“Holaaa…”

El llamado determina la función, pero la función depende de la aceptación.

Es curioso que justamente hoy estuviera hablando de este tema con uno de nuestros líderes. A veces cometemos un error muy habitual y entendible: convertir lo espiritual en místico y anular la razón.

Para algunos, lo que voy a decir va a sonar a puramente carnal. Otros dirán que estoy predicando un evangelio moderno y humanista, que dejo a Dios de lado. Otros —me encantaría que fueran los más, pero seguramente serán los menos— estarán de acuerdo conmigo y, no solo eso, serán potenciados en su llamado y ministerio a raíz de esta “conversación”.

Dice el autor de Hebreos que: “El alimento sólido es para los que ya han alcanzado la madurez, para los que pueden discernir entre el bien y el mal, y han ejercitado su capacidad de tomar decisiones.” (Hebreos 5:14)

Dios no elimina nuestra capacidad de razonar y, así, tomar decisiones. Es más, Dios nos dio esa capacidad para que la usemos en todo aquello en lo que debemos intervenir. No somos autómatas que funcionan de forma inconsciente ni somos títeres manipulados por fuerzas externas. Somos personas que Dios decidió usar. Somos llamados… a la salvación y al ministerio.

Pero cuando alguien te llama, ya sea a la puerta de tu casa, gritando en la calle o por teléfono, vos decidís responder o no a ese llamado. (Sí, hoy la cosa viene más ensayo o estudio bíblico que reflexión o devocional).

¿Viste cuando te llaman de un número desconocido? La mayoría decidimos no atender la llamada. Podés encontrarte con cualquier cosa, desde una concesionaria donde ¡justo saliste sorteado para obtener, por única vez, una oferta especial para tu cero kilómetro!, hasta una estafa virtual para vaciarte la cuenta de Mercado Pago.

Pero, a veces, te llama alguien conocido… y tampoco querés atender. O es un acreedor, o algún cargoso al que le sobra el tiempo libre, o alguien que ya sabés que te va a tirar un problema. O simplemente no tenés ganas de atender.

Un llamado requiere una respuesta y, tras la respuesta, una acción en consecuencia. ¿Te imaginás llamar a alguien, que te atienda, pero no te hable o te ignore?

Bueno, así nos pasa con Dios. El llamado determina la función, pero la función depende de la aceptación. Dios te llama y tenés la opción de responder al llamado o no. Y, cuando respondiste, tenés nuevamente la opción de seguir las directivas de ese llamado… o no.

Sí, es cierto, y lo repito cada vez que puedo: el solo hecho de que Dios te llame demuestra que tenés la capacidad para hacer aquello para lo que te llamó. No necesitás más que lo que ya te dio: dones, visión… propósito. Necesitarás, tal vez, ordenar ideas y buscar más recursos a medida que avanzás. Pero, cuando Dios te llama, ya estás en condiciones de actuar.

Pero… dice Pablo que: “…Cada uno debe estar convencido de lo que cree.” (Romanos 14:5)

No solo eso, sino que, un poco más adelante, dice que: “…todo lo que no se hace con la convicción que da la fe, es pecado.” (Romanos 14:23)

¡Tremendo cómo vino Romanos este año!

Así que tenés que estar convencido de lo que hacés o vas a hacer cuando le atendés el teléfono al Señor. Y, si lo hacés, tenés que seguir haciendo las cosas con esa convicción, y nunca por compromiso, obligación o imposición de un tercero.

Recordá a David. Él intentó, pero no supo cómo moverse con la armadura de Saúl. (1 Samuel 17:38-39).

El llamado determina la función, pero la función depende de la aceptación.

Muchas veces dije también —y lo sostengo y repito— que, cuando la herramienta apropiada no está a disposición, cualquier otra parecida sirve para salir del paso.

Si no tenés una llave francesa, podés usar una inglesa, una Stilson o una “pico de loro”. El resultado no será perfecto, pero la tarea se habrá realizado.

Cuando el rey Ezequías encaró su proyecto de restaurar la adoración, se encontró con que no había suficientes sacerdotes para presentar sacrificios, así que tuvo que meter mano a los recursos secundarios. Sí, los que puso a trabajar no eran los capacitados ni los elegidos para la tarea, pero eran los que sabían hacer el trabajo y estaban listos y dispuestos para hacerlo.

“…porque los levitas se habían mostrado mejor dispuestos a purificarse que los sacerdotes.” (2 Crónicas 29:34)

Ay… ay… “mejor dispuestos” que los llamados y elegidos. Te sorprenderías… pero a mí ya no me sorprende.

Dios hace y sigue haciendo “su extraña obra” (Isaías 28:21), y me sigo sorprendiendo y siendo confrontado por la forma en que Dios actúa, que no es según mi criterio… ¡ni el tuyo!, sino bajo su exclusiva determinación y soberanía.

Termino con Romanos, algo que, en este mismo momento, Dios me está hablando:

“Tenemos dones diferentes, según la gracia que se nos ha dado. Si el don de alguien es el de profecía, que lo use en proporción con su fe; si es el de prestar un servicio, que lo preste; si es el de enseñar, que enseñe; si es el de animar a otros, que los anime; si es el de socorrer a los necesitados, que dé con generosidad; si es el de dirigir, que dirija con esmero; si es el de mostrar compasión, que lo haga con alegría.” (Romanos 12:6-8)

Lo que tengas que hacer, hacelo con responsabilidad, compromiso, disposición y dedicación. Pero hacelo…

Después de todo… “…cada uno de nosotros tendrá que dar cuenta de sí mismo a Dios.” (Romanos 14:12)

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