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Voy a ser un poco controversial. En una mirada superficial, vas a creer que me contradigo o voy en contra de mis propias prédicas, escritos o enseñanzas. Digamos que… para variar… vamos a hacer un poco de ruido.

No podemos hacer nada para ganarnos el favor de Dios. Mucho menos su amor.

Hoy justamente compartí un reel, un corte de mi programa «Sin Filtro», donde explicaba que es imposible caer de la gracia, porque no puedo dejar de merecer lo que no merecía y no puedo hacer nada para merecerlo.

Muchas veces nos enseñaron que la aceptación de Dios dependía del peso y nivel de nuestras buenas o malas obras. Que todas nuestras acciones tendrían influencia en nuestra vida futura y, por lo tanto, según el resultado de la balanza espiritual, sería nuestro destino eterno. O no.

Para eso estaba el purgatorio, un tiempo de quemarnos un poquito, donde «las obras de la carne» y lo «edificado sobre fundamento propio» sería consumido y, luego de eso, entraríamos a la eternidad.

También hubo una época, hace unos 20 o 30 años, donde se hablaba mucho del «precio de la unción». Fue la «era» Benny Hinn/Claudio Freidzon, junto a sus adláteres, y fortalecida con un viejo libro de Churruarín sobre ese tema.

Es verdad, la unción tiene un precio y solo los que lo pagan acceden a cierto nivel de manifestación.

Gracias a Dios y a la revelación gradual de su Palabra, con el tiempo vas entendiendo que 2 + 2 no siempre es 4 y que sí, hay un precio que pagar, pero ese precio nunca es perder la familia, vivir en la miseria, ser el hazmerreír de la gente y, por consecuencia, un pésimo testimonio de una vida transformada.

Que nuestras obras serán pesadas, pero no para juicio sino para galardón. Que no dependemos de ellas, sino de la fe en Cristo, quien pagó por nosotros.

¡Gracias a Dios por la vida de Lutero y su entendimiento de Romanos 1:17! Lo que lo llevó a desarrollar: «Por gracia hemos sido salvados, a través de la fe; no por nuestras obras, para no jactarnos de eso» (Efesios 2:8-9).

No podemos comprar y no podemos pagar el amor de Dios ni la salvación… pero…

¡Y acá vamos!

No podemos comprar el amor y la aceptación de Dios, pero sí podemos conmover su corazón e inclinar su atención.

¿No fue el grito de Bartimeo lo que detuvo a Jesús?
Marcos 10:46-52.

¿No fue el «atrevimiento» de la mujer del flujo de sangre lo que llamó su atención?
Marcos 5:25-34.

¿No fueron las palabras de la sirofenicia las que lo sorprendieron?
Mateo 15:21-28.

¿O la declaración del centurión?
Mateo 8:5-13.

¿No es el mismo Dios quien «mira» a la humanidad buscando quién lo adore?
2 Crónicas 16:9

No podemos comprar el amor de Dios o la salvación y, aun si llegara a estar a la venta, ¡no tendríamos cómo pagarlo!

Pero podemos ser un altar viviente que ofrezca un sacrificio vivo que suba como un deleite a Dios.

Ester era muchachita huérfana. Era el prototipo de las novelas de los 70 y 80: la pueblerina sin familia, tímida e introvertida, que vivía como criada cama adentro de una familia adinerada.

Pero era atractiva y delicada…

Hubo un casting en la capital buscando una nueva integrante del harén del rey.

Ester se presentó a audicionar y le cayó en gracia al encargado. Le dio un trato especial que incluyó un makeup completo, con cambio de outfit adicional.

Hasta que el rey la conoció y…

«Y Asuero se enamoró de Ester como nunca se había enamorado de ninguna otra mujer, y de tal manera se ganó ella el cariño de Asuero, que este la favoreció más que a todas las otras jóvenes que habían estado con él, y le puso la corona real en la cabeza y la nombró reina en lugar de Vasti» (Ester 2:17, DHH).

Dios no hace diferencias. Dios no tiene favoritos. Pero tiene «debilidad» por su esposa y por una esposa que lo busque, lo adore y, aparte, tiempo para estar lista para Él…

«El que lee… entienda».

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