“La guerra espiritual no es una cuestión de poder… es una cuestión de verdad”. ¿Qué verdad? Saber quién sos y debajo de quién estás.
Ser cristiano no es simplemente una moda o un cambio de religión. Ser cristiano no es empezar a hablar distinto y adquirir nuevas costumbres. Ser cristiano no es solo un cambio de pensamiento y de filosofía de vida. Ser cristiano es todo eso, más un cambio de posición espiritual.
Cuando llegaste a Cristo hiciste una declaración de guerra —aunque ni te hayas enterado— contra las “huestes espirituales de maldad” (Efesios 6:12).
Ser cristiano no tiene una gama de colores; los distintos tonos de gris solo muestran en qué etapa del proceso estás, pero, en definitiva, estás o no estás.
Y cuando estás, esas fuerzas espirituales que se oponen a tu crecimiento no tienen más autoridad de la que Dios les permita o que vos aceptes. Ya lo vimos hace un tiempo atrás en “Armas para la Guerra Espiritual”: el diablo no tiene ninguna autoridad sobre vos y la Iglesia tiene toda autoridad espiritual para resistirlo y vencer sus ataques.
Pero si no sabés quién sos, si no sabés con quién estás, si no creés que Dios está por encima… entonces te va a derribar.
Hay cristianos que le temen a los demonios, a las brujas, a los hechiceros, a los “trabajos” de umbanda, a las maldiciones en general.
Si tuviera que hablarles como lo que sinceramente pienso, les diría: “¡¿Qué clase de Dios te creés que es Dios?!”
Pero no me parece correcto decir eso, así que solo te voy a decir: tenés que cambiar tu manera de pensar respecto del evangelio y respecto de Dios.
La maldición no tiene efecto sobre tu vida, porque “el maligno no te toca” (1 Juan 5:18).
La maldición no te llega porque ese día, el que recibiste a Cristo, recibiste una cobertura al mejor estilo de campo de fuerza o escudo de energía de las series de ciencia ficción.
Recibiste un antivirus —salvando las distancias y las malas comparaciones— que funciona como un súper firewall, impidiendo el ingreso y los ataques de elementos maliciosos externos.
La maldición no tiene autoridad sobre vos.
¿Te acordás de la historia de Balaam y su burra?
Resulta que el rey moabita le ofreció plata al “profeta” Balaam para que soltara una maldición sobre Israel. El profeta —ponele— dijo que solo podía decir lo que Dios le mandara decir. Pero igual fue.
Cuando hay plata…
Y cada vez que abría la boca para maldecir, salía una bendición.
Nehemías recuerda esto y dice:
“…le pagaron a Balaam para que pronunciara maldiciones contra ellos, aunque nuestro Dios convirtió la maldición en bendición.” (Nehemías 13:2)
La maldición no te llega. No porque no exista, ni porque no haya personas que quieran hacerte daño, sino porque Dios tiene autoridad para transformar aquello que fue enviado para mal en algo que termina siendo para tu bien.
¡Si supieran los que te maldicen el bien que te hacen!
Obviamente, repito: tenés que saber quién sos y quién es Él. Pero, dado este paso…
“Bienaventurados serán ustedes cuando por mi causa los insulten y persigan, y mientan y digan contra ustedes toda clase de mal. Gócense y alégrense, porque en los cielos ya tienen ustedes un gran premio…” (Mateo 5:11-12).
La maldición no tiene la última palabra sobre vos.
Y de paso te recuerdo: como creyente en Cristo, no vivís bajo una maldición generacional. Cristo nos redimió de la maldición de la ley (Gálatas 3:13), y cada persona responde delante de Dios por su propio pecado (Ezequiel 18:20).
No le tengas miedo a “lo que pueda hacer el hombre” (Salmo 18:6). Y mucho menos vivas bajo el temor de una amenaza diabólica.
Te regalo, para terminar, uno de mis favoritos:
Ninguna arma forjada contra vos prosperará… y condenarás toda lengua que se levante en juicio contra tu vida.” (Isaías 54:17).
