Tiempos

2 Crónicas 24:1

“Todo tiene su tiempo” (Eclesiastés 3). Lo sabemos, lo entendemos, lo repetimos como un mantra para cualquier situación. ¿Estás orando por algo? “Todo tiene su tiempo”. ¿Estás haciendo dieta? “Todo tiene su tiempo”. ¿Buscás venganza? (no busques venganza). “Todo tiene su tiempo”. ¿Empezaste un emprendimiento? “Todo tiene su tiempo”. ¿Dios no responde? “Todo tiene su tiempo”.

Etc., etc., etc…

Hacemos lo mismo con otros versículos conocidos. Creo que el que está en el podio y, encima, fuera de contexto es Filipenses 4:13. Para cualquier cosa… “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. ¡Wow! ¡Imparable e invencible el tipo! En cualquier situación encaja el “todo lo puedo…”, aunque no tenga que ver con nada.

Todo lo puedo y Todo tiene su tiempo. ¡Qué buena combinación! ¿O contradicción?

En realidad, no se contradicen. El problema es que muchas veces usamos “todo tiene su tiempo” para justificar nuestra pasividad o para postergar lo que Dios ya nos mostró que debemos hacer.

Obviamente hay cosas que no se pueden hacer en cualquier momento, que tienen que ser en el apropiado; así como hay cosas que no dependen de eso, sino que se pueden hacer siempre.

Pablo habla, por ejemplo, del evangelismo: “predica la palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo…” (2 Timoteo 4:2). ¿Cuándo es el momento apropiado para presentarle el evangelio a una persona? Cuando estás conversando con esa persona.

¿Cuándo es el momento indicado para “amar al prójimo”? (Marcos 12:31). ¿Cuando te tratan bien? ¿Cuando se lo merecen? ¿O en todo momento?

Así nos pasa en nuestra vida, en lo cotidiano. Estamos llenos de “no es el tiempo” y “se pasó el momento”. Estamos saturados de los “ya llegará el momento” y los “cuando las cosas se acomoden”. Mientras tanto, “todo lo puedo” duerme la siesta eterna del estancamiento… o la mediocridad.

Joás fue uno de los mejorcitos reyes de Judá. Como todos, tuvo sus cosas, pero queda en la lista de los que agradaron a Dios. Reinó cuatro décadas… y empezó a reinar a los siete años.

¡¿Qué puede reinar un nene de siete años?!
¿Qué ejército se le puede sujetar?
¿Qué nobles lo pueden obedecer?

Es cierto que durante su niñez fue guiado por el sacerdote Joiada. Pero para toda la nación, el rey era Joás.

“Joás tenía siete años cuando comenzó a reinar, y reinó en Jerusalén durante cuarenta años…” (2 Crónicas 24:1).

Para la historia y para todos los demás, el rey era Joás.

¿Cuántas veces dijiste “ya perdí la oportunidad”?
¿Cuántas otras “ya no puedo, estoy grande, ya no da”?
¿Cuántas cosas empezaste y, por vergüenza al ridículo, dejaste?

¿Acaso no tenés algún sueño inconcluso?
¿No hay algo que quieras estudiar?
¿Un lugar que quieras conocer?
¿Algo que intentar?

“Todo tiene su tiempo…” pero Joás fue rey a los 7 años. No fue el único caso. Hubo otros. Josías, por ejemplo, empezó a reinar a los ocho años (2 Crónicas 34:1).

¿Y en la historia universal? ¿Te acordás de Tutankamón? Empezó a reinar aproximadamente a los nueve años.

Pero no solo reyes. Hoy leí una noticia sobre Faustino Oro, de doce años, argentino por supuesto, elegido como el mejor ajedrecista del mundo. Ya le ganó a varios grandes maestros…

Dejá de mirar tus limitaciones.
Moisés no se creía capaz. Gedeón no se creía capaz. María no se creía capaz.
Abraham había perdido su oportunidad. A Sara se le había pasado el tiempo. También a Elisabet, la madre de Juan Bautista.

Todo tiene su tiempo. Pero los tiempos no manejan a Dios; Dios maneja los tiempos.

Como dijo David: “En tu mano están mis tiempos…” (Salmo 31:15).

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