Hay tres cosas que definen al ministerio y al liderazgo: el llamado, el propósito y el fruto.
En cualquier cosa que estés haciendo para Dios tenés que haber recibido un llamado. Ese llamado puede ser de muchas maneras diferentes, pero cuando lo recibas te vas a dar cuenta.
Te puse en un problema, ¿no? Otra vez sos vos el responsable de tomar las decisiones. Y sí… como diría Benjamín Rivera: “Es que Dios es así”.
Lo sentís, te incomoda, te emociona, te empuja. También te inquieta y te da temor. No lo buscaste; simplemente sucedió.
Pero también tiene que haber un propósito. El propósito es ‘el qué y el para qué’; es la razón del llamado. Algunos tal vez piensan que el llamado es un ministerio en sí mismo. Que el título (o la chapa) es la meta final, y ya está. ¡Ay, pobres necios!
Así como dar el “sí” en el altar no es el final, sino la puerta de entrada y la voz de largada de una nueva vida, el llamado debe ir conectado con un propósito.
Sí, el matrimonio también debe ir conectado con un propósito.
¿Para qué fuiste llamado?
¿Qué vas a aportar en ese lugar?
¿Qué creés que podés sumar?
¿Por qué querés estar ahí?
¿Qué te motiva?
Propósito. Ni más ni menos que eso.
Pero (apareció el querido don “Pero”), también tiene que haber fruto o resultado. No sirve de nada ocupar un lugar solo por estar. Algo tiene que cambiar.
Al árbol se lo conoce por sus frutos, dijo Jesús (Mateo 7:16-20). Y Salomón dijo que “en toda labor hay fruto” (Proverbios 14:23).
Así que el fruto no es algo opcional; es inevitable.
No estoy hablando de fruto bueno o fruto malo. Eso es para otra charla. Solo digo que inevitablemente tenés que tener fruto. Salvo que…
Salvo que solo ocupes un lugar por apariencia, por comodidad o sin aceptar ser transformado para dar fruto. Jesús dijo: “…que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.” (Juan 12:24)
Pero no te quiero hablar del fruto, sino de que el liderazgo y el ministerio están vinculados a estas tres cosas.
La capacidad es secundaria.
La experiencia es secundaria.
El conocimiento es secundario.
La teología es más que secundaria.
Después del llamado, el propósito y el fruto —o, mejor dicho, sosteniendo todo eso— solo resta la fidelidad, el compromiso y la disposición.
Por eso, cuando alguien cuestione tu ministerio o tu liderazgo…
No podés mostrar tu llamado, pero puede verse.
No podés mostrar tu propósito, pero puede verse.
Lo único que podés mostrar —y que, al mismo tiempo, evidencia tu llamado y tu propósito— es el fruto, el resultado.
¿No hay fruto?
Replanteá tu llamado, tu propósito y preguntate si realmente te estás dejando transformar (bah… si estás dispuesto a morir).
¿Hay fruto?
Entonces no hagas caso de las opiniones capciosas. A palabras necias… oídos sordos.
Y recordá esto: seguramente otros son mejores que vos. Pero Dios te llamó a vos.
“Puede ser que para otros yo no sea apóstol; pero para ustedes sí lo soy, porque el hecho de que ustedes estén incorporados al Señor prueba que en verdad lo soy.” (1 Corintios 9:2, DHH)
