De tiempos y procesos…

Todo tiene su tiempo. Eso lo dice Salomón (Eclesiastés 3), y es algo que ya conocemos, sabemos e incluso predicamos. Pero cuando llega el momento, cuando la situación aprieta, cuando nos toca en la piel…no entendemos que ‘todo tiene su tiempo’.

Hablamos de tiempos y procesos. Sabemos que cada cosa tiene su proceso particular. Un embarazo dura nueve meses; pueden ser ocho. Tal vez dure seis, menos de seis meses no sería viable.

Así, muchas otras cosas tienen sus tiempos determinados. Pero, a pesar de eso, cuando llega el momento… la paciencia se hace rogar:

Estás esperando los resultados de un examen, estuviste semanas estudiando. No aguantás la incertidumbre.
Te hiciste estudios clínicos. Tenés algunos síntomas que te preocupan. El resultado va a estar en una semana. Ya no te quedan uñas que comer.
Estás esperando un mensaje, una respuesta que no llega. Ya marcaste una huella en tu comedor de las vueltas que estás dando.

Estás empezando una relación, o por lo menos conociendo a alguien, y estás esperando que te escriba. Peor todavía si le mandaste un mensaje, te clavó el visto y no te responde.
La cabeza se dispara para cualquier lado…

Empezaste un emprendimiento. Sabés que un emprendimiento trata de invertir, invertir, invertir, y no ves la hora de empezar a recuperar la ganancia.
Pasaron seis meses, todavía no recuperaste nada, y ya estás inquieto, molesto y querés abandonar.

Pasaron tres meses del entrenamiento, estás cansado, gastaste plata, no ves muchos cambios físicos y ya querés abandonar.

Empezaste un ministerio, un proyecto nuevo o un área nueva dentro de la iglesia, y todavía no se ven muchos resultados.
Querés abandonar.

Todo tiene su tiempo, pero cuando el tiempo escapa a nuestro propio tiempo, la ansiedad nos gana.

¿Podrías cobrar una herencia antes de que muera el que te va a heredar?
¡Qué mala actitud estar esperando que se muera para cobrar!

Obviamente que no, no podés cobrar una herencia hasta que muera el testador.

Cada cosa tiene que tener su momento, y hay procesos que no podés acelerar.

Acelerar un proceso es sacar la comida antes de tiempo.
Acelerar un proceso es sacar una fruta cuando todavía está verde.
Acelerar el proceso sería comerme esa fruta verde, con todos los problemas que eso me va a traer.
Cuando comés una fruta verde —y algunas son peores que otras—, automáticamente una indisposición o una descompostura te empieza a llamar.

Apurar los procesos es hacer las cosas fuera del tiempo apropiado.

Apurar los procesos es vivir como casado cuando todavía estás soltero, asumir responsabilidades propias del matrimonio cuando todavía estás en la etapa del noviazgo, o vivir una relación como si ya existiera un compromiso que todavía no existe.

Apurar los procesos es abandonar antes de tiempo porque no estás viendo el resultado.

Apurar los procesos es cansarte o bajar los brazos porque ves que no estás obteniendo lo que querías.

Apurar los procesos es renunciar a las cosas que Dios puso en tus manos y que todas, todas ellas necesitan de un tiempo de maduración.

Proverbios 20:21 dice: «La herencia reclamada antes de tiempo no termina siendo de bendición».

¿Qué proceso estás apurando?
¿Qué cosa no estás esperando?
¿Qué es eso que estás queriendo que suceda antes de tiempo?

¿Dónde metiste mano cuando todavía no te correspondía?
¿Estás viendo los resultados que esperabas o te estás sintiendo frustrado porque las cosas no están sucediendo como vos querías?

¿Hay algo que abandonaste porque te cansaste de esperar?
¿Hay algo que estás intentando forzar porque ya no tenés paciencia?

¿Volviste para atrás?
¿Retrocediste?

Hay procesos que necesitan tiempo.
Hay cosas que todavía no están listas.
Hay respuestas que todavía no van a llegar porque todavía no es el momento.
Hay frutos que todavía están verdes.

Y hay cosas que Dios puso en tus manos que necesitan atravesar un proceso de maduración antes de convertirse en aquello que esperás.

No apures los procesos de Dios.
No abandones porque todavía no ves resultados.
No confundas demora con fracaso.
No confundas silencio con ausencia.

Y no quieras recibir antes de tiempo aquello que Dios te va a dar.

Hay cosas que, si llegan antes de tiempo, en lugar de ser una bendición pueden convertirse en un problema.

Este año venimos hablando de madurez. Dios nos confrontó con 1 Corintios 13:11: «Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; pero cuando llegué a ser hombre, dejé lo que era de niño».

Aprender a esperar también es madurar.

El niño quiere todo ahora. No entiende de procesos, no entiende de tiempos, no entiende de «todavía no». Quiere lo que quiere y lo quiere ya.

Madurar también es aprender a esperar.
Madurar es entender que hay cosas que todavía no están listas.
Madurar es saber que no todo lo que tarda está fallando.

Madurar es no abandonar porque todavía no ves el resultado.
Madurar es no meter mano donde todavía no te corresponde.
Madurar es confiar en Dios cuando el proceso se hace largo y el tiempo no coincide con el nuestro.

Todo tiene su tiempo.

No apures lo que Dios todavía está procesando.

Esperá el tiempo de Dios.

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