Identidad

Los métodos de conquista, dominación y vasallaje en la antigüedad fueron cambiando según la época, la cultura y el lugar. Cuanto más atrás viajás en el tiempo, mayor era la crueldad que se manifestaba. Acompañaba a la misma esencia humana. Hoy somos más fríos… pero menos bestias…

Sabés que me gustan las series, y me apasiona la historia. Por lo tanto, me gustan mucho las series épicas como, por ejemplo, Vikings, The Last Kingdom y Game of Thrones, aunque esta última tenía un contenido más fantasioso que histórico.

Los vikingos fueron conocidos por su hambre de conquista. Tenían un problema real: su territorio era bastante árido y no tenían dónde sembrar. Así que vivían de la pesca… y del robo. Avanzaban sobre un pueblo y lo arrasaban, literalmente. No dejaban nada. Incendiaban las casas y mataban a todos.

Los bárbaros durante el Imperio romano (los romanos llamaban “bárbaros” a todos los pueblos que estaban fuera del Imperio) hacían más o menos lo mismo. Arrasaban las ciudades, pero se llevaban a los habitantes como esclavos.

En nuestras tierras tenemos los pueblos originarios que, al igual que ocurría durante el Imperio romano, entraban en los poblados, saqueaban sus depósitos, mataban a los hombres y secuestraban a las mujeres como esclavas domésticas y sexuales (y después tratan a Roca de genocida).

¿Y en la época bíblica? También seguían la misma línea. En definitiva, la crueldad humana no entiende de zonas ni de idiomas.

Roma conquistó a Israel y rebautizó la región como Palestina. Les permitió mantener su cultura y su religión mientras pagaran impuestos y pudiera utilizar sus puertos como punto de acceso. Les puso un gobernador romano y ya está. (Ahí aparece Pilato… ¿entendés?)

Previamente, siglos atrás, Babilonia (Irak), Persia (Irán) y Egipto (Egipto, je…) avanzaron sobre Israel conquistando y dominando. Los dos primeros también arrasaban la tierra como los vikingos y no dejaban nada, solo ruinas. Así lo leemos en Hageo, Esdras y Nehemías. Pero Egipto, que tenía una visión política más amplia, muchas veces los dejaba gobernarse con cierta autonomía, colocando gobernantes títeres (parecido a lo que hacía Roma).

Con una variante. Egipto ponía reyes locales, pero les cambiaba el nombre.

El nombre es lo que te representa. Te identifica y también te define. Tu nombre es tu tarjeta de presentación, y habla de tu identidad.

El faraón mostraba su superioridad y soberanía sobre los pueblos conquistados alterando la identidad de sus gobernantes y modificando sus nombres a su antojo. Todo un acto de soberbia y arrogancia, pero, por sobre todo, de dominio y autoridad.

“…el rey de Egipto puso como rey de Judá y Jerusalén a Eliaquim, hermano de Joacaz, y le cambió el nombre y le puso Joacim; y a Joacaz lo tomó y lo llevó a Egipto.” (2 Crónicas 36:4).

Obviamente, prefiero que me cambien el nombre antes que morir o ser esclavizado.

Y justamente ahí está el problema. Porque humanamente es más que entendible. El instinto de preservación de la vida es, junto con el de reproducción, el de mayor impulso en el ser humano… ¿pero qué pasa cuando lo trasladamos al plano espiritual?

No queremos morir, y permanecemos “muertos en nuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1).

No queremos morir, pero seguimos aferrados a aquello que produce muerte, porque “el ocuparse de la carne es muerte” (Romanos 8:6).

No queremos morir, y nos resistimos a ser crucificados con Cristo. Como resultado, impedimos que su vida se manifieste en nosotros. (Gálatas 2:20).

No queremos morir, ni ser esclavizados… y terminamos siendo esclavos de lo mismo que nos dejó vivir.

No queremos morir, ni ser esclavizados… pero perdemos el nombre, la soberanía y la autoridad.

¿Hasta dónde vale la pena perder la dignidad para conservar la vida?
¿Hasta dónde vale la pena salvar la vida perdiendo la identidad?
¿Hasta dónde debemos permitir que nos gobiernen el pasado, los vicios o las personas a quienes les permitimos entrar?

¿Hasta dónde le damos permiso, lugar y autoridad al diablo para que gobierne y dirija nuestra vida y nuestro destino?

Ya no sé si hablo de lo natural o de lo espiritual, pero lo que sí sé es que vos, que no te gusta que te mandoneen, que te den órdenes o que dirijan tu vida… permitís que cualquiera o cualquier cosa te cambie el nombre, te gobierne o te esclavice.

Termino con dos frases de nuestros próceres:

“Serás lo que debas ser, y si no, no serás nada.”
— José de San Martín.

“La vida es nada si la libertad se pierde.”
— Manuel Belgrano.

Cuidá tu nombre… hacé valer tu identidad

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