¿Quién sos?

¿Qué define la esencia del ser? O sea… ¿Qué determina qué o quién sos?

Si me conocés, sabés que este es un tema que me apasiona. Debe ser el único área de la filosofía en el que me meto a desentrañar misterios.

Si no me conocés, te cuento: este es un tema que me apasiona…

¿Es el hacer lo que define el ser? ¿Sos lo que sos o sos lo que hacés?

Tengo miedo de que me agarre un delirio místico, pero casi casi estoy por decir: “Pienso, luego existo”.

Cuando buscamos reconocimiento por medio del “hacer”, matamos nuestra esencia. Matamos el “ser”.

Nos convertimos en una extensión de lo que hacemos y, por lo tanto, perdemos de vista quiénes somos realmente.

Ya no importa lo que siento, lo que pienso, lo que me pasa. No cuenta mi historia, mis recuerdos, mis principios ni mis valores. Todo se reduce a qué puedo aportar o qué hago.

Dejás de ser persona para mimetizarte con —o disfrazarte de— tu profesión, tu carrera, tu trabajo o tu título.

Dejaste de ser “fulano” para ser el doctor, el abogado, el ingeniero o el empleado.

¿Que no sirven o importan los títulos? ¡Claro que importan! Por algo te los ganaste y para eso te esforzaste.

Pero eso no es lo que sos. Es solamente lo que hacés.

¡En la iglesia pasa lo mismo, eh!

Dejás de ser vos y pasás a ser el líder, el ujier, el predicador, el cantante, el músico o el pastor.

¿Está mal? No.

Está mal cuando olvidás que eso no define quién sos, sino que es lo que hacés para Dios.

Siempre digo, y sostengo, que yo no tengo nada para darte ni para serte de bendición. Pero mi investidura sí.

Walter Escalante no puede darte demasiado, más que problemas, tal vez.

Pero el pastor Walter Escalante, en la función y responsabilidad que Dios le dio en Iglesia Restauración, sí tiene mucho para vos.

¿Qué pasa entonces cuando dejás de hacer? Por las razones que sean, dejás de ejercer tu trabajo, tu profesión o tu ministerio.

¿Dejás de ser quien eras?

¿Seguís siendo el mismo?

Algunos solo ven de vos lo que pueden obtener de vos.

Y está bien. Después de todo, nadie es dueño de nadie, ni nadie le debe nada de sí a nadie.

Pero cuando algo te pasa… se levantan arrogantes, mirándote desde un piso superior.

¡Ay, pobres necios!

Se creen más porque ya no te ven por encima.
Te creen menos porque vieron tu desnudez, tu conflicto o tu miseria.

Les diría como les dijo Jesús…
Pero no soy Jesús…

Aunque sí podría decir, en tono reflexivo, lo que dijo Job —vino bravo Job este año—:

“Ahora que estoy desarmado y humillado, no me tienen ningún respeto.” (Job 30:11, DHH)

¿Por qué debería respetarte “la gente”?
¿Por ser lo que hacés o por ser lo que sos?

Y ahí está la madre del borrego y el kid de la cuestión

La vida humana merece respeto por el solo hecho de ser persona y haber sido creada por Dios.
¡Ni qué decirte si además sos hijo de Dios!

Pero los necios no entienden.
Los mediocres no lo ven.
Los inmaduros solo van detrás de estrellas momentáneas…

O tal vez —y acá también hay que ser honestos— es lo que vos mismo provocaste al ponerte únicamente en esa posición.

Hagamos una cosa: dejemos de lado a los tales necios.
Dejá de depender de su aprobación o aceptación.
Empezá a mirarte como Dios te ve.
Como lo que Dios creó.
Como lo que Dios hizo de vos y en vos.

¿Que algunos no te aceptan?

No podés estar bien con Dios y con el diablo (Mateo 6:24).
Y tu trabajo tampoco es agradar a todos, sino hacer tu parte delante de Dios y, “en cuanto dependa de vos” (Romanos 12:18).

No sos solo lo que hacés.
Sos lo que sos.
Y, sobre todo, sos lo que Dios hizo de vos.

Sos un hijo de Dios.

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