Diferente no es más grande

¿Soy defensor de las libertades personales?
Soy defensor de las libertades personales.

¿Soy defensor de la libre competencia?
Soy defensor de la libre competencia.

Creo, y lo he dicho muchas veces, que el espíritu de competencia fue puesto por Dios como motor del crecimiento y desarrollo, tanto personal como social. Ya hablé de esto anteriormente, esta competencia, desvirtuada por el pecado, se convirtió en ambición desmedida.

Pero aunque la “sana competencia” es buena, a veces competimos en lugares equivocados y con parámetros equivocados.

Seguramente habrás escuchado esa frase que supuestamente dijo Albert Einstein: «Si juzgas a un pez por su habilidad para trepar un árbol, vivirá toda su vida creyendo que es estúpido», que muestra que un parámetro imparcial o fuera de lugar califica erróneamente la capacidad o el potencial de una persona.

En lo personal, muchas veces fui descalificado o menospreciado por «no saber trepar un árbol» cuando lo que se esperaba, por la normativa social, era trepar árboles. ¿Catarsis? En absoluto. Te lo cuento para que sepas que no sos el único, que a mí también me pasó.

(Lo bueno es que Jesús me dio identidad y no me preguntó si sabía «trepar árboles»).

Es como si dijeras, o te dijeran, que el apóstol es más que el profeta, el profeta más que el evangelista y este más que el pastor y maestro. ¡Ah! ¿Te dijeron? ¡No falla!

Lo mismo con los dones. Si tenés el de profecía, sos un gran siervo ungido, pero si tenés el de servicio, ¡sos un buen tipo!

¡Ay, la iglesia! No, no. La iglesia no tiene nada que ver.

¡Ay, los cristianos! (Mejor sería «los evangélicos») que aplican los mismos criterios «del mundo» en sus relaciones con los creyentes, tanto dentro como fuera de la iglesia… aunque digan que «los que aman al mundo están contra Dios».

¿No aman «el mundo»? ¿Y por qué, entonces, califican con los mismos parámetros y criterios?

Se me ocurre una pregunta tonta: cuando edificás una casa, ¿qué o quién es más importante?

¿El albañil?
¿El plomero?
¿El electricista?
¿El gasista?

¿Es funcional una casa bien construida con una mala instalación eléctrica?

¿Y sin agua?
¿Y sin gas?

¿Puede el plomero hacer el trabajo del albañil y el electricista el del gasista?

Entonces, si la Biblia dice que los dones son «para la edificación» de la iglesia, ¿por qué hacés o creés que hay diferencias?

Pablo lo explica de una manera muy sencilla:

«Hay en la iglesia diferentes dones, pero el que los concede es un mismo Espíritu». (1 Corintios 12:4 DHH)

Y unos versículos más adelante agrega: «Ni el ojo puede decir a la mano: “No te necesito”, ni tampoco la cabeza puede decir a los pies: “No tengo necesidad de ustedes”». (1 Corintios 12:21)

Sea que prediques, cuides la entrada, limpies el baño o recibas a la gente…

Dios te preparó para eso y te puso en ese lugar.

Hay diferentes dones y diferentes roles, pero ninguno hace que una persona sea más valiosa que otra delante de Dios.

Todos somos diferentes, todos cumplimos funciones diferentes y todos somos necesarios para la edificación del cuerpo de Cristo.

No intentes trepar el árbol que Dios nunca te pidió trepar.

Dios no te llamó a ser bueno en lo que otro sabe hacer; te llamó a ser fiel en aquello para lo que Él te preparó.

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