Justicia y Derecho

Una de las columnas o causas que provocaron la Revolución francesa en 1789 fue el tema de los derechos humanos. No es casual que Rousseau escribiera algunos años antes su famoso libro El contrato social, que no solo se convirtió en una fuente del derecho internacional, sino en la base conceptual de muchas constituciones nacionales americanas, entre ellas, la argentina.

Todo fue provocado por el, digamos, efecto “jabón” que se vivía en la Francia del siglo XVIII. (Llamo efecto jabón a ejercer una opresión tal que provoca que el jabón salga disparado). El absolutismo de los “luises” y el detonante del último de ellos, que se creía casi un Dios, convirtió la incomodidad en disgusto y este en rebelión.

A veces hace falta solo una chispa para provocar un gran incendio…

El patrón no es desconocido. Es inherente a la humanidad porque el ser humano tiene un gen totalitario y dominante. La parte positiva de esto fue puesta por Dios al darnos la capacidad de gobierno para “someter, sojuzgar, dominar” (Génesis 1:28). La parte negativa de esto es que, al distanciarnos de Dios, la capacidad de gobierno se convirtió en autoritarismo y tiranía.

Así fue como, más de cien años después de la toma de la Bastilla, los bolcheviques hicieron algo parecido en Rusia al tomar el control de Petrogrado (San Petersburgo) y así comenzar su revolución, que terminó con el régimen zarista y los llevó al poder.

Efecto jabón: opresión, fuerza liberada, descontrol.

Sí, descontrol, porque tanto la nueva burguesía que tomó el control en París como los bolches en Rusia cambiaron la tiranía monárquica por la tiranía revolucionaria. Algo así como lo que todavía hoy, siglo XXI, ocurre en Cuba, donde algunos trasnochados siguen gritando “¡Viva la revolución!” (y el pueblo pasa hambre).

¿Cuál es uno de los síntomas de las tiranías? No hay derecho, no hay justicia, la voz de uno solo es más que suficiente para condenar.

No hay respeto por el otro ni por la vida; lo único válido es sostener la revolución, la que se convierte en un nuevo dios al que hay que adorar, honrar y entregarse por completo.

¡Qué feo, qué triste debe ser verte condenado sin derecho a nada… y solo porque a alguien no le gustó lo que dijiste o pensabas!

¡Andá a hablar mal de Fidel o Díaz-Canel en Cuba! O de Ortega en Nicaragua. O, en su momento, de Maduro en Venezuela, Pinochet en Chile o Stroessner en Paraguay.

¡No quiero mencionar a algún gobierno argentino entre 1946 y 1953 ni a las dictaduras que le siguieron, solamente para no buscarme más detractores de los que tengo!

La instalación del Estado de derecho vino a validar, por ejemplo, que puedas tener un juicio justo y un abogado que te represente. (Sí, ya sé que esto hoy se desvirtuó, pero eso es otro tema).

Así se sentía Job: condenado sin un juicio justo. Juzgado sin lugar a apelar. Inocente, pero ignorado. Una voz que no podía expresarse ni ser escuchada.

Estaba… “pasado de rosca”.

Realmente no quisiera estar en sus zapatos. Bueno, en sus sandalias. Y si miramos el expediente en profundidad, algo de razón tenía: Dios mismo dio testimonio acerca de su inocencia:

“¿Has visto a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?” (Job 1:8).

Y después de la primera prueba:

“¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal, y que todavía retiene su integridad, aun cuando tú me incitaste contra él para que lo arruinara sin causa?” (Job 2:3).

Pero Job no tenía abogado ni quien saliera en su defensa, quien hablara por él o quien intercediera delante de Dios.

“Alguien debe de haber en el cielo que declare en mi favor…” (Job 16:19, DHH).

A nivel social y político, hoy eso habría cambiado. Pero no solo eso. Hoy sí tenemos un abogado, un intercesor y quien declare a nuestro favor.

Las injusticias no se van a terminar hasta que el mundo entero esté bajo el señorío de Cristo. No sé cuándo sucederá, si en un par de días, de años, siglos o milenios…

Pero mientras tanto…

“Abogado tenemos…” (1 Juan 2:1).
“Hay un solo mediador…” (1 Timoteo 2:5).
“…intercede por nosotros…” (Romanos 8:34).
“…el juez justo…” (2 Timoteo 4:8).

Etc… etc… etc…

El evangelio no es solamente un cambio de religión. El evangelio es un cambio de posición espiritual… y un cambio de posición social.

El evangelio es un cambio de paradigma e incluso de forma de pensar y de vivir.

No puedo decirte nada respecto de si tenés algún problema legal que necesite resolución.

Tampoco puedo darte la respuesta a tu crisis emocional.

No tengo la solución para tu diagnóstico o tu enfermedad…

Pero puedo decirte que sí hay quien pelea e intercede por tu vida y el que levanta la voz a tu favor.

Termino con las palabras de Almafuerte:

“No te des por vencido… ni aun vencido…”

No desmayes… Dios pelea por vos.

Dejar un comentario