Gracia Sublime

¡Uff! ¡Y encima me dicen que no entiendo la gracia! (Dejá… es para otra charla). Mirá si no voy a conocer y entender la gracia si hasta alguna vez dije y escribí que “Dios es injusto” porque “si me perdonó y salvó a mí, que no lo merecía, eso es injusticia”.

Pero después apareció el himno Sublime Gracia (Amazing Grace) y me cerró todo: “…que a un vil pecador salvó…”. En realidad, el texto original usa una palabra que es mucho más fuerte que “vil” y por eso digo que ahí entendí todo. Se refiere a un “desgraciado, miserable, desventurado, indigno”. A ese, a mí, Jesús salvó y levantó.

Hoy no pensaba hablar de esto. Realmente tenía todas las fichas puestas en Job, mi amigo. Quería hablarte de la oposición espiritual, pero cuando termino mi lectura del día me topo con el Salmo 37.

Ese mismo Salmo que Marcos Witt hizo famoso, por lo menos para mí, en una época en la que todavía no conocía la Biblia en profundidad. Recuerdo esos tiempos en que aprendí y memoricé: “Dice la Biblia en el Salmo 37, verso 4…”. Y ahí empezaba: “¡Oh, oh, ven, ven y deléitate en el Señor… y Él te concederá… las peticiones de tu corazón!”.

Dice 37:23-24: “El Señor dirige los pasos del hombre y lo pone en el camino que a él le agrada; aun cuando caiga, no quedará caído, porque el Señor lo tiene de la mano”.

“¡Aun cuando caiga, no quedará caído!”. ¡Qué tremendo! Una combinación de gracia con propósito que explica tantas cosas que he vivido y he visto manifestarse en otros…

Al contrario de esto… ¡qué rápidos somos para juzgar! Para condenar al otro porque su pecado nos confronta, o nos desnuda, o nos provoca.

¡Qué rápidos que somos para juzgar! Para decidir y determinar que fulano o mengano no tiene las condiciones o no reúne los requisitos que “a mí me parece” que debe cumplir para ser aceptado por Dios.

¡Qué rápido nos olvidamos de que “no hay ni siquiera uno justo” (Romanos 3:10); que “siendo nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8); que fue la fe y no las obras las que nos colocaron delante del Señor (Romanos 5:1; Efesios 2:8-9); que “en otro tiempo ustedes no eran pueblo, pero ahora son pueblo de Dios…” (1 Pedro 2:10); y que “tal y tal no entrarán al reino de los cielos” —¡les encanta recitar ese texto!—, pero “esto eran algunos de ustedes, pero ya han sido lavados…” (1 Corintios 6:9-11).

¿Y Ezequiel? ¡Ay, Dios!

Después de arrastrar a Israel por el suelo, de dejarlo expuesto y escrachado, de tratarlo de lo peor y decirle que no hay nadie más bajo… le dice: “Y cuando te haya perdonado todo lo que hiciste, recordarás y te avergonzarás…” (Ezequiel 16:62-63).

¡Cuando te haya perdonado!

El punto es uno y solo uno, y nadie lo puede invalidar ni juzgar: Dios dijo que nadie puede impedir que Él haga lo que quiere, y que su propósito y su pensamiento se cumplirán (Isaías 14:24, 27).

Y cuando Él dirige tus pasos y te lleva por donde Él quiere, primero: no siempre vas a entender tu camino (Proverbios 20:24); segundo: aun cuando caigas, no quedarás caído (Salmo 37:24).

¡Ay! ¡Cómo nos cuesta —les cuesta, te cuesta— entender la gracia!

La onda es: “No te lo merecés”, ¿entendés?
Y si la llegaras a merecer, ya no sería gracia.

¿Sabías que sin gracia no podrías ser salvo? (Efesios 2:8).

Este no es un llamado al libertinaje ni a vivir el calvinismo. No es un alegato para decirte que hagas lo que hagas seguirás siendo salvo. ¡Atención!: la salvación puede perderse.

Esto es solamente un llamado, un grito, para que entiendas, como Pablo a los romanos: “Les ruego por las misericordias de Dios…” (Romanos 12:1).

Fuiste llamado siendo un pecador y Dios lo sabía.

Así te eligió.
Así te llamó.
Así te rescató.
Así pagó por vos.
Así te envió.
Así te va a usar.

¡Ja! Y dicen que tampoco predico salvación.

Termino con otro favorito que te regalo: “Acerquémonos con toda confianza al trono de la gracia de nuestro Dios. Allí recibiremos su misericordia y encontraremos la gracia que nos ayudará cuando más la necesitemos.” (Hebreos 4:16)

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