Si tuviera que hacer un ranking de capítulos de la Biblia, con toda seguridad pongo a Job 38 y 39 en el top five.
Obviamente que hay muchos mucho más importantes y profundos.
Obviamente que hay otros de mucho mayor peso.
Obviamente hay temas que superan por lejos su relevancia…
Pero la manera en que Dios le responde a Job… ¡es digna de un lugar en el podio!
Así se entiende esa capacidad de Jesús para responder o dar vuelta las situaciones. A algunos les molesta, lo sé, pero realmente Jesús, digno hijo de su Papá, era todo un maestro de la ironía.
Es también irónico el hecho de que muchas veces nos quejamos de que Dios no nos habla… hasta que nos habla… y entonces nos quejamos por lo que dijo.
Son situaciones que nos ponen delante de la vieja disyuntiva de la voluntad de Dios. A veces Dios interviene intencionalmente en nuestras circunstancias; otras veces permite que determinadas cosas sucedan sin que eso signifique que sean su deseo moral. Es lo que tradicionalmente llamamos “voluntad efectiva” y “voluntad permisiva” de Dios.
Así, del mismo modo, como cuando Ezequías le reclama a Dios poniendo como fundamento todo lo que él había hecho “a favor de Dios” (2 Reyes 20:3). Dios escucha su oración y le concede quince años más de vida (2 Reyes 20:5-6). Pero durante esos años, Ezequías recibe a los enviados de Babilonia y les muestra todos sus tesoros (2 Reyes 20:12-13). Entonces Isaías le anuncia que llegará el día en que todo aquello será llevado a Babilonia (2 Reyes 20:14-18).
Qué ironía.
Ezequías pidió que Dios mirara hacia atrás, hacia todo lo que él había hecho. Dios le concedió mirar hacia adelante… y le mostró algo que seguramente no quería ver.
Ezequías había pedido una respuesta y Dios se la dio. Pero esa respuesta también traería consecuencias que él jamás había imaginado.
¿De qué maneras habla Dios?
Seguramente vas a repetir lo tradicional: con su Palabra, en una prédica, por medio de señales o a través de otras personas.
O tal vez te vayas para la otra respuesta tradicional, bueno, un poquito más antigua: “por sueños o dolor en los huesos”, como menciona Eliú en Job 33:14-22.
Yo agregaría algo más: Dios puede hablar por cualquier medio que considere necesario. ¿Sabías que a mí me ha hablado en películas, series o canciones?
No estoy diciendo que una película, una serie o una canción tengan autoridad equivalente a la Palabra de Dios. Estoy diciendo que Dios puede utilizar cualquier cosa para llamar nuestra atención, confrontarnos, enseñarnos o llevarnos a pensar en algo que necesitábamos escuchar.
Me gusta esa referencia tan habitual en la Biblia sobre la voz de Dios.
Se la menciona como “estruendo de muchas aguas” (Ezequiel 1:24; 43:2; Apocalipsis 1:15; 19:6).
Sería algo similar a estar al lado de una enorme cascada y escuchar el agua cayendo con una fuerza que prácticamente te impide escuchar cualquier otra cosa.
Otras veces la voz de Dios aparece asociada al trueno.
Job dice: “Oíd atentamente el estruendo de su voz, y el sonido que sale de su boca” (Job 37:2).
Y agrega que Dios hace oír su voz de manera admirable (Job 37:5).
Una voz explosiva.
Una voz que irrumpe.
Una voz que no podés ignorar.
Pero tampoco podemos olvidar el “silbo apacible y delicado” en la historia de Elías (1 Reyes 19:11-12). Y justamente ahí aparece el contraste:
El viento.
El terremoto.
El fuego.
Y después… el silencio.
Porque Dios no siempre habla de la manera que esperamos.
A veces habla con estruendo.
A veces habla con suavidad.
A veces habla en la calma.
Y, como verás, casi todas estas referencias están relacionadas con fenómenos meteorológicos, especialmente con el viento, las aguas, el trueno y la tormenta.
Y ahí volvemos, ¡otra vez!, a Job. Al capítulo 38.
“Entonces el Señor le habló a Job de en medio de la tempestad” (Job 38:1).
“En medio de la tempestad…”
Lo más normal es que uno escape de las tormentas. Si no escapás, por lo menos buscás protegerte de ellas. Si estás en la calle, buscás algún “techito” con qué cubrirte.
Si estás en tu casa, evitás salir salvo que sea urgente o imperiosamente necesario.
La RAE define tempestad como: “Tormenta grande, especialmente marina, con vientos de extraordinaria fuerza”. No estamos hablando de una brisita. Estamos hablando de una tormenta violenta, de un vendaval capaz de sacudirlo todo.
La palabra hebrea utilizada en Job 38:1 está relacionada con una raíz que expresa la idea de agitarse violentamente, arremolinarse, sacudir, enfurecerse. De allí surge la imagen de una tormenta violenta, una tempestad, un vendaval o un torbellino.
Como sea…
No es algo que disfrutemos.
No es algo que busquemos.
No es algo en lo que queramos participar.
Sin embargo… Dios habla en la tempestad.
Una crisis.
Una ruptura.
Un quebranto.
Una pérdida.
Un fracaso.
Una enfermedad.
Una decepción.
Una puerta que se cerró.
Un proyecto que no salió.
Una persona que se fue.
Una oración que todavía no fue respondida.
Dios habla en la tempestad.
Y lo bueno es que, como te dije más arriba, esa voz es tan poderosa que puede sobrepasar la tempestad.
Los vientos pueden pretender asustarte.
Las circunstancias pueden intentar desenfocarte.
El ruido puede hacerte creer que Dios está en silencio.
Pero su voz sigue estando ahí… diciéndole a esa tempestad “Calla, enmudece!” (Marcos 4:39).
La misma voz que puede hablar desde la tempestad en Job es la voz que en los Evangelios puede hablarle a la tempestad y hacerla callar.
Acá tendría que decirte:
¡No le temas a la tempestad!
¡¿Pero cómo no le vas a temer?!
Si tiene poder para destruir todo a su paso.
Desde hace unos cuantos siglos la ciencia aprendió a sacarle jugo a las tormentas y a aprender de ellas. A nutrirse de esos vientos, de esos relámpagos y de esa enorme cantidad de energía para sacar algún beneficio.
Benjamín Franklin es un ejemplo famoso de eso. Sus investigaciones sobre la electricidad atmosférica contribuyeron al desarrollo del pararrayos y ayudaron a proteger edificios de los incendios provocados por las descargas eléctricas.
Es decir: aprendimos que hasta aquello que puede destruir puede enseñarnos algo.
Y quizás con nuestras tormentas pase algo parecido.
No significa que tengamos que disfrutarlas.
No significa que tengamos que buscarlas.
No significa que debamos negar que duelen.
Pero quizás podamos aprender algo de ellas.
Quizás podamos escuchar algo que solamente se oye cuando el viento sopla fuerte.
Temele a las tempestades.
Pero no dejes de escuchar la voz de Dios.
Cuando Dios habla, su voluntad se manifiesta.
Cuando Dios manifiesta su voluntad, empieza el proceso de cambio.
Dios habla.
Y sí…
Dios habla también en la tempestad.
