Cuando nos acostumbramos a leer o recordar un versículo fuera de su contexto, vamos perdiendo el foco de todo lo que esa palabra nos está diciendo. Hay pasajes muy conocidos y populares que, justamente, tienen mucho más para decir que lo que estamos acostumbrados a repetir o a escuchar.
(Aguantate porque el día de lluvia me pone en modo estudio más que devocional…)
Por ejemplo… ¿cuántas veces recitaste o escuchaste Filipenses 4:13? ¿Te enojás si te digo que siempre lo usaste mal? ¿Te sorprenderías si te digo que es mucho más amplio que un simple “puedo hacer todas las cosas”?
Cuando leés el contexto lo ves a Pablo contando su historia, de cómo pasó de riqueza a pobreza y en todas esas situaciones pudo salir adelante porque “Cristo lo fortaleció”.
Así nos pasa con “tenemos la mente de Cristo” (1 Corintios 2:16). Nos limitamos (me limito) al cambio de manera de pensar entendiendo que, si tengo la mente de Cristo, no puedo pensar algunas cosas ni de determinada manera y que, por lo tanto, me sirve para filtrar lo que pasa por mi cabeza.
¡Pero no! No es solo eso… sino que mucho más.
El contexto es otro; es el de entender las cosas espirituales, que solo quienes tienen el Espíritu de Dios pueden entender y que los demás ignoran (1 Corintios 2:14); es darte cuenta de las cosas que Dios puso a tu disposición, pero que a otros les son vedadas; es comprender que nadie puede juzgar tu entendimiento, sino que vos podés juzgar el de los demás (1 Corintios 2:15)… je… “porque tenés la mente de Cristo”.
¿Viste cómo cambia la idea? Nos limitamos a solo una parte, perdiendo todo su potencial.
Como el concepto de las murallas. Venimos hablando desde hace un año acerca de las fortalezas. Eso incluye puertas que deben cerrarse para que otras se abran y, por sobre todo, decisiones a tomar.
Anoche seguimos hablando de piedras que deben ser puestas en su lugar para restaurar el altar de la adoración, para que fluya la presencia de Dios. Pero al mismo tiempo debemos cuidar los muros de contención.
Si hacemos un paralelismo entre nuestra vida espiritual y la conformación geopolítica de las ciudades de la antigüedad, vemos que estaban rodeadas de murallas para prevenir la invasión enemiga; si descuidaban esas murallas, serían invadidas.
El altar está dentro y relaciona al hombre con Dios.
Las murallas están alrededor y protegen del ataque enemigo.
Hacer mantenimiento de las murallas, poner guarda en ellas, cuidar sus puertas y sus vigías… evita el avance y le quita autoridad al enemigo para dominar nuestra vida.
“Por lo tanto, hacemos saber a Su Majestad que si esta ciudad es reconstruida, y terminada de reparar su muralla, Su Majestad perderá el dominio sobre la provincia al oeste del río Éufrates.” (Esdras 4:16 DHH)
El pueblo estaba restaurando las murallas. Esdras estaba al frente de la reconstrucción. Mientras tanto, el rey persa empezaba a preocuparse.
Tus decisiones abren puertas o las cierran y permiten o impiden que seas perturbado.
“Todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo” (Mateo 18:18). Jesús estaba hablando de autoridad. De la autoridad para establecer límites, para tomar decisiones y para determinar qué cosas aceptás que influyan en tu vida… y cuáles no.
Pero es algo que tenés que hacer vos. No lo puede hacer otro. Tenés que hacerlo vos. Yo puedo aconsejarte, guiarte y ayudarte a dar los primeros pasos. Pero tenés que hacerlo vos. Otro puede enseñarte, animarte, retarte a que tomes la decisión. Pero la decisión la tenés que tomar vos…
“Pero Zorobabel, Josué y los otros jefes de familia israelitas les respondieron: «No podemos reconstruir junto con ustedes el templo de nuestro Dios. Lo tenemos que reconstruir nosotros solos para el Señor, Dios de Israel, pues así nos lo ordenó Ciro, rey de Persia».” (Esdras 4:3 DHH)
Tenés la mente de Cristo y “podés hacer todas las cosas” porque Cristo está con vos.
No dependés de otros para tomar las decisiones que transformen tu vida y te lleven al siguiente nivel.
No estás atado a nadie que impida que avances hacia una vida de plenitud.
Dios ya hizo su parte. Te dio una nueva naturaleza, su Espíritu, su Palabra, autoridad y entendimiento.
Ahora te toca hacer la tuya.
Dios no va a cerrar las puertas que insistís en dejar abiertas.
Tampoco va a levantar las murallas que te negás a reconstruir.
Tenés la mente de Cristo.
