Compra-Venta

En estos días se está debatiendo en el Congreso de la Nación un proyecto de ley sobre la propiedad privada.

Parece casi tonto hablar del tema. Si lo bajamos al terreno personal, la cosa no tiene discusiones ni hay mucho que opinar. Vos comprás un lugar o un bien y es tuyo y punto.

Vayamos a algo más simple. Seguramente vos tenés un celular. No me importa si moderno o antiguo, de alta o baja gama, Android o iPhone. Tenés tu celular.

¿Qué sentís si alguien te lo quiere robar?
¿Qué pensás si alguien te dice que se lo regales?
¿Qué opinarías si alguien reclama que tiene derecho a tener tu celular?

Ahora trasladá eso a cualquier otra cosa, llegando al punto máximo de una casa o terreno.

¿Le regalarías tu casa al primero que pase solo porque te la pide?
¿Se te ocurre pensar que no tenés el derecho de usar o vivir en la casa que vos compraste o edificaste con tu esfuerzo?

Bueno… te sorprendería saber que esta ley es necesaria porque hay gente que dice que el derecho a la vivienda está por encima del derecho a la propiedad privada; por lo tanto, si vos tenés una casa que no usás, cualquiera tiene derecho de habitarla sin permiso y sin obligación a devolverla.

Hace unos días te decía que soy un defensor a ultranza de las libertades personales. Bueno, el derecho a la propiedad privada es una de esas “libertades”.

Una libertad que la misma Biblia avala, aunque sea por defecto, cuando también habla del ser humano como propiedad privada.

Sí. La Biblia atraviesa una época donde la esclavitud, todo lo opuesto a la libertad, era moneda corriente. Es loco lo que te voy a decir, pero sin hacer revisionismo, sin emitir un juicio de valor sobre el tema, el esclavo era “propiedad privada” del que lo compraba. Y regían las mismas leyes que se aplicaban a cualquier trato comercial.

Es curioso hablar de esto, y es un poco disruptivo, lo sé, pero cuando decidiste aceptar el regalo de la salvación, decirle que sí a Jesús y recibirlo como tu “Señor”, firmaste el boleto de compraventa y lo hiciste a él dueño de tu vida.

Sí. No le vendiste tu alma al diablo. Se la vendiste a Dios.

Bueno, en realidad no se la vendiste, digamos que él se la compró al que ya te tenía condenado a muerte, el que ya era tu dueño sin que lo supieras y que también te tenía atado a una vida sin propósito, y con el único destino de la condenación.

Sí. No hiciste una venta, pero alguien pagó por vos. Y el que paga… ¡es dueño! Y la propiedad privada se respeta…

“¿No saben ustedes que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que Dios les ha dado, y que el Espíritu Santo vive en ustedes? Ustedes no son sus propios dueños,…” (1 Corintios 6:19 DHH)

¿Entendiste?

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