Nunca tuve un interés por los deportes. Por ninguno de ellos. En distintas épocas de mi vida hubo algunos que me llamaron la atención: me gustaba la natación, hasta que casi me ahogo y me divorcié de ella. Me gustaba mucho el “frontón”; podía pasar horas y horas haciendo picar la pelota contra la pared del vecino (para el beneplácito del vecino, por supuesto). Si no era el frontón, pasaba largas horas en bicicleta. Hoy me parece fantasioso. Si mis hijos hubieran desaparecido las horas que yo lo hacía y recorrido las distancias que yo recorría… hubiera llamado a la policía.
¡Qué increíble cómo cambian las épocas!
Nunca, “jamás de los jamases” fui bueno ni me gustó el fútbol. Sí, soy de esos bichos raros. Además, había otro factor en medio: jugar en equipo me exponía, y nunca fui bueno. Me convencía a mí mismo y me creía el cuento ese de que “lo importante no es ganar, lo importante es competir”.
¡Qué linda declaración! Creada para convencer y consolar al mediocre y poner un manto de frialdad sobre el espíritu de competencia.
¡Qué mal que hemos hecho con eso! ¡Cuántos potenciales apagamos y cómo exaltamos a quienes no lo merecían!
Eso me hizo acordar de algo. Esto lo apunto para terapia:
Era bueno dibujando. Una vez fui a un concurso de dibujo. No gané. Quedé en el primer grupo de los descartados y me dieron un “premio consuelo”. ¡Qué decepción! Hubiera preferido que no me dieran nada. Perder con honra y ya. El premio consuelo es para conformar al que no alcanzó, nada más…
¿No importa ganar? ¿Con competir es suficiente? ¿Y con qué motivación competís? ¿Para qué competís? ¿Acaso no competís para ganar?
Distinto es el que no sabe perder. Ese que, si no gana, se frustra y encapricha como un nene malcriado. No banco eso.
El espíritu competitivo no es una obra diabólica y egoísta. Fue puesto por Dios. La falta de relación con Dios lo pervierte, llevándolo a niveles de la bajeza humana, pero la competitividad es el motor para el progreso, el desarrollo y el crecimiento.
Yo compito para ganar. Busco alcanzar el primer lugar. O el segundo con honra. O aun un tercero, reconociendo a quienes me superaron. Pero hasta el último momento, la intención era ganar.
¿Viste los partidos del Mundial? ¿Creés que alguno fue solo para decir: “Llegué al Mundial”? ¿Creés que Cabo Verde o República del Congo dijeron: “Bueno, llegamos; ahora perdamos, no somos nadie”? ¡Al contrario! Presentaron batalla… y de la buena.
Tan buena fue que Vozinha, el arquero de Cabo Verde, consiguió un contrato con Nike y fue comprado por Colo-Colo de Chile.
Competimos para ganar.
¿Qué mueve tu esfuerzo en hacer una carrera o progresar en tu trabajo? ¿Es solo por el “espíritu deportivo o académico”? No. Querés ganar. La motivación de vencer o sentirte superior te convierte en una máquina de crecimiento. Y eso es bueno… “Crezcan y multiplíquense, gobiernen la tierra y sométanla” (Génesis 1:28).
¿Ves algún “lo importante no es ganar” ahí?
Acusaron a Messi de “jugar para atrás”, de que estaban “entregando el partido”, de que “el Mundial está comprado”. Todo porque no vimos el mismo empuje en el partido de la final.
Hasta que nos enteramos que “el físico ya no me respondía, mis piernas no daban más”…
Sí, buscaba, quería y procuraba alcanzar el premio para dedicárselo a su papá.
Así compara Pablo nuestra vida cristiana. Como una carrera.
Él hacía un paralelismo con las típicas carreras grecorromanas, con el atletismo, el decatlón y las olimpiadas… donde lo importante sí era competir, pero todos competían para obtener la corona de laureles, ser reconocidos públicamente y ser paseados en una carroza de homenaje.
“Ustedes saben que en una carrera todos corren, pero solamente uno recibe el premio. Pues bien, corran ustedes de tal modo que reciban el premio” (1 Corintios 9:24, DHH).
“Corran de tal modo que reciban el premio”.
Corran para ganar. Vivan la vida cristiana pensando en el premio final. Que hasta el último momento estamos compitiendo queriendo ganar.
Como dijo Jesús: “el que persevere hasta el fin” (Mateo 24:13). O “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (Apocalipsis 2:10).
Todos los días competimos. Y mi principal competencia es conmigo mismo.
Tal vez sea por la edad que ya pienso las cosas de otra manera. Ya no tengo 20 años, ni 30. (Bueno, sí: ¡tengo 3 veces 20 o 2 veces 30!). Ya no me interesa “ganarle a alguien más”, me interesa cada día ser mejor que el que era el día anterior.
Como también dijo Pablo: “olvidando lo que queda atrás, extendiéndome a lo que está adelante… prosigo a la meta” (Filipenses 3:13-14).
¿Con qué ganas estás “corriendo”?
¿Qué te motiva a seguir?
¿Pensás que vas a alcanzar?
¿En serio te conformás con esto… y nada más?
Prosigamos a la meta, “de tal modo que recibamos el premio”.
