¡Uff! ¡Qué tremenda y gran verdad! Dios es el que actúa…
¿Cuántas veces queremos hacer las cosas por nuestros propios medios?
¿Cuántas veces, aun diciendo que dejamos todo en manos de Dios, metemos nuestra mano en medio?
¿Cuántas veces, justamente por meter mano, en vez de la mano metemos la pata?
El concepto de protección de Dios es una constante en la Biblia. Podría elegir cientos de versículos, pero creo que uno de los más claros es el Salmo 91.
«Morarás bajo la sombra del Omnipotente» (Salmo 91:1).
«Con sus plumas te cubrirá» (Salmo 91:4).
«Bajo la sombra de sus alas estarás seguro» (Salmo 91:4).
«No temerás el terror nocturno» (Salmo 91:5).
Y el tan conocido para nosotros, que se ha convertido en un completo sistema de defensa: «Caerán a tu lado mil y diez mil a tu diestra, mas a ti no llegará» (Salmo 91:7).
También podría mencionar el Salmo 23: «El Señor es mi pastor… nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar…» (Salmo 23:1-2), etc., etc.
¿Voy con el 18 también? No. Es claro. Está más que claro que Dios tiene cuidado de nosotros (1 Pedro 5:7), es nuestro protector (Salmo 121:5), nuestro ayudador (Hebreos 13:6) y el que pelea por nosotros (Éxodo 14:14).
Y con todo esto… ¿por qué nos cuesta creer? ¿Por qué nos cuesta confiar? ¿Por qué nos cuesta esperar? ¿Por qué intentamos resolver las cosas a nuestra manera?
Podemos dar muchas explicaciones y tener muchas respuestas. Pero la verdad es mucho más profunda. Íntimamente pueden pasar dos cosas:
No creemos realmente que a Dios le importemos.
No conocemos realmente a Dios.
Y la segunda implica la primera, porque si no conocemos realmente a Dios, no vamos a creer que le importemos; y si no creemos que le importamos, es porque no conocemos realmente a Dios.
¿Trabalenguas? Así está nuestra cabeza cuando no sabemos qué hacer ni cómo resolver nuestros conflictos.
¡Pero Dios es ayudador! Él sí pelea por nosotros, Él sí derriba a nuestros enemigos y Él sí está a nuestro favor: «Una cosa sé: ¡Dios está de mi parte!» (Salmo 56:9, NVI).
Además, tenemos la advertencia de Santiago: «La ira del hombre no obra la justicia de Dios» (Santiago 1:20).
Muchas veces lo dije… Dios ha sido fiel en respaldar: Dejá que Dios te defienda.
Ocupate de actuar bien… y que el fruto de tus obras hable por vos.
«Me hice el mudo y no abrí la boca, porque tú eres el que actúa» (Salmos 39:9, DHH).
Dejá que Dios actúe.
