!
Nos resulta mucho más fácil poner a Dios en el molde de nuestro razonamiento. Es entendible; no tenemos otro parámetro de comparación más que nuestra mente. Entendemos “eternidad” y “trinidad” porque lo aceptamos sin vueltas y, tal vez, sin razonarlo demasiado.
Pero la gracia choca con nuestra cotidianeidad. Es confrontativa. Bah… el evangelio es una confrontación constante…
¿Por qué perdonar al criminal?
¿Por qué justificar al delincuente?
¿Por qué recibir al asesino, o al violador, o al abusador?
¿Sigo…?
Demos vuelta la torta:
¿Por qué perdonarte a vos?
¿Por qué perdonarme a mí?
Sí, es difícil entender la gracia. Por eso es algo que debe tomarse por fe. No quiero hacer de esto un tratado de teología, pero la salvación no es por fe, sino por gracia; pero se recibe por fe, y no por gracia. No, no te marees. Solo por fe podés alcanzar la gracia que te abre la puerta de la salvación. ¿Qué es la gracia?
La gracia es un regalo que Dios te da porque se le da la gana y que, realmente, no te lo merecés.
¿Entendés entonces por qué hay que perdonar al otro? ¡Ah! ¿Que su pecado es más grande? ¿Vos determinás eso?
El único parámetro es Dios, su amor y el sacrificio de Jesús.
Me estoy desviando del tema central. O no, porque el tema central es la gracia. Y la gracia determina que lo que recibiste sin merecerlo no tenés que merecerlo para retenerlo; sino que lo que recibiste sin tener ningún mérito o derecho… ¿qué podés hacer para ya no merecerlo?
¿Cómo se puede dejar de merecer lo que no merecías?
Ahí está la gracia perfectamente comprendida: si recibiste algo que no merecías, nada puede hacer que dejes de merecerlo; si el que te lo dio tiene autonomía y soberanía, él mismo tiene autoridad para validarlo…
En resumen: “…lo que Dios da, no lo quita, ni retira tampoco su llamamiento.” (Romanos 11:29)
¿Qué recibiste de parte de Dios?
¿Qué te dio?
¿Te llamó para algo? ¿Para qué te llamó?
¿Perdiste tu llamado?
¿Perdiste tu ministerio?
¿Te fue quitado lo que Dios te dio?
¿Cancelaron el llamado, o te llamaron para decirte que ya no cuentan con vos?
Antes de irme te cuento lo de Eliseo. Vino a mi memoria mientras buscaba cerrar la idea.
¿Te acordás del discípulo que perdió el hacha? ¿Qué le dijo Eliseo? ¿Le dijo, acaso, “ya fue”? ¿Le dijo “olvidate del hacha”? ¿O simplemente le preguntó: “¿Dónde se cayó?”? (2 Reyes 6:1-7).
Vuelvo otra vez…
¿Perdiste tu llamado?
¿Perdiste tu ministerio?
¿Dónde se cayó?
Lo que Dios te dio, para lo que te llamó, el don y el ministerio que depositó en vos…. sigue estando ahí, donde lo dejaste o donde se te cayó…
Lo que Dios da, Dios no quita, y tampoco retira su llamamiento
